Azul, el color de la tristeza

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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10 de octubre de 2019  

Cuando un arte se acerca a otro distinto, el resultado suele repetirse: se empobrece en sus principios y enriquece materialmente al otro. El empobrecimiento nace de una simplificación de aquello de lo que es. Del otro lado, hay una ganancia que puede traducirse en conquista técnica.

Pongámoslo en claro con un ejemplo. Muchas veces se dio por cierta la gravitación que el jazz había tenido en la técnica del goteo del pintor Jackson Pollock; esto se explicaba en parte porque en la falta de control de la gota de pintura sobre el lienzo en el piso se veía un símil de la improvisación; por otra parte, a Pollock le gustaba el jazz. En cualquier caso, el jazz quedaba reducido a una improvisación cercana al azar. En cambio, si Pollock aprendió algo, eso que aprendió fue crucial para su arte.

Hay contraejemplos. Hace 60 años y pocos días más, Miles Davis y su sexteto (John Coltrane en saxo tenor, Cannonball Adderley en saxo alto, Bill Evans en piano -salvo en una de las piezas, en que toca Wynton Kelly-, Paul Chambers en contrabajo y Jimmy Cobb en batería) grabaron Kind of Blue, un disco que cristalizó toda una manera de improvisar que el propio Davis venía preparando hacía algunos años: el jazz modal, que, con su simplificación de la armonía, le confería al solista mayor libertad de invención en la línea melódica. Más importante es que todo el disco -salvo la pieza "Flamenco Sketches"- se hiciera en una sola toma. En las notas que acompañaban el disco, Bill Evans explicó: "Existe un arte visual japonés en el que el artista está obligado a ser espontáneo. Debe pintar en un papel delgado y tenso con un pincel especial y acuarela de color negro, de tal manera que un movimiento artificial o interrumpido podría destruir la línea o la tela. Las borraduras o los cambios son imposibles. Las pinturas que resultan carecen de la composición compleja y las texturas de la pintura común y corriente, pero se dice que quienes las ven encuentran algo que escapa a la explicación".

Aquello inexplicable era la imposibilidad de la corrección. Y el nombre, claro: especie de azul y especie de melancolía. El azul es lo bello (por algo el poeta Novalis soñaba con la flor azul) y lo triste.

La muestra Kind of Blue (que se puede visitar en la galería Jorge Mara-La Ruche) hace el camino inverso al que propone Evans: no va de la pintura a la música, y el punto de partida es entonces el propio disco de Miles Davis, convertido ahora, junto con el azul, en origen de los trabajos de Eduardo Stupía, Carlos Arnaiz, Kirin, Lucía Mara, Juan Lecuona, Daniel Callori (que murió a los 36 años, antes de ver colgada su obra en la muestra), Carola Zech, Fidel Sclavo, y los de Sarah Grilo y Ana Sacerdote. Están además las fotos que Don Hunstein tomó durante la sesión de Kind of Blue. Vemos a John Coltrane, a Cannonball Adderley, a Miles Davis y a Bill Evans. Los saxofonistas tocan y los otros dos miran el piano. ¿Es un ensayo o una grabación? En el caso de Kind of Blue, esa diferencia fue un expediente irrelevante.

En el escrito de presentación de la muestra (un ensayo en sí mismo, sobre el color, el jazz, la mirada y los ánimos), Jorge Mara señala que "el azul se ha convertido en uno de los colores con mayor contenido metafórico en nuestra cultura".

Poco antes de morir, el filósofo Ludwig Wittgenstein se dedicó a pensar los colores y observó que "en un cuadro en el que un pedazo de papel blanco obtiene su claridad del cielo azul, el cielo es más claro que el papel blanco". Como Goethe, Wittgenstein no estimaba que haya una esencia del color, aunque cada uno tenga su carácter.

En cada uno de los trabajos encontramos una temperatura diferente del azul. Para Stupía, por ejemplo, que casi nunca lo usó, resulta un color casi experimental; para Kirin, electricidad, y para Arnaiz, un principio morfológico.

La razón por la que hay tantas variedades de azul como pintores es porque hay también tantas variedades de tristeza como personas.

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