
Argumentos en favor de la fe inteligente
Por James Martin Para LA NACION
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Un argumento cada vez más habitual en contra de la religión es señalar lo irracional que es. Autores como Richard Dawkins ( La ilusión de Dios ), Sam Harris ( El final de la fe ) y Christopher Hitchens ( Dios no es grande ) afirman que la esencia irracional de la religión lleva a la gente a realizar cosas estúpidas, peligrosas y hasta violentas.
Admitámoslo: al menos parcialmente están en lo cierto. Muchas personas visiblemente religiosas han hecho cosas espantosas en nombre de la religión y, más importante aún, debido a sus creencias religiosas. En esa larga lista de abusos se puede incluir a la Inquisición, los juicios a las brujas de Salem, los ataques a clínicas abortistas.
Sin embargo, al escuchar a estos críticos de la religión, uno pensaría que eso es todo lo que la religión hace y que creer en Dios necesariamente significa ser estúpido, ignorante o mentalmente cerrado. Pero ignorar el simple hecho de que la religión es una de las bases del conocimiento moderno es en sí mismo, justamente, estúpido, ignorante y mentalmente cerrado.
Por un lado, decir que ser religioso significa ser estúpido es ignorar a algunas personas muy inteligentes que también fueron creyentes. Reinhold Niebuhr, el teólogo protestante que escribió extensamente sobre temas sociales y políticos; Abraham Joshua Heschel, el estudioso judío y activista de derechos humanos; Dorothy Day, fundadora del movimiento católico de trabajadores e inveterada escritora, fueron personas profundamente pensantes y cultas para quienes creer era una parte fundamental en sus vidas. Decir a alguien que los haya conocido que eran estúpidos seguramente los haría reírse.
Sus vidas encarnan la visión de San Anselmo de Canterbury, que en el siglo XI definió a la teología como "fides quaerens intellectum", es decir, la fe en busca de la comprensión.
Por otro lado, la iglesia cristiana es ampliamente responsable de gran parte de la tradición erudita del mundo occidental. Como lo sabe la mayoría de los estudiantes secundarios, uno de los lugares brillantes de la así llamada Edad Oscura fueron los florecientes monasterios donde los monjes se dedicaron a resguardar y mantener viva la tradición cultural griega y romanas sin lo cual el Renacimiento nunca hubiera existido. La Iglesia es también responsable de muchas de las más antiguas y distinguidas universidades de Europa.
En Estados Unidos, alrededor de 400 instituciones de altos estudios son dirigidas por órdenes religiosas, diócesis y otros grupos afines. Sin mencionar la extensa cadena de escuelas primarias, medias y secundarias que educaron a grandes oleadas de inmigrantes y continúan educando a miles de niños de todas las creencias, particularmente en la ciudad.
El corazón del argumento ateo sobre la irracionalidad de la religión es que es tonto creer en algo que no puede ser demostrado. Por supuesto, no ha habido nunca una "prueba" racional satisfactoria para la existencia de Dios. Santo Tomás de Aquino dio al mundo cinco razones diferentes, pero el hecho de que todavía haya tantos ateos demuestra que no funcionaron.
Pero el problema con el argumento ateo es su premisa. ¿Por qué deberíamos creer que lo que nuestra razón no puede comprender, no existe? Parece arrogante. Que nuestra mente no pueda "comprender" a Dios, para utilizar las palabras de Aristóteles, o que no haya una explicación racional para el sufrimiento, no significa que Dios no exista. Además, en la experiencia personal, no racional, es decir, en las emociones, intuiciones, deseos, anhelos y paz interior, hay muchas "pruebas" de Dios. Tampoco se puede demostrar el amor; sin embargo, existe.
Por eso, la próxima vez que alguien les diga que ser religioso significa no tener cerebro, recuérdenles el papel fundamental de la religión en el conocimiento occidental. Recuérdenles que la misma lógica que ellos atesoran no existiría si no fuera por los monjes medievales. O recuérdenles que la teología es fides quaerens intellectum (la fe en busca del entendimiento). Al menos parecerá inteligente por saber algo de latín.
El autor es un sacerdote jesuita. Su último libro es A Jesuit Off-Broadway: Center Stage with Jesus, Judas and Life’s Big Questions
Traducción: María Elena Rey




