
Balza juega su partida
Respetado por los políticos como no lo había conseguido ningún militar desde Perón, el jefe del Ejército que más duró desde que se reinstauró la democracia, en 1983, causa recelo en algunos camaradas y sospechas en oficiales retirados. Su doctrina sufre embates por la causa de las armas, el caso Carrasco y a partir de la detención de Videla. De todos modos, el teniente general no pierde la calma.
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EL teniente general Martín Balza es un experto ajedrecista. Empero, su doctrina está en jaque en tres partidas simultáneas: la venta clandestina de armas a Croacia, con su apéndice a Ecuador; las posibles citaciones a oficiales en actividad, debido a las causas imprescriptibles por el robo de bebes a partir de 1976, y, en menor medida, por las derivaciones de la cadena de encubrimientos en el asesinato del soldado Omar Carrasco.
Si se acepta que todo es relativo y que no sabemos ni adónde vamos ni de dónde venimos, es posible afirmar que la "doctrina Balza", esto es, el corte que pretende marcar en el Ejército su longevo jefe desde hace más de ochenta meses, se encuentra en un difícil brete: se consolidan una nueva organización y estilo militar, por impulso de la realidad social, política y económica, o se amplifica la prédica regresiva de generales, almirantes y brigadieres retirados que reivindican el protagonismo uniformado por encima de las leyes.
¿Lobos o corderos? Los militares argentinos de la quinceañera e imperfecta era democrática -maldecidos por el despreciable método que utilizaron para apropiarse del poder, el 24 de marzo de 1976, por la sangrienta represión que llevaron a cabo desde entonces, al margen de las más elementales normas de humanidad, y la impericia e irresponsabilidad con que condujeron al país a la derrota en Malvinas- se fueron despojando, a fuerza de juicios y golpes, de sus pieles de fieras.
Tras los lógicamente titubeantes pasos del general Héctor Ríos Ereñú -conductor del ejército diseñado por el fallecido Raúl Borrás, durante la presidencia del radical Raúl Alfonsín-, que cayó tras la revuelta de Semana Santa, en 1987, el teniente general Martín Balza provocó un positivo quiebre institucional el 3 de diciembre de 1990: con templanza y fusil en mano, lideró a las tropas que humillaron a los levantiscos carapintadas.
A partir de allí y, en especial, desde que el presidente Carlos Menem -al que lo une, según sus palabras, una relación de "cordialidad, comprensión, respeto, subordinación y afecto"- lo catapultó, en noviembre de 1991, a la cúspide del Estado Mayor, Balza y un grupo de asesores, entre los que se cuenta su delfín, Aníbal Laiño, graduado en las aulas francesas de la Sorbona, realizó una profunda autocrítica, para insertar al Ejército "en el nuevo desorden mundial", como se atrevió a ironizar al comentar la desaparición de los conflictos este-oeste, norte-sur.
¿Es Balza sincero cuando llama a desobedecer las órdenes inmorales y aberrantes y afirma que no hay impunidad para nadie? ¿No está salpicado por escándalos como la venta clandestina de armas a Croacia y Ecuador? ¿No tiene un traje menemista para proyectarse hacia cargos públicos y ser garante de los proyectos continuistas que desvelan a los habitantes de la Casa Rosada?
En una sociedad incrédula como pocas, conmovida el mes pasado por el arresto de Jorge Videla, el presidente de facto del Proceso de Reorganización Nacional, los dirigentes de los principales partidos optan por manifestarse con prudencia, cuestión de que "no marchemos al suicidio", tal la caracterización que hace en privado Alfonsín. El frepasista Carlos "Chacho" Alvarez, por su parte, está empeñado en suavizar los ataques que Horacio Viqueira, diputado de su partido, está levantando contra Balza, para no dar aire a los sectores más "recalcitrantes" de las fuerzas armadas, que sostienen que de nada valieron las "concesiones" hechas en los últimos años a los civiles.
Uno de los principales asesores del ex presidente en temas castrenses pide reserva de su identidad y hace el siguiente diagnóstico: "Balza quiere un Ejército más atractivo para la civilidad. Por eso lo abrió, mejoró su imagen, lo insertó en la vida democrática, hizo un reconocimiento del pasado. Esperaba, y aún espera, una contrapartida de esa civilidad, en una especie de pacto de ida y vuelta".
"Con Balza -dice el politicólogo Rosendo Fraga- cambió la percepción que se tenía del Ejército en función de las situaciones sufridas por la fuerza en los años ochenta: guerra sucia, derrota en Malvinas, juicios por violaciones a los derechos humanos y motines carapintadas".
Fraga sostiene que es inevitable, más allá de las opiniones o convicciones personales de Balza, que su nombre esté asociado a la década de hegemonía política del menemismo. No obstante, muestra sondeos donde la aceptación del personaje es buena entre votantes de la Alianza.
Y, en efecto, los popes aliancistas, por ahora no en público, hablan de las ventajas de tenerlo al frente del edificio Libertador. Para contentar a Graciela Fernández Meijide, Balza sobreactúa sus mensajes cada vez que puede y subraya que pertenece al "ejército actual", para distinguirlo del "ejército procesista" que secuestró e hizo desaparecer a su hijo adolescente. Con Alfonsín tiene un parentesco, ya que su hermana, fallecida, se casó con el hermano del líder radical.
En el Frepaso se consigna que no hay una visión unívoca sobre Balza, pero hay un denominador común: nadie desconfía de ese hombre largo y delgado, que sale a correr por los bosques de Palermo. "Es puntillosamente legalista", precisa un asesor de Graciela.
En la coalición de centro-izquierda hay sectores que le demandan un mayor compromiso "con temas que hacen a la corrupción y al esclarecimiento de la verdad de nuestro trágico pasado".
"Tanto los políticos como el ejército de Balza -sorprende el asesor de Graciela- tendremos que dar gestos paradigmáticos para alcanzar la reconciliación."
Frepasistas y radicales centralizan su posicionamiento en favor del jefe militar, apoyados en los avances estructurales que se notan en las fuerzas armadas. Sólo en el Ejército, diez mil efectivos revistaron en fuerzas de paz internacionales y más de la mitad de ellos no vivió nunca un golpe de Estado.
Pedro del Piero, reemplazante de Fernández Meijide en el Senado, aceptó ante un cronista de La Nación que Balza podría ser "un buen ministro de Defensa de la Alianza".
"No hay dos ejércitos, hay uno solo", protestan, sin embargo, a coro los retirados de Aunar (Asociación Unidad Nacional Argentina), que encabeza el general Fernando Verplaetsen, sancionado con veinte días de arresto, en febrero de este año, por haber cuestionado a la conducción, en dos cartas enviadas a Balza.
En la sede de Aunar aceptan dialogar con La Nación off the record para evitar un nuevo castigo. No son condescendientes. "¿Usted pregunta qué saldo positivo deja Balza?: el espíritu de la oficialidad que lucha pese a la escasez de medios y la falta de apoyo de la autoridad política. Balza -expresa un marino, ante el asentimiento de los presentes- enseña cómo no se deben hacer las cosas."
Los que sospechan de Balza deberían informarse en Aunar. "Balza es una figura prefabricada. No tiene escrúpulos. El y sus generales cumplieron las órdenes que llaman inmorales. Muchos -provoca- tuvieron activa participación en la guerra antisubversiva, y parece que se han olvidado".
Recelosos de los periodistas, los encuadrados detrás de Verplaetsen, Rodolfo Aymonino y Julio Bertoldo, critican la falta de una estrategia que mantenga el equilibrio en el Cono Sur. Apuntan dardos contra Chile. Uno de ellos, que estuvo a punto de entrar en guerra durante el pleito limítrofe de la década del setenta, comenta: "No son hermanos, ni siquiera son buenos vecinos".
En el plano militar protestan por la falta de instrucción y la eliminación del servicio militar obligatorio. "Nos han dejado sin reserva", se lamentan.
En el radicalismo, las voces son unánimes sobre el servicio voluntario. Un ex ministro de Defensa acepta que en la sociedad hay un comportamiento negligente cuando se aborda la problemática. "Hay temas de los que nadie habla: la profesión militar tiene poca consideración social, es poco atractiva. Empieza a bajar la calidad de los que pretenden ingresar en las escuelas y se registra una proletarización. Dentro de diez, quince o veinte años tendremos fuerzas armadas totalmente diferentes, con un cuerpo de soldados más clasista. El servicio militar obligatorio, eliminado por la irresponsabilidad de Menem, era policlasista".
Juan Manuel Casella, titular de la comisión de Defensa de la Cámara de Diputados, considera que la "colimba" era una rémora del pasado, cuando había que integrar a los millones de hijos de extranjeros. A Casella, personalmente, le "gusta" Balza porque, como quedó demostrado en el esclarecimiento del crimen del soldado Omar Carrasco, el jefe del Ejército "incidió para romper el sentimiento corporativo" y "no se sumó a la conspiración del silencio", según dice.
En Aunar, los radicales tampoco son bien vistos. Los retirados despotrican contra los que golpearon las puertas de los cuarteles y contra "los grandes empresarios que siguen haciendo grandes negocios y nos dejan como los malos de la película".
Balza tiene un aceptable diálogo con los organismos de derechos humanos, salvo con Hebe de Bonafini, de Madres de Plaza de Mayo. Con Graciela Fernández Meijide, a la que le regaló un prendedor bañado en oro en uno de sus cumpleaños, se profesan "mutuo respeto".
Fraga sintetiza la sintonía de Balza con los intelectuales y los políticos. "Es -resalta- la imagen del militar que los civiles quieren ver, y Balza sabe comunicarse con ellos. Su relación con la propia comunidad militar es compleja y hay opiniones diferentes. Pero hay una aceptación de que Balza ha llevado adelante una adecuación necesaria, más allá de las críticas que puedan realizarse a su gestión".
La longevidad en el puesto le ha creado recelos. Uno de los que está resentido ("envidioso", susurra un observador militar) es el titular del Estado Mayor Conjunto, general José Luis Zabala. Es Balza y no Zabala -el preferido por el ministro Domínguez- el que está conformando la pirámide del "nuevo ejército", haciendo gala de eficiencia e instalando a los que visten de verde oliva en todas las urgencias sociales.
Una alta fuente de la Fuerza Aérea se sinceró con La Nación. "En el Ejército hacen todo lo posible por mostrarse al lado de la comunidad. Nosotros también estamos con la gente, pero sin tanto ruido. Y a la hora de pelear por el presupuesto, Balza no pone mucho empeño, se ubica bajo el ala del Presidente e, inocultablemente, busca proyectarse políticamente".
Desde la cárcel, el ex coronel Mohamed Alí Seineldín, le reprocha a Balza "no cuidar a la Patria, y sí objetivos internacionales", para beneplácito del gobierno de los Estados Unidos.
El jefe del Ejército, al contestar a sus detractores, sostiene que la misión tradicional de la fuerza se mantiene vigente: servir, en conjunto con la Fuerza Aérea y la Armada, de elemento de disuasión contra cualquiera que atente contra los intereses vitales de la Nación. Pero, agrega, es fundamental ahora la participación activa en misiones de paz.
Balza es un experto ajedrecista. Empero, su doctrina está en jaque. Claramente más ventajosa es su posición en la disputa menor que sostiene con el ministro de Defensa, Jorge Domínguez.
Vale la pena detenerse en la venta de armas. En una entrevista concedida a una periodista de la revista Imagen, hace dos años, explicó que prefiere decir siempre la verdad. "Si, por razones confidenciales, no se puede decir, bueno, pero nunca vender pescado podrido... Y cuando me hacen una pregunta, si yo digo, ´señores, el ejército no entregó armas para vender´... Tienen que creerme. Porque no ha entregado armas para vender. Por más vuelta que se dé, yo no he entregado armas para vender".
¿Qué dicen los expertos neutrales? Si pudiera, el Gobierno culparía de la venta de armas a Croacia al ascensorista. Lo cierto es que hubo un decreto presidencial, firmado entre otros por el entonces ministro de Defensa, Erman González, por el cual esas armas fueron transferidas por Fabricaciones Militares a Panamá, un país que no tiene ejército. La operación fue burdamente simulada, y lo que Balza está enfatizando es que sólo mandó material para reparar y canjear. Todavía a medias tintas dispara contra los responsables políticos que desubicaron al país por ganar dinero: ayudaron a Croacia en su lucha contra los serbios, cuando la Argentina es uno de los garantes de la paz como miembro de las Naciones Unidas.
"Acá hay mucha hipocresía de los grandes países fabricantes de armas. Los Estados Unidos querían armar a Croacia, y canalizaron el trámite a través de la Argentina, donde se pagó muchísimo más por el material bélico para llevarlo a una zona caliente. Pero sin el decreto presidencial, nada se podía hacer", coinciden asesores peronistas, radicales y militares.
"Balza jura que no le falta ningún cañón y que el Ejército resultó damnificado. Entonces -se preguntan en el Frepaso-: ¿por qué no actúa con más energía?".
El costo ha sido alto. Fue así como, sin dar parte al ministro Domínguez y, por ende, al presidente Menem, Balza se presentó espontáneamente ante el juez Urso, para bramar que no era "ningún delincuente ni mafioso" y que buscaran en otro lado a los que se quedaron con la parte del león del negocio.
¿Algo se resquebrajó entre Balza y el menemismo por el episodio de las armas?
El general fue mencionado varias veces como candidato a ministro de Defensa. Fraga apunta que "Balza ha estado al frente del Ejército con cuatro ministros, y esto le da un significado más permanente que ellos".
Si bien Menem sigue dando prioridad en el trato a Balza (acaba de llevarlo en su visita a Rusia, Ucrania y Armenia), anida una desconfianza mutua. Paradójicamente, Balza demuestra una conducta poco corporativa, mientras el Presidente se mueve en un circuito de lealtades y, tarde o temprano, castiga a los que, como Balza, se animan a cortarse solos.
Fraga también pone de relieve los grandes logros de Menem: la estabilización de la economía, la reinserción de la Argentina en el mundo y la plena subordinación militar al poder civil. Balza ha sido, en la política militar -es su ecuación-, lo que Domingo Cavallo en la economía o Guido Di Tella en las relaciones exteriores.
El ex embajador ante las Naciones Unidas Emilio Cárdenas saltó de su asiento cuando La Nación le preguntó si Balza tenía puesta la camiseta menemista: "Balza es respetado internacionalmente. Hasta The New York Times publicó un editorial en su favor por la autocrítica de 1995. Es el mejor seguro constitucional. Balza tiene colocada la camiseta argentina".
Balsa estima que el Ejército está en un tiempo de maduración y asegura que no será presidente de la Nación. Pero no se veda trepar otros escalones, confiado de que el Ejército seguirá "en la misma tónica". Laiño, con una fisonomía opuesta a la atlética de Balza, cubre la retaguardia. Es el cerebro gris que, sin hacerse notar, está presente en cualquier emergencia.
Balza acaba de expresar que transita "la recta final" de su carrera castrense. Si le dieran jaque mate en alguna de las partidas que está jugando a disgusto, se reabriría el "problema militar", lo que ansían los sectores más duros del arma o los que hacen de la institución un órgano cerrado que reclama su tajada como cualquier otro. Los pretendientes a la primera magistratura anhelan que las fuerzas armadas sigan siendo corderos dóciles y no lobos hambrientos. Pero saben, de todos modos, que no habrá, objetivamente, soluciones mágicas y que cualquiera que fuere el signo del gobierno que asuma en 1999, "será muy difícil doblar la apuesta que hizo Balza".
"El mando no se comparte"
-Usted declaró que entró en la recta final como jefe del arma. Cuando se retire, ¿dejará un nuevo ejército?
-El ejército es uno solo, desde 1810, con luces y sombras. La década del noventa es completamente diferente de las anteriores y eso condujo a una modernización para enfrentar el próximo milenio. Ya en 1991 hicimos una evaluación muy autocrítica: el sistema educativo no era el deseado y el servicio militar obligatorio había cumplido un ciclo. No teníamos presencia regional ni internacional y no se le daba prioridad a la presencia de la mujer. Prácticamente, no existían misiones de paz. Hacemos ejercicios combinados con países vecinos y tenemos una relación excelente con Chile. Pero fundamentalmente analizamos el error de haber participado en la política.
-¿No es entonces un ejército distinto del que pasó?
-Se ajusta al tiempo que vivimos. La "doctrina de seguridad nacional" se originó a fines de la década del cincuenta, en un mundo en el que se hablaba de guerra interna. En los noventa eso no existe. Dimos pruebas de que rechazamos la doctrina de seguridad nacional, incluso sacando a nuestros cursantes de la Escuela de las Américas. Si bien tenemos muy buenas relaciones con los Estados Unidos y nuestros hombres se capacitan en sus centros académicos de excelencia, ya no lo hacen en la Escuela de las Américas.
-¿Porque allí se enseñaba a torturar?
-No sé qué es lo que se enseñaba, pero queremos que nuestros oficiales se perfeccionen en centros académicos de mayor prestigio.
-¿La transformación del Ejército se operó después de la Guerra de las Malvinas?
-No fue producto de un solo momento, sino de una transición. Sin dudas, Malvinas fue un factor que desnudó la manera en que la participación en política había afectado la profesionalidad del Ejército. Esa aventura se hizo explotando nuestros sentimientos. En Malvinas, el Ejército dio muestras de una entrega total a una causa, combatió bien y mereció el elogio del ocasional enemigo. Pero, para ser sincero, el cambio en la institución se produjo también por las secuelas de la lucha contra la subversión.
-Una consecuencia de esa lucha fue la aparición de los carapintadas. ¿Qué reflexión le merece a la distancia el levantamiento del 3 de diciembre de 1990, que usted reprimió personalmente, y las afirmaciones del coronel Mohamed Alí Seineldín, acusándolo de haber desnacionalizado al Ejército?
-Ese hecho fue emblemático, pero tanto en Semana Santa, Villa Martelli, Monte Caseros y el 3 de diciembre, el Ejército -no Balza, y eso que no soy modesto- privilegió la defensa de las instituciones y el Estado de Derecho. Y lo hizo con gobiernos de distinto signo político: con Alfonsín y con Menem.
-Pero el 3 de diciembre usted reprimió y antes el Ejército no llevaba los enfrentamientos intestinos a ese extremo.
-Porque hubo un respaldo político total al accionar del Ejército ante hechos que afectaban a la institución y a la democracia. El cambio no es sólo Balza. Interpreto el sentir de mis subordinados: dolor por un pasado que no quisimos vivir, pero que tampoco se puede borrar.
-¿No le responde a Seineldín?
-No. El y (Aldo) Rico le hicieron mucho mal al Ejército. Ser nacionalista es privilegiar valores que, a través de la historia, han sustentado quienes nos dieron esta tierra. El Preámbulo de nuestra Constitución es maravilloso y establece una forma de convivencia. El gran cambio nuestro es cultural: sacamos al Ejército de la política. A diario damos muestras de la subordinación de las Fuerzas Armadas al orden constitucional.
-A la luz de la detención de Videla por el robo de bebes, ¿imagina alguna solución jurídica o política que al mismo tiempo conduzca a la pacificación y reconciliación de las secuelas de la "guerra sucia"?
-El pasado hay que asumirlo. Esa página negra existió. En nuestra madurez está la superación del pasado. No sé cómo, pero en el Ejército hay miles de hombres que en esa época no habían siquiera ingresado en el arma. Ellos no pueden ser blanco de una afectación institucional porque no tienen nada de qué arrepentirse. Por otra parte, es injusto afirmar que los retirados están enfrentados con Balza. No es cierto. Tenemos casi treinta mil retirados, entre oficiales y suboficiales. En muchísimos encuentro apoyo y comprensión. Por ahí puede haber alguno que tenga un disenso y eso es propio de la democracia. Pero los que mandamos somos nosotros y yo tengo una responsabilidad para el presente y el futuro.
-¿Usted espera un gesto de ida y vuelta en la solución de las violaciones a los derechos humanos?
-Nunca he hablado de la teoría de los dos demonios. La violación de un derecho sólo proviene de lo institucional. En la lucha contra la subversión se tendría que haber aplicado toda la fuerza que emana del orden jurídico y no fue así. Como institución teníamos una deuda. Pensamos en el pasado, en la acción de la Triple A, la masacre de Ezeiza, la toma de cuarteles y la matanza de indefensos soldados. Como ciudadano y como militar creo que se contribuiría a la reconciliación de todos si también los que cometieron hechos de violencia de los que no se pueden sentir orgullosos asumieran sus responsabilidades. Porque nadie se puede sentir orgulloso de actos terroristas donde murieron decenas de personas. No pueden hacerse los desentendidos. Entonces, como sociedad avanzaríamos con autenticidad.
-Hay retirados que justifican la apropiación de menores como "gestos humanitarios"...
-De estos hechos me empecé a enterar sólo cuando el tema apareció en los medios de comunicación. Es algo terrible. Eso no está relacionado con la lucha contra la subversión. Aquí no se respetó ni la vida ni al hombre. ¿Quiénes somos nosotros, un militar, civil o lo que fuera, para decir; esta criatura la va a criar, la va a educar, tal familia? No podemos disponer así de una vida. Nos habríamos puesto en lugar de Dios. Se tenía que haber recurrido a las más mínimas normas legales, religiosas y morales. Comprendo el dolor de esas abuelas que quieren saber dónde están sus nietos. Un hombre que pone una bomba y mata a decenas de personas es un marginal. Quien dispone de una vida, también. Tengo cuatro hijos a los que he visto crecer. Imagino el dolor que significaría que el día de mañana nazca un nieto mío y yo no pueda saber dónde está. Es terrible y no puede justificarse. No se lo permito a nadie. El que ha hecho eso tendrá que responder ante la Justicia y la sociedad.
-¿El caso Carrasco salpicó a la conducción del Ejército?
-Con excepción de los padres, nadie sufrió el caso Carrasco como yo. Ahí sí, digo Balza. Me he pasado noches sin dormir. Carrasco era un soldado. Lo incorporamos y sucedió ese hecho lamentable. Gracias a Dios están condenados....
-¿Los culpables?
-Sííí. No hay duda. Procesó un juez, juzgó y sentenció una Cámara que en todo momento fue calificada por el periodismo como seria y profesional, y la Corte Suprema lo consideró cosa juzgada. Sin lugar a dudas. ¿Si no fueron éstos, quién fue el culpable? Nunca apareció la figura de otro.
-¿En el pasado, el Ejército hubiese ocultado el crimen?
-No analizo el pasado. En este momento, los jueces pueden decir cómo colaboró el Ejército. Están los cuatro condenados y hay otras secuelas que se están juzgando.
-Usted se enojó cuando algunas versiones lo vincularon con el tráfico ilegal de armas a Croacia y Ecuador.
-Acaba de ser detenido en Sudáfrica (el teniente coronel) Diego Palleros, un gran delincuente. Vincular al Ejército, y a mi persona, en esta venta ilegal de armas es un agravio. El Ejército ha sido ajeno a esta operación. Afecta la imagen institucional no sólo en nuestro país, sino en el exterior. La Justicia determinará quiénes son los responsables.
-¿Cuando se retire, seguirá sirviendo al país desde una ciudadela política?
-¡Cuántas veces me han preguntado eso! Si yo pensara qué voy a hacer el año que viene no podría comandar al Ejército. Dedico todas mis energías a esto. ¿Qué voy a hacer el día que me retire? Es una pregunta que me hago con frecuencia. Respeto mucho la política, pero soy profundamente creyente: Dios proveerá. Nunca me propuse ser jefe de Estado Mayor. Me iba con la satisfacción de haber comandando una unidad en combate (en Malvinas), o sea, que había alcanzado un objetivo.
-¿No piensa dejar su marca?
-El Ejército no es una estancia y yo no soy capataz. Recibo asesoramiento y trato de escuchar: al teniente primero, a los jefes de unidades, a los generales. Cuando hay algo que corregir, lo corregimos. No le tenemos miedo al cambio, pero el mando no se comparte.





