
Atletas víctimas del doping estatal
Por Alan Maimon The New York Times
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BERLIN
EN 1972, un comité de la Federación de Natación de la República Democrática Alemana visitó la escuela primaria de Halberstadt en busca de niños deseosos de participar en un programa especial. Martina Fehrecke, de seis años, alzó la mano. Hoy, al recordar su experiencia del Programa Nacional de Natación, Martina Fehrecke Gottschalt desearía no haberlo hecho. Aún soporta las amargas secuelas de un doping sistemático mediante el uso secreto y masivo de esteroides anabólicos.
Decenas de nadadores padecen afecciones graves. Martina y otras mujeres han tenido hijos deformes. En enero, dentro de una serie de acciones judiciales muy publicitadas, Lothar Kipke, director médico de la Federación y supervisor del programa en 1975-1985, fue juzgado por doping seguido de lesiones físicas en perjuicio de 58 nadadores. Lo condenaron a quince meses de prisión en suspenso, la pena máxima para estos cargos. En mayo, otros dos ex jerarcas deportivos irán a juicio por complicidad en el uso de estimulantes dentro del sistema deportivo general de la RDA.
El veredicto contra Kipke no contempló indemnización alguna para las nadadoras con hijos deformes. No obstante, el doctor Werner Franke, biólogo molecular cuyas investigaciones impulsaron la primera indagación judicial sobre doping , afirma: "Es obvio que la administración de hormonas masculinas provocó alteraciones ginecológicas, incluido, quizás, un encogimiento del útero que habrá afectado al feto. Es significativo que muchas deformaciones se presenten en primogénitos. Hay una relación directa entre el período de abstinencia de los esteroides y las probabilidades de que el organismo reinicie la producción de hormonas femeninas".
En 1998, cuatro entrenadores y dos médicos fueron juzgados por lesiones graves contra atletas femeninas. Diecinueve de ellas atestiguaron haber notado señales de masculinidad en su cuerpo. Según los archivos secretos de la Stasi, algunas fueron obligadas a abortar fetos tal vez afectados por las drogas. La nadadora Petra Kind-Schneider, medalla de oro en las Olimpíadas de 1980, sufre del hígado y el corazón. Su colega Rica Reinisch, ganadora de otra medalla de oro, declaró públicamente que a los doce años le habían administrado esteroides en forma disimulada; hoy tiene quistes ováricos.
Los problemas de estas nadadoras, que ya han entrado en la treintena, no paran allí. Giselher Spitzer, psicólogo deportivo de la Universidad de Potsdam, expresa: "Los efectos psicológicos del doping son inmensos. Estas mujeres conllevan la falsedad de sus triunfos. Sus identidades todavía están muy vinculadas con la natación y ahora temen no poder lograr nada por sí solas. Lo más inquietante es que, a veces, las terribles consecuencias psicológicas sólo se manifiestan en plena madurez".
Cuando Martina tenía diez años, la invitaron a ingresar en un internado de Magdeburgo para nadadores dotados. "Yo era la niña que parte hacia la gran ciudad -comenta-. ¡Todo era tan excitante!" La diversión terminó al descender del tren. Centraron su vida en la natación. Las nueve horas diarias de entrenamiento, bajo los insultos constantes de los instructores, la dejaban exhausta y llorosa. Ni siquiera le dieron un respiro, o se mostraron compasivos, cuando se quebró la nariz durante una práctica. Pese a todo, sobresalió y mejoró su rendimiento hasta ocupar el primer puesto entre las niñas de su edad.
Bajo presión y amenazas
La nueva rutina tenía sus ventajas: en la cafetería escolar les servían bananas, por entonces una rareza en la RDA. Pero, por otro lado, debía tomar a diario un montón de pastillas, entre ellas unas pildoritas azules administradas bajo vigilancia estricta, y ocultarlo a sus padres. "Los médicos nos dijeron que eran vitaminas y les creímos. A los doce años, no se hacen preguntas", señala Martina.
Una tarde, Martina confesó al director de la escuela sus dudas respecto de seguir en el programa. El le explicó pacientemente que su deserción podría perjudicar a sus padres, que trabajaban en su antigua escuela de Halberstadt. Los citaron para el día siguiente. Ella nunca supo qué amenazas recibieron, pero su padre le dijo que debía continuar. En 1979, a los trece años, fue campeona nacional de 100 y 200 metros espalda, con tiempos sobresalientes para su edad, figuró entre las veinte mejores nadadoras de la RDA y, lo que es más increíble, batió por 3 segundos su propia marca para los 200 metros.
En los archivos de la Stasi, un informe de Hans Schuster, jefe del Instituto de Investigación para la Aptitud Física, de Leipzig, fechado en 1975, admitía que la prescripción de esteroides anabólicos, puros o combinados, que "mejoran notablemente el rendimiento". En las niñas, adolescentes y mujeres jóvenes "afectan el hígado y alteran el aspecto físico".
El gobierno había dado prioridad a la natación femenina. En las Olimpíadas de Munich (1972), la RDA no había obtenido ninguna medalla de oro en natación; cuatro años después, en Montreal, ganó once. Martina era una de las grandes esperanzas para las de Moscú (1980) o subsiguientes. "Siempre me daban algo: píldoras, inyecciones, tés. Estarían experimentando nuevas formas de administrar las drogas", opina.
No llegó a Moscú. Como campeona juvenil, la invitaron a participar en las pruebas de clasificación nacionales, donde no mejoró sus marcas del año anterior. Dice que el estrés y las drogas fueron demasiado para ella, física y emocionalmente. La Federación promovió a otras jóvenes, entre ellas a Kristin Otto, a quien Martina había vencido en 1979. Otto ganó seis medallas de oro en las Olimpíadas de Seúl (1988). "Yo era descartable; todos éramos descartables -concluye-. Nos criaban para triunfar y siempre había alguien que nos reemplazara."





