Barreras digitales en la pandemia

Roxana Morduchowicz
Roxana Morduchowicz PARA LA NACION
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26 de mayo de 2020  • 19:03

Jeremías tiene 7 años. Vive en un pueblo rural de La Pampa. Como no puede ir a la escuela, recibe los materiales en el único celular que tiene su familia. Y envía la tarea por el mismo medio.

Pablo tiene 13 años. Vive en Buenos Aires Tampoco puede ir a la escuela. Tiene clases por Zoom y en plataformas on line, que sigue en la notebook de su cuarto.

Marcela tiene 15 años. Vive su cuarentena en Moreno. De la escuela donde estudia, le mandan materiales. Ella los lee en el celular que le presta su mamá.

Ninguno de los tres chicos tiene clases presenciales. Todos reciben una formación on line. Las diferencias, sin embargo, no pueden ser más grandes.

Jeremías no tiene señal de Internet donde vive. Debe ir a caballo varios kilómetros hasta llegar a una loma, pararse sobre ella y con algo de Internet, comunicarse con el mundo. "Seño, te hablo desde la loma que hay señal." dice Jeremías en un mensaje. Manda saludos a sus compañeros y muestra su caballo, el que lo lleva a la loma. Es el único momento en el día en que está conectado a Internet y puede recibir las canciones que le manda su maestra para cantar en familia.

Pablo tiene conectividad en su casa y participa de clases con profesores en tiempo real. Sus días empiezan en su cuarto a las 9 y hasta las 13 cursa las diferentes materias. "Cuando termino la tarea, miro cosas que me interesan en Internet, uso las redes sociales y veo series" -cuenta.

Marcela no tiene conectividad en Moreno. "Camino diez cuadras hasta una casa del barrio, me quedo parada en la calle cerca de la entrada y ahí tengo señal." El momento de Internet lo usa para comunicarse con amigas en redes sociales y para "bajar algunos PDF que me mandan de la escuela para leer y comentar".

El desigual acceso a Internet no es nuevo. La pandemia, sin embargo, lo refleja con mayor crudeza y permite pensar en los efectos de una educación on line que no es tal. Al menos, no para todos.

El problema que genera la falta de acceso, es que incide sobre las prácticas. Estas son las nuevas brechas digitales: la diferencia en los usos y la desigual apropiación de las tecnologías entre chicos de distintos sectores sociales. Jeremías y Marcela utilizan Internet un rato por día, para comunicarse con amigos, mandar videos y, responder a consignas tradicionales que no enseñan ni motivan. Es todo lo que lógicamente los docentes pueden pedir y los chicos pueden hacer, en la media hora de conectividad diaria.

Podemos emocionarnos con el esfuerzo de Jeremías de transitar kilómetros a caballo para conectarse. O con la caminata diaria de Marcela para acceder a la web desde la calle de una casa del barrio. Pero eso es romantizar una condición social que los limita y los excluye de oportunidades educativas, ocupacionales y sociales.

Ni Marcela ni Jeremías forman parte de la ciudadanía digital y en este camino, no formarán parte tampoco de la sociedad del conocimiento. Ciudadano digital no es quien sube un video a la web, o baja un PDF de Internet. Un proyecto de ciudadanía digital potencia el pensamiento crítico en el uso de Internet y con él la capacidad para interrogar, comprender, resolver problemas, transformar, comunicar y participar.

¿Qué ciudadanos digitales serán Jeremías y Marcela? Sin acceso, sin prácticas diversificadas y sin una verdadera apropiación de las tecnologías, las expectativas son casi nulas. Si los usos de Internet no potencian el pensamiento crítico, la creatividad y la participación social, no habrá ciudadanía digital. La ciudadanía digital es un derecho: su ausencia impide el ejercicio de una ciudadanía plena. Una ciudadanía plena de la que hoy no gozan ni Jeremías ni Marcela.

Si la utilización del entorno digital no construye conocimiento; y si ese conocimiento no permite a los alumnos enriquecer su capital cultural, comprender los hechos sociales, mejorar la realidad que viven, realizarse profesionalmente, resolver problemas, tomar decisiones y participar, la tecnología servirá solo con fines instrumentales o lúdicos. Y los alumnos no serán ciudadanos digitales.

Solo habrá chicos como Jeremías y Marcela comunicándose por redes sociales, compartiendo videos, cantando canciones o comentando textos en PDF. Pero su ingreso a la ciudadanía digital y a la sociedad del conocimiento seguirá vedado.

Y estas barreras no emocionan. Excluyen.

Doctora en Comunicación y consultora de la Unesco en Ciudadanía Digital

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