
Argentina, ¿un lugar o un país?
En el viejo restorán de la Avenida de Mayo, mis dos colegas escandinavos sonrieron al unísono después de escucharme. No, yo estaba totalmente equivocado. Viajar desde el norte de Europa hasta el extremo sur de América latina no había sido extenuante. Lo extenuante había sido llegar desde San Pablo hasta Buenos Aires en avión. El vuelo fue reprogramado dos veces. Entre la primera y la segunda reprogramación, hubo cuatro horas de incertidumbre. Mis visitantes, víctimas como tanta otra gente de lo que sucedía, fueron testigos perplejos de un espectáculo para ellos inusual: el de la impunidad con que procedía la compañía aérea, en este caso argentina, ante la desesperación de los pasajeros. Ninguna explicación, ninguna reparación.
-Ustedes se están habituando a vivir fuera de la ley, me dijo el más joven de mis colegas. Es algo que se ve en todo. En las plazas, en las calles, en la universidad, en la economía. Eso convierte a la Argentina cada vez más en un lugar y cada vez menos en un país. Los turistas -prosiguió- se enamoran del lugar. Es bello y barato. Vienen, disfrutan y se van. Pero ustedes se quedan. Y la ausencia progresiva del país les cuesta cada vez más caro.
Finalmente, él y su compañero aterrizaron en Ezeiza. Empezaba a amanecer cuando lograron dejarse caer sobre sus camas. Sólo recordaban, como algo brumoso y distante, el día en que embarcaron en Oslo con destino a la Argentina.
A ninguno de nosotros, veteranos sobrevivientes de la irresponsabilidad aeroportuaria, rutera, bancaria, callejera y política, puede resultarnos sorprendente lo que estos dos conocidos míos tuvieron que enfrentar. Sí, en cambio, me pareció interesante, a la luz de lo sucedido, que nos preguntáramos, como ellos lo hicieron, qué pueden significar términos como "lejano" y "cercano" en la Argentina de estos penosos días. Cualquiera que esté habituado a padecer la anarquía de nuestros aeropuertos sabe, por ejemplo, que difícilmente Córdoba siga quedando sólo a una hora veinte de vuelo desde Buenos Aires. Ese tiempo se ha vuelto imponderable, sujetos como estamos al cepo de una espera sin límite. Inversamente y si se tiene suerte, partir de Madryn o Tierra del Fuego puede demandar menos horas en conjunto, para llegar a la Capital Federal, que un viaje desde Mar del Plata a esta ciudad, sometido como suele estar este último a infernales dilaciones.
Un relativismo enfermizo se ha adueñado de nuestras costumbres. La inseguridad, al extenderse, debilita la estabilidad indispensable que exigen los hábitos para ser tales. Sin previsibilidad no puede haber vida cotidiana. Sin vida cotidiana, se desmembra, fatalmente, el tejido comunitario. Las leyes, en órdenes esenciales, se convierten en espejismos. El primitivismo y la improvisación desbaratan el consenso necesario. Deshumanizarse es también no saber dónde se está.
¿Cómo infundir al porvenir un valor inteligible desde un presente que impone la férrea sujeción al corto plazo y la improvisación sin pausa? La comunidad se fragmenta en intereses corporativos, lo particular prepondera sobre lo general, el bien común se convierte en mal de todos y el egoísmo, viejo lobo, puede más que la solidaridad.
Mis colegas nórdicos verificaron, como suelen hacerlo tantos otros extranjeros, la fuerza creadora de muchos aspectos de nuestra sociedad. Ese reconocimiento, no obstante, no los indujo a confusión cuando llegó la hora del diagnóstico final de su visita. Para hacerlo, se valieron en francés de un ejemplo intraducible. Pero si recurro a una analogía podría dar a entender lo que me dijeron: también la cola de un lagarto se agita con formidable energía durante un largo rato cuando se la separa, de un tajo, del cuerpo del animal.






