
Bartolomé de Vedia, en sus palabras
Periodista de trayectoria brillante y ejemplar, hombre de mirada profunda y generosa, De Vedia falleció el jueves pasado, a los 74 años. A modo de homenaje ofrecemos aquí un poema suyo de 1960 y dos artículos que publicó en este suplemento: una reflexión aguda y de gran actualidad sobre los liderazgos argentinos desde el regreso de la democracia, y un texto en el que indaga en sus mundos público y privado, sus lecturas e inquietudes intelectuales, en íntimo contrapunto con la insoslayable cotidianeidad
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Historias de dos ciudades
Salgo a caminar por las calles de mi barrio y me pregunto por cuál de las dos ciudades me dejaré envolver: ¿por esa Buenos Aires concreta que me impone su ritmo puntual y urgente (mi dentista, mi librería preferida, mi gimnasio, la empresa en que trabajo desde hace varias décadas y el colegio al que concurren mis hijos) o por esa otra Buenos Aires ritual y genérica, que me presta su marco referencial y hasta su prestancia literaria, diseminada en cien canciones e imágenes entrañables?
Como tantas otras veces, mis obsesiones personales empiezan a competir, en mi fuero íntimo, con las voces fantasmales de Alfredo Lepera, de Baldomero Fernández Moreno o de Raúl Scalabrini Ortiz. Y me siento compelido a elegir: o vuelo y me considero un habitante mitológico de la ciudad que perdura en crónicas y poemas de imborrable memoria o me dejo encerrar en mi agenda personal de trámites, horarios y lugares, indispensable para que pueda afrontar sin sobresaltos lo que resta del día o para asegurarme un margen razonable de tranquilidad en lo que queda de la semana o del mes.
Llego al banco y me introduzco en la minúscula celda del cajero electrónico. Experimento un gran remordimiento: le he asestado un duro golpe al espectro de Borges o de Lepera. Mi tarjeta de débito ha sido más fuerte, por esta vez, que esa otra tarjeta invisible que acredita mi identidad como hijo y protagonista de ese Buenos Aires lírico y funambulesco en el que todavía es posible "soñar con el mar desde el río" o "morirse de amor en el parque Lezama", según los versos del vals bellísimo e insoslayable de María Elena Walsh.
Me pregunto si la opción que me plantean estas dos ciudades -la que privilegia mis estrictas necesidades personales y la que acoge esa otra necesidad mía de expandirme y multiplicarme en el espacio y en el tiempo- tiene alguna relación con la vieja distinción entre las categorías de lo público y de lo privado, que heredamos de la Roma sabia y eterna y que sigue gobernando, aunque cada vez menos, nuestra fatigada existencia de ciudadanos.
Lo público y lo privado
Recuerdo que hubo un tiempo en que había fronteras infranqueables entre un mundo y el otro. El ámbito de lo privado estaba reservado a la estricta intimidad de cada persona y de cada familia. El periodismo, por ejemplo, se asomaba fundamentalmente al ámbito de lo público: las páginas de los diarios y las revistas centraban su curiosidad en los temas de interés general y respetaban el bastión infranqueable de las vidas privadas.
¿Se modificó esa realidad con la llegada de la televisión y de los otros medios informativos que fueron naciendo al compás del avance científico y tecnológico de las comunicaciones? En parte, sí. En el ámbito cultural e informativo, las fronteras entre lo público y lo privado tienden hoy a diluirse, tal vez a borrarse. En el campo de lo institucional y lo legal, en cambio, los límites que separan las dos categorías se siguen manteniendo. Y está bien que sea así: esa separación sigue siendo funcional a las estructuras que garantizan el respeto a los derechos individuales frente a la voracidad del Estado y de los instrumentos que pueden significar una amenaza para el santuario de las libertades individuales y para la salvaguarda de la dignidad esencial de la persona humana.
Pero mucho más allá de estas precisiones formales, queda la certeza de que el gran desafío que los hombres tenemos por delante sigue siendo el de aprender a valorizar nuestra libertad y nuestros espacios propios sin renunciar a esa otra dimensión de la dignidad humana que es la necesidad de disfrutar de sueños y lugares compartidos con los otros seres humanos. La vieja antinomia entre el interés individual y el interés del conjunto social, que llenó tantos capítulos controvertidos de la historia política y jurídica de la humanidad, escondía en realidad mucho más que un conflicto legal, ordenancista o institucional. Era una manifestación más de la esencia trágica y maravillosa que signa la condición humana: aquella que nos hace sentir la necesidad de sumar -y nunca restar- el bien propio y el bien de aquellos con quienes compartimos el espacio y el tiempo.
Una simple caminata por la ciudad en que vivimos nos hace tropezar, todos los días, con ese dilema esencial. No hay una antinomia insalvable entre ser uno mismo y ser parte de la vida de los otros. Basta con que tengamos en cuenta que la ciudad en que habitamos nació con la fundación mítica soñada por Jorge Luis Borges y transfiguró la muerte de Carlos Gardel en un bronce que sonríe y fuma. Esas realidades fueron el producto de individualidades excepcionales. Pero fueron posibles por la fuerza con que varias generaciones se asociaron a esas creencias y las aceptaron como expresiones gloriosas de una ciudad, de una cultura social.
¿Y el cajero automático? No lo tomemos demasiado en serio: entremos en él sin necesidad de expulsar de nuestras vidas a los fantasmas queridos. Estamos seguros de que ningún banco nos va a cuestionar ese derecho.
© LA NACION
Nota publicada en Enfoques, el 20 de noviembre de 2005
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Líderes y antilíderes de la democracia
En los veinte años transcurridos desde el 30 octubre de 1983 -es decir, desde el día en que se restableció la democracia-, la sociedad argentina produjo algunos liderazgos carismáticos de proyección nacional, que tuvieron poderosa influencia en un momento dado y le pusieron su sello a una etapa determinada de la vida del país.
Pero esos liderazgos no perduraron en el tiempo: se desdibujaron -en unos casos con mayor rapidez, en otros más lentamente- y dejaron en la sociedad un intenso sabor de frustración.
El primero fue, obviamente, el de Raúl Alfonsín, arquetipo del político de estirpe tradicional, dueño de una oratoria aguerrida y vibrante. A él le tocó la responsabilidad de liderar el retorno a los carriles de la república democrática después de un largo y oscuro ciclo de violencias y vacíos institucionales. El 30 de octubre, el hombre de Chascomús cumplió la proeza de derrotar en las urnas al peronismo, una hazaña que hasta ese momento parecía impensable.
El liderazgo nacional de Alfonsín, como nadie ignora, tuvo corta vida. Se desplomó cuando entró en crisis en el mundo el modelo estatista propio de la "economía de bienestar", que había imperado durante medio siglo. En nuestro país, la señal inequívoca de ese colapso fue la hiperinflación.
Alfonsín, que entre 1983 y 1985 había conducido con altivez y prestancia el tránsito a la democracia, no era el líder adecuado para presidir esa otra transición que hacia 1987 alboreaba ya en el horizonte mundial: el paso al neoliberalismo. El nuevo desafío requería políticos de otra estirpe: más abiertos al pragmatismo, más distendidos, capaces -incluso- de sacarse de encima, como quien se saca un molesto sobretodo, los viejos paradigmas del populismo vernáculo, en cuyas fuentes habían abrevado durante tanto tiempo radicales y peronistas. Era el momento indicado para que apareciera en escena el segundo líder carismático de la era democrática: Carlos Menem.
En las antípodas de Alfonsín, el riojano construyó un liderazgo extravagante y divertido, que incluía una cuota abundante de simpatía personal y ciertos toques audaces de cinismo exitista. Su principal hazaña consistió en producir el viraje histórico que los tiempos reclamaban. Cumplió la proeza de abrazarse al modelo neoliberal sin despegarse de las entrañas del peronismo. Era algo así como lograr la cuadratura del círculo. Lo cierto es que consiguió frenar la inflación y estabilizar la economía.
Su liderazgo fue más duradero que el de su predecesor, pero en la segunda mitad de la década del 90 -consumada ya su reelección presidencial- entró en una acelerada espiral descendente y terminó también por desplomarse. Menem no tuvo los reflejos necesarios para advertir que en la nueva etapa que se había abierto en el país -que él mismo había ayudado a construir- el reclamo de la ciudadanía se había desplazado velozmente del eje económico al eje moral e institucional. El nuevo paradigma pasaba por la lucha implacable contra la corrupción.
La opinión pública le volvió la espalda al intrépido riojano. Hacia 1997, ya no importaba demasiado que hubiera frenado la inflación: ahora se consideraba intolerable que pulularan a montones los funcionarios denunciados como corruptos, que contara en la Corte Suprema con una "mayoría automática" y que en el fuero federal penal tuviera jueces que le eran incondicionales.
Entre 1999 y 2001 la sociedad argentina se dio a sí misma un respiro y engendró una suerte de "antiliderazgo": el de Fernando de la Rúa. Su figura quedó registrada en el imaginario social, en efecto, como la de un "antilíder". No se lo juzgó por lo que fue o por lo que hizo, sino por lo que notoriamente no fue y por lo que manifiestamente no hizo. La lista de esos "no" fue interminable. No se mostró dinámico ni ejecutivo, no fue carismático, no contó con el apoyo incondicional de cúpulas partidarias ni de homogéneas mayorías legislativas, no cambió la Corte, no pretendió contar con una Justicia adicta. No quiso cambiar la historia. Y la historia -devoradora e impaciente- se ensañó con él.
El nuevo líder
El tercer liderazgo carismático es el de Néstor Kirchner. Este liderazgo exhibe una curiosa particularidad: se ha ido construyendo paso a paso desde el poder. Lo habitual es que los hombres públicos edifiquen sus liderazgos desde el llano y luego lo consoliden con sus primeros actos de gobierno. Ese fue el camino que siguieron Menem y Alfonsín y es también el que está transitando Lula en Brasil. Kirchner, en cambio, no tuvo la oportunidad de convertirse en un líder nacional en la etapa previa a su llegada al poder debido a que la votación que debía legitimarlo no se pudo realizar por la inesperada deserción de su contrincante.
Al dirigente patagónico no le quedó otra opción que invertir el orden de los factores: primero asumió el gobierno y después empezó a ganarse, en tensa carrera contra el tiempo, el consenso ciudadano. Eso determinó que desde algunos sectores se lo acusara de estar utilizando los resortes del Estado para construirse un poder unipersonal hegemónico.
Si se analiza bien la situación, la responsabilidad por esa alteración del curso ordinario de las cosas no es toda de Kirchner, sino también de quienes arteramente lo privaron de la victoria electoral que le hubiera permitido llegar a la Casa Rosada con el máximo título que otorga la democracia: la consagración por el voto popular.
Para completar este rápido repaso de los caudillismos o liderazgos políticos construidos en la Argentina a partir de 1983, hay que decir dos palabras sobre Eduardo Duhalde. A diferencia de Menem, Alfonsín o Kirchner, el hombre de Lomas de Zamora nunca se esforzó por imponerse como un líder carismático ni por captar el respaldo de los sectores medios: prefirió edificarse un liderazgo estructural silencioso, menos ostensible, menos retórico, aunque tal vez más efectivo y duradero: su autoridad política reposa, como todos sabemos, sobre una sólida trama de fidelidades partidarias.
¿Cuál de estos diferentes liderazgos ha sido más beneficioso para la Argentina? Alfonsín se quedó en un republicanismo enfático, cuando había sonado ya la hora de las transformaciones estructurales. Menem supo llevar adelante las reformas de fondo, pero no supo crear una red de protección social que atenuara su efecto y cultivó -acaso sin darse cuenta- una imagen de permisivismo moral y de fiesta farandulera que terminó siendo el arma letal con que lo doblegaron sus adversarios.
Con De la Rúa, el liderazgo brilló por su ausencia. Con Kirchner, el liderazgo pasó a ser obsesivo y omnipresente. El estilo K, confrontativo y avasallador, gana espacio día tras día pero suscita temores y prevenciones. Duhalde, por su parte, sigue convencido de que la política es un arte que no se practica con gestos ampulosos y grandilocuentes sino sobre la base de sigilosas y discretas complicidades partidocráticas. ¿Tendremos alguna vez los argentinos un liderazgo democrático proporcionado a nuestras auténticas necesidades y ajustado a lo que pide la estructura presidencialista de nuestra Constitución? ¿Cómo debería ser ese líder? Seguramente, no tan rígido como Alfonsín, ni tan distendido como Menem. Ni tan pasivo como De la Rúa, ni tan hiperactivo como Kirchner.
Aquí se abren para los argentinos dos caminos posibles. Uno -el más fácil- es el que siempre hemos transitado: consiste en descalificar duramente a todos los que pasaron por la Casa Rosada y en acusar al que la ocupa actualmente de querer construir un poder hegemónico y hasta de estar manipulando, a su manera, al Poder Judicial. Una vez consumada la operación de descalificar a todos, de tildar a uno de corrupto, a otro de ambicioso, a otro de inútil, a otro de egocéntrico o de personalista, nos dedicaremos -se supone- a construir el liderazgo teórico, ideal e incontaminado que necesita la Nación. Lo haremos a partir de la pura abstracción, dejándonos ganar -una vez más- por nuestras fantasías y por nuestros sueños fundacionales, que nos llevan a buscar, después de cada crisis, héroes mesiánicos o cruzados que instalen a la Argentina en la senda de la perfección. El país real, entretanto, seguirá llorando en alguna alcantarilla, pues lo habremos barrido a escobazos, una vez más, como si fuera un trasto viejo.
Tal vez ha llegado la hora de probar el otro camino: el que consiste en no demonizar a nadie, en juzgar con humildad a los que pasaron por el poder de 1983 en adelante y aceptar que en todos existieron notas rescatables y muchos desaciertos, luces y sombras. Y en aceptar que Alfonsín, Menem, De la Rúa, Duhalde y Kirchner no han sido ángeles ni ogros. Fueron -son- hombres públicos de carne y hueso, que, de alguna manera, nos representaron a todos, aun en sus errores más gruesos.
Abandonemos el hábito de juzgar la historia reciente desde la colina de nuestra soberbia. No incurramos en el vicio fácil de descalificar en bloque todas las gestiones presidenciales que pasaron o están pasando y aboquémonos a la tarea -mucho más difícil- de separar, en cada caso, el trigo de la cizaña. Y en vez de condenar globalmente a los líderes o antilíderes que ejercieron el poder político -real o formal-, tratemos de capitalizar la experiencia que nos dejó cada etapa y, sobre todo, procuremos extraer de cada uno de los que pasaron lo mejor y no lo peor.
Construyamos los liderazgos de mañana a partir del barro que somos -tratando de descubrir lo bueno que ese barro social y humano esconde- y no de los arrebatos fundacionales que nos llevan a querer inventar de nuevo a la Argentina en cada recodo de la historia.
Ya sabemos a dónde nos condujo, en el pasado, el facilismo de despreciar en bloque todo lo vivido y de comprar los espejitos de colores de un porvenir fundado en abstracciones. Examinemos nuestra historia reciente con más humildad y extraigamos de ella las lecciones concretas -y no ilusorias- que puede brindarnos. Y mejoremos la realidad a partir de aceptar sus fragilidades y sus limitaciones. Será la mejor manera de empezar a ser un pueblo adulto.
© LA NACION
Nota publicada en Enfoques, el 26 de octubre de 2003





