Beat: un latido literario

Silvia Hopenhayn
Silvia Hopenhayn PARA LA NACION
Parecían más extraviados que los escritores norteamericanos de la generación anterior llamada precisamente, "La Generación Perdida"
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21 de agosto de 2015  • 00:59

Llamar a un grupo literario "generación" es fechar su desmembramiento. Hay varios ejemplos de disolución, como si al acotarla, sus integrantes se rebelaran. Sin embargo, las amistades artísticas son el motor de los movimientos culturales. Como si lo afectivo pusiera en marcha nuevas corrientes estéticas, alimentadas por la euforia del intercambio o los combates compartidos, y las vivencias comunes intensificaran las afinidades. Desde los enciclopedistas del siglo XVIII, hasta la Generación del 27, Bloomsbury en Inglaterra, el Realismo Mágico latinoamericano o la llamada Generación Beat en los Estados Unidos. De esta última acaba de publicarse un libro intenso, casi un manual de la existencia o un latido literario: La filosofía de la generación beat y otros escritos, de Jack Kerouac, con prefacio del poeta norteamericano Robert Creeley y traducido por Pablo Gianera (Editorial Caja Negra). Es una colección de ensayos y ficciones del "ángel profano" de la Generación Beat, autor de En el camino -casi una autobiografía generacional. Ya en esa novela publicada en 1957, se vislumbra un origen intenso y su consecuente dispersión. Un solo camino no alcanza para distintas vidas; a cada cual su extravío, atajo, desvío o detenimiento. En esa ruta iban varios: Allen Ginsberg, autor del "himno" o manifiesto generacional: Aullido (casi como lo fue El cuervo de Poe en otras épocas), William Burroughs, infectado de lenguaje, escritor compulsivo de novelas tremendas y geniales, como El almuerzo desnudo o Nova Express, Neal Cassady, entre otros. Parecían más extraviados que los escritores norteamericanos de la generación anterior llamada precisamente, "La Generación Perdida"; pero la perdición de los otros eran las dos Guerras Mundiales, mientras que la deriva de los beats, era muy distinta, en pleno macartismo, anticipaba el amor y paz de los hippies, sin avizorar la Guerra de Vietnam.

La Generación Perdida de los años 20 no creía en nada y se entregó a un cinismo sin límites y corrosivo. Esa generación conforma ahora una autoridad

En el luminoso y elocuente capítulo Corderos, no leones, Kerouac explicita las diferencias: "La Generación Perdida de los años 20 no creía en nada y se entregó a un cinismo sin límites y corrosivo. Esa generación conforma ahora una autoridad, una especie de tribunal que nos mira con desconfianza, por encima del hombro, a nosotros que perseguimos el swing -en la vida, en el arte, en todo, en la confesión de todo a todos. La Generación Perdida se olvidó de esto; la Beat empezó a recordarlo de nuevo." Lo que no se puede es olvidar a los escritores de la Generación Perdida: Fitzgerald, Dos Passos, Hemingway, Faulkner y Steinbeck…

En el ensayo Los orígenes de la generación beat, Kerouac establece una secuencia poética de referencias cinematográficas. Se remonta al "balbuceo sin sentido de los tres chiflados, los desvaríos de los Hermanos Marx (la ternura del Ángel Harpo y su arpa), el Conde Drácula que se estremece y sisea detrás de la Cruz, el Hombre Lobo de Londres, distinguido doctor de chaqueta de terciopelo, King Kong cuando mira enamorado a Fay Wray por la ventana del hotel, los tobillos de Joan Crawford en la niebla, la sonrisa puntual de Clark Gable…" Esta enumeración es propia de una generación marcada por coleccionar sonrisas y amenizar desgracias. Kerouac, gran lector, músico de jazz, viajero empedernido y bebedor, se surte de todo aquello que se le imprima en la memoria, como expansión de sentidos. Desde un beso hasta un libro de Celine, una botella de vino o un poema chino, las peleas con su hermano o sus discusiones con Cassady.

Sobre la escritura, hay varios ensayos, muy nutridos y estrepitosos. Fundamentos de la prosa espontánea trata de su propio invento o práctica. Así como se relaciona "la corriente de la conciencia" ( The stream of consciousness) con Virginia Woolf o James Joyce, a Kerouac se le otorga el beneficio de la prosa espontánea. Él mismo da cuenta de un esquema, un procedimiento, un timing, un estado mental. Dice, por ejemplo, "el lenguaje bocetado es un flujo imperturbable que emerge de la mente de ideas-palabras personales y secretas, una respiración, como el fraseo de un músico de jazz que se ocupa del objeto de las imágenes." En Credo y técnica de la prosa moderna propone algunos principios: "Sumiso a todo, abierto, atento" o "No emborracharse nunca fuera de casa", o "Amar la propia vida", o "algo que sientas va a encontrar su forma única" o "no darle a la poesía más tiempo que exactamente el que demande" o "Ser, como Proust, un viejo ebrio del té del tiempo". Y en Orígenes de la alegría en la poesía, apela a una nueva locura sagrada, próxima a Oriente y a escritores pasados como Li Po, Han Shan o William Blake.

Más que un profeta del camino, Kerouac fue, como él mismo definió la palabra beat: "un derrotado y a la vez colmado de una convicción muy intensa." Beatífico.

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