
Archivos comprometedores
La auténtica Odessa Una investigación del periodista Uki Goñi, que Paidós presentará esta semana, revela que los verdaderos archivos sobre la presencia de nazis en la Argentina fueron quemados en 1996, cuatro años después de que el gobierno hizo pública sólo una parte de ellos
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El principal archivo documental de la Argentina sobre la operación de rescate de nazis se hallaba en las oficinas de la División Informaciones, el centro neurálgico de la Odessa de Perón. Por desgracia, los expedientes de este servicio de inteligencia presidencial siguen cerrados a los investigadores, pese al hecho de que la limitación de 30 años para los secretos de Estado en la Argentina hace tiempo que ha expirado y que en 1992 un decreto presidencial ordenó la apertura de todos los archivos relacionados con los nazis. Algunos afirman que una parte de los archivos sobre el rescate de nazis fue destruida intencionadamente antes de que Perón fuera expulsado por un golpe militar en 1955 para evitar que cayera en manos de sus enemigos políticos.
Hay también evidencias de que en una fecha mucho más reciente tuvo lugar otra importante limpieza; concretamente en 1996, cuando estaba en el poder un nuevo gobierno peronista.
La Odessa de Perón utilizó también los archivos secretos de la Dirección de Migraciones para guardar documentos comprometedores. Hoy, este departamento gubernamental ocupa la misma extensión de terreno, en el puerto de Buenos Aires, que ocupó durante la década de 1940. Junto al río, tras un gigantesco complejo a través del que llegaron millones de inmigrantes a finales del siglo XIX, se alza el hoy abandonado Hotel de Inmigrantes. El edificio, que ocupa toda una manzana, alberga hoy los archivos de Migraciones, o, mejor dicho, una versión cuidadosamente purgada de éstos.
Tras acudir a los archivos prácticamente cada día durante cinco meses y explicar que trabajaba sobre la inmigración en la posguerra en general, sin especificar ningún interés concreto en el tema nazi, me gané la confianza de los archiveros y logré acceder sin que me acompañara nadie a las secciones de acceso restringido “Pulgas” y “Chela”, situadas en el segundo piso. La sección “Pulgas”, como su nombre sugiere, es un destartalado lugar de pesadilla, con continuas corrientes de aire provocadas por sus ventanas rotas. La sección “Chela”, más limpia, debe su nombre al de una empleada que asumió la hercúlea tarea de ordenar alfabéticamente y por año de llegada todas las tarjetas de desembarco rellenadas por los pasajeros que arribaron desde la década de 1920. La paciente recopilación de datos de esas listas de pasajeros y tarjetas produjo una rica variedad de información sobre la llegada de los criminales nazis. Para empezar, Migraciones abría un expediente de permiso de desembarco distinto para cada inmigrante, incluso para criminales como Eichmann, Priebke y Mengele. A veces un expediente abarcaba un gran grupo de personas. El 72513/46, por ejemplo, concedió permisos de desembarco a unos dos mil croatas. Probablemente este expediente solo salvó a más criminales de guerra que ningún otro durante la presidencia de Perón. La introducción de los datos así obtenidos en una hoja de cálculo informática produjo una serie de revelaciones adicionales. Los expedientes de los criminales de guerra Erich Priebke y Josef Mengele resultaron tener números consecutivos, el 211712/48 y el 211713/48 respectivamente, a pesar de que ambos llegaron a la Argentina en barcos distintos y con siete meses de diferencia. Apenas un mes antes se había abierto el expediente 201430/48 para otro importante criminal, el genocida de las SS Josef Schwammberger. El expediente de Eichmann, el 231489/48, se abrió poco después, a pesar de que éste retrasó su llegada a la Argentina hasta 1950. Estas constituyen evidencias claras de que existía un sistema organizado para rescatar a los criminales de guerra nazis. Hasta aquí todo correcto. Pero después de haberlos identificado por su nombre y su número, venía la tarea de localizar los propios expedientes.
Varias semanas explorando montañas de carpetas de color naranja en la sección “Pulgas” sin tropezarme con ningún expediente políticamente significativo me dejaron claro que en algún otro lugar del inmenso complejo de Migraciones existía un escondrijo secreto. No había forma de pedir aquellos expedientes nazis sin alertar el verdadero motivo de mi investigación. A pesar de ello, la airada respuesta que provocó mi petición entre los funcionarios de Migraciones me dejó asombrado. Primero me acusaron de estar secretamente implicado en una investigación “política”. Se cuestionó mi “imparcialidad”. Se murmuraron oscuras palabras contra los judíos. Inmediatamente después se produjo una reacción aún más deprimente: “¿Qué es lo que quiere que confiese? ¿Quiere que le diga que Migraciones nos ordenó quemar todos esos expedientes hace dos años? Jamás lo admitiré!”, me gritaron.
Finalmente, y después de mucho insistir, el 26 de octubre de 1998 se me invitó a la oficina del entonces director de Migraciones, Hugo Franco, un funcionario peronista con estrechos vínculos con la Iglesia y con los dirigentes de la última dictadura militar. Flanqueado por uno de sus subordinados y vestido con un traje marrón claro, Franco salió de detrás de su escritorio y se arrellanó en uno de los sillones de su amplia oficina. No sonreía. Expliqué el propósito de mi investigación, señalando que un documento de Migraciones de 1949 que había visto sugería que los expedientes secretos en cuestión se guardaban por entonces en los archivos privados de la oficina del director, es decir, el equivalente a los archivos privados del propio Franco. “No hay nada, nada, nada”, me respondió abruptamente, marcando una pauta que duraría el resto de la entrevista. Franco dijo ignorar el paradero de todos los expedientes de su dirección relacionados con nazis, así como el de los archivos de sus predecesores, e incluso negó conocer ningún expediente anterior al inicio de su propia administración. “De haber podido habría quemado todos esos viejos documentos. Sólo me dan dolor de cabeza. Pero lo consulté con el Congreso, y no me dejaron”, murmuró entre dientes, expresando su disgusto por el propio objetivo de la entrevista. Hacer hincapié en lo importante que era para la Argentina exorcizar sus antiguos fantasmas nazis no me sirvió para obtener una respuesta. Señalar que estábamos hablando de expedientes individuales donde se registraban exactamente las rutas de escape que habían seguido los fugitivos más perversos de todo el siglo XX apenas le hizo levantar las cejas.
Unos días después, una carta mía donde identificaba los expedientes en cuestión por solicitante y por número fue enviada a Franco a través del Ministerio de Relaciones Exteriores, el cual, a consecuencia de las recientes revelaciones sobre el oro nazi en Suiza, había creado una comisión para investigar las acusaciones de complicidad con los nazis de la propia Argentina. La respuesta, redactada por una autoridad de Migraciones de menor rango, parecía esperanzadora: los expedientes no habían sido destruidos y se podía acceder a ellos. Por desgracia, cuando llegué a Migraciones el 4 de diciembre de 1998 con la carta en la mano y acompañado por un miembro de la comisión del Ministerio de Relaciones Exteriores, la realidad resultó decepcionante. “Por favor, vengan fuera. Aquí no podemos hablar”, nos dijo la persona letrada de Migraciones que había redactado la respuesta de Franco. Salimos, pues, al extenso parque situado frente al Hotel de Inmigrantes, junto a los viejos árboles bajo los que muchos criminales nazis agradecidos debieron de dar sus primeros pasos en la Argentina. “Esos expedientes resultaban extremadamente embarazosos. Fueron destruidos hace dos años. Eso es todo lo que puedo decirle. Obviamente, no podíamos ponerlo por escrito en una carta oficial. Estoy seguro de que lo comprenderán.” La pálida sombra del viejo hotel se extendía detrás de nosotros como una gigantesca ballena varada. Otros funcionarios de Migraciones confirmaron la quema, añadiendo más detalles. Los expedientes individuales que contenían el voluminoso papeleo de la admisión de Eichmann, Mengele, Priebke y otros se habían guardado en una caja fuerte para documentos secretos hasta 1996, cuando todos fueron destruidos. Se encendió una hoguera de noche, detrás del antiguo hotel, en el borde del muelle. Todo desapareció. La tapadera peronista había perdurado hasta el mismo final del siglo.
El autor
Formacion internacional
Hijo de un diplomático argentino, Uki Goñi nació en 1953 en Washington y se educó en los Estados Unidos, la Argentina e Irlanda. Desde 1975 vive en Buenos Aires.
Periodista de investigacion
Ha colaborado en diversos medios estadounidenses, argentinos y británicos, como Time, The Sunday Times, The Guardian, Clarín, Página 12 y La Nacion, donde publicó varios artículos sobre la presencia de jerarcas nazis en la Argentina.
Para leer más:
- Ultramar Sur. De Juan Salinas y Carlos De Nápoli. Editorial Norma.
- Odessa al Sur. De Jorge Camarasa. Editorial Planeta.





