Alejandro Zambra. "Hay que recuperar esa risa que no se opone a lo serio, sino que lo legitima"

Alejandro Zambra
Alejandro Zambra Crédito: Alma Rodríguez Ayala/El Universal
Invitado al Filba virtual y con flamante libro bajo el brazo, el escritor chileno reivindica la fuerza creativa del lenguaje, no teme a los medios digitales y dice que la poesía es parte de la identidad de su país
Verónica Boix
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10 de octubre de 2020  • 00:00

El escritor chileno Alejandro Zambra es poeta antes que ninguna otra cosa. No solo sus dos primeros libros, Bahía inútil y Mudanza, son de poemas, sino que también se las ingenia para traficar poesía en toda su narrativa. Alcanza con leer Bonsái, una novela experimental en la que resuena la condensación del haiku, para entender la potencia lírica de su escritura. La vida privada de los árboles y Formas de volver a casa lo confirman: las frases de Zambra encuentran una voz propia capaz de volver literario cualquier lenguaje.

Zambra, uno de los invitados internacionales al Filba virtual (que se extenderá del 16 al 24 de octubre), por estos días está publicando su quinta novela, Poeta chileno. Se trata de una suerte de historia total que habla de la paternidad, el amor, los roles familiares y, al mismo tiempo, traza un mapa de la poesía chilena.

¿Podría decirse que, a diferencia de Bonsái, Poeta chileno muestra otra dimensión de la felicidad cotidiana?

Me cuesta comparar esta novela con Bonsái, porque hay quince años de diferencia entre una y otra, pero igual se parecen un poco. Y sí, me gusta pensar que Poeta chileno es una novela sobre la felicidad, sobre los vaivenes de la felicidad. Sobre todos esos temas que los escritores callamos en las entrevistas para que no nos crean estúpidos: la felicidad, la ternura, la alegría, el compañerismo.

¿Encontraste en el humor del narrador un modo de explorar esos temas?

Yo diría que es una novela tan triste como cómica, pero no me hagas demasiado caso, yo solamente la escribí... Siempre tengo la sensación de que mis personajes, si pudieran reclamar, pedirían un narrador más indulgente. Alguien que al menos los maquillara un poco antes de empujarlos al escenario. Buena parte de los personajes de este libro son poetas que no leen novelas; quizás por eso de todos mis libros es por lejos el que más parece una novela. Y está ese verso de Nicanor Parra, "la verdadera seriedad es cómica", revoloteando por ahí. Me interesa esa risa que acompaña a la seriedad. Recuperarla, digo: la risa que no se opone a lo serio, sino que más bien lo legitima, pero igual estamos acostumbrados a espantarla, como a las moscas. Si el cero es el silencio y el diez el sarcasmo, quería moverme en todo ese espectro, ir del cero al diez pero saltando del siete al dos, del tres al nueve, y así. Y me interesaba mucho el uno también, por supuesto. Porque al hablar ya diste un paso, ya hay humor, incluso si hablas sobre lo más horrible, hay una distancia mínima que te separa del silencio. Una gigantesca distancia mínima.

Una escena podría condensar esa idea: el nene le pide al padrastro que le cuente un chiste, y él empieza por una frase graciosa que termina como un cuento precioso sobre dos solitarios.

¡Gracias! Yo pensaba en el aquí y ahora del relato, en ese placer. Cuando el monólogo se alimenta de preguntas o frases del destinatario ya es diálogo, ya es baile, ya es algo colectivo, y casi no te diste cuenta. Pensaba también en esos vínculos de madrastría o padrastría. El padrastro o la madrastra se encuentran con la paternidad por casualidad, casi siempre como un problema. Te enamoras de alguien que tiene un hijo y empiezas a cumplir una función, la función-padre, y todo parece unilateral hasta que descubres que no solo tú estás siendo generoso. No solo tú has decidido ser padre; el niño, a su manera, ha decidido que seas su padre. Y ser él tu hijo.

Hay una búsqueda interesante alrededor de la palabra "padrastro".

Gonzalo se enoja con el diccionario, recibe toda la carga peyorativa de la palabra "padrastro" como si le estuviera destinada desde siempre. Pero él comparte esos prejuicios, tampoco confía en otros padrastros, comprende que sean los malos de la película. Padrastros y madrastras parten perdiendo en la batalla de la legitimidad. Me interesaba ese lugar deslegitimado que de algún modo representa, en general, la situación masculina.

¿En qué sentido?

Todas las discusiones actuales son, de algún modo, discusiones de legitimidad. Los varones pertenecemos al género al que no hay que defender. No nos resulta natural defendernos los unos a los otros. Nunca estuvimos obligados a pensarnos como género y por lo tanto nos cuesta construir compañerismo o reformular lo que tradicionalmente hemos comprendido como compañerismo. Estamos acostumbrados a competir, nuestras relaciones siguen siendo brutalmente competitivas. Gonzalo no siente que tenga o que pueda defender a su abuelo. La sola idea de compararse con él le parece espantosa. Por eso le duele, hacia el final, cuando recuerda una frase de su abuelo y está a punto de decírsela a Vicente. No la dice, pero la sola posibilidad de decirla se le hace muy amarga.

¿Cómo trabajaste la voz del narrador?

Creo que el narrador habla como yo hablo, o como yo hablaría si alguien me editara los balbuceos. Aunque después de cuatro años en México he empezado a hablar distinto, de todos mis narradores este es el que suena más chileno. Creo que eso tiene que ver, también, con la distancia. Escribí esta novela lejos de mi habla, y el habla propia se hace más evidente cuando empiezas a perderla. La escribí en un cuartito en la azotea que por broma llamaba Chile, incluso mi hijo solía preguntarme si había ido a Chile en la mañana. En el fondo escribir esta novela se transformó en eso, ir a Chile cuatro o cinco horas cada mañana.

La identidad ronda todas las historias.

Desde el título, que es bien idiota pero me gusta. Así quedó, juega un poco con la idea de marca o de hashtag. También me gusta que los protagonistas sean dos y el título esté en singular. Ahí verá el lector cuál es el poeta chileno, si es que hay alguno... Me animaba, mientras escribía esta novela, la pregunta por lo nacional. De qué manera lo nacional sobrevuela tu vida, tus decisiones concretas. Nos criamos con ese mito de la poesía chilena. Cualquier chileno te diría que tenemos muy buena poesía, incluso si nunca leyó un poema, en parte por el triunfalismo de los dos premios Nobel y también porque en Chile todo se llama Neruda o Mistral. No solamente el pasaje o la población donde vives; también el pisco, la botillería, el hotel, la escuela, la universidad, la junta de vecinos, qué sé yo. En la literatura chilena hay una cantidad enorme de novelas con protagonistas poetas. Buenas y malas. Películas, también. El poeta es casi un personaje dado, ya hecho, que ha gravitado en el imaginario chileno y canalizado nuestros prejuicios y nuestras búsquedas.

¿Gonzalo y Vicente encarnan dos posturas frente a eso?

Vicente es menos fantasioso, creo yo. Me gusta su aterrizaje en la poesía, que es muy concreto. No le interesan los libros, empieza a juntarlos para restituir lo que se llevó su padrastro. De pronto lee un poema de Gonzalo Millán, no lo entiende y tiempo después vuelve a leerlo y quizás tampoco lo entiende pero le gusta: yo me he fijado en esto, piensa, yo he visto una arveja solitaria en el refri y me he quedado pensando en ella, y resulta que hay un señor que se dedica a escribir sobre eso y eso que escribe se llama poesía. El vínculo de Gonzalo con la poesía chilena está mucho más empantanado en lo nacional, mucho más influido por el mito del poeta chileno, por la idea de canon, de triunfo. Ahí hay algo difícil de leer y muy interesante de discutir. Las biografías de Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Nicanor Parra y muchos poetas chilenos relevantes son historias de ascenso social, por supuesto excepcionales. Pero si las consideras en conjunto puedes llegar a la falsa conclusión de que en Chile era posible o fácil ser poeta, de que Chile era un país justo, donde cualquiera podía surgir gracias a su talento. Por supuesto que no es así, nunca ha sido así, más allá de esas espectaculares excepciones. Tal vez por eso mismo un adolescente como yo a los 14 años, que vivía en la periferia de Santiago y que en el mejor de los casos sería de los primeros de su familia en llegar a la universidad, consideraba verosímil o razonable ser poeta.No me parecía tan fantasioso. Lo era, por supuesto, pero me sonaba casi razonable.

¿Cómo pensás que se formó ese horizonte?

Hay tantas respuestas como poetas, como obras. Me gusta mucho la historia de Gabriela Mistral, por ejemplo, ganando los juegos literarios de la Municipalidad de Santiago, en 1914. Era un certamen de la aristocracia y para la aristocracia, participaban tradicionalmente hombres y el ganador debía elegir, de entre un selecto ramillete de muchachas de la alta sociedad, a la reina de la primavera. Es una historia hermosa, dime que no. Todos esos poetas aristócratas, entre ellos un Vicente Huidobro recién salido de la pubertad, concursando con sus poemas convencionales, y llega Gabriela Mistral con Sonetos de la muerte, una poesía telúrica, compleja, terrible, nueva... Y la diferencia es tan evidente que por una vez hubo justicia literaria. No sé, un hecho como ese, aunque tan lejano, de 1914, influye en nuestra idea de la poesía. ¿Cómo era ese país de hace cien años donde existía una poeta como ella? ¿Qué clase de historias genera una historia como esa?

¿Y qué respuesta encontrás?

Creo que elegimos la parte de la tradición que nos incluía, o que no nos rechazaba de antemano, tal vez la única que no nos rechazaba de antemano. La poesía pertenecía a un puñado de gente obsesiva y voluntariosa que no había nacido en cuna de oro. Gente a la que ya nos parecíamos y queríamos parecernos todavía más. En el disco duro de la poesía chilena ya venía instalada la antipoesía y la anti-antipoesía. Nicanor Parra escribía memes en 1970 y por supuesto se discutía si eso era o no poesía, ¡pero en 1970! Entonces, a comienzos de los años noventa, por ejemplo, era una locura y una bendición que un libro tan raro como La nueva novela, de Juan Luis Martínez, fuera considerado poesía. Los poetas estaban a la mano, era posible encontrarse en la calle o en un bar con Gonzalo Millán, con Raúl Zurita, con Stella Díaz Varín, con Jorge Teillier. Circulaban por la misma ciudad, por los mismos barrios que nosotros. Podías ir a una lectura de Gonzalo Rojas y por la noche a un recital de Mauricio Redolés. Quizá por ignorancia, creíamos a la narrativa ajena, aunque por supuesto leíamos a Cortázar, como todo el mundo. Los narradores nos parecían más cuicos y más lejanos y su oficio más fome. A mí no se me pasaba por la cabeza escribir una novela. Mucho rato sentado, mucho escritorio.

En tus personajes poetas también aparece una dimensión heroica, como pasa en Los detectives salvajes de Roberto Bolaño.

Me encanta esa novela, leerla fue importante. Creo que incluso contribuyó a construir una comunidad, porque la leímos al mismo tiempo varios amigos, pese a que en aquel momento ninguno de nosotros solía leer novelas contemporáneas. En ese tiempo yo leía prosa, pero nunca novelas recientes. Solamente la poesía me interesaba entera, desde la antigüedad hasta el poema que acababa de escribir mi compañero de banco. Creo que siempre fui mejor contando historias que escribiendo poemas, pero la poesía estaba ligada, para mí, al deseo, a una búsqueda verdadera, absoluta. Y claro, a un heroísmo callado, no evidente, discutible. Por eso me interesó el cruce entre padrastro y poeta. No son papeles o condiciones en principio comparables, pero me gustaba hacerlas chocar o confluir. En la decisión de criar a un hijo ajeno hay mucha más valentía que en la famosa lucha contra la página en blanco, por supuesto.

¿Cómo experimentás la virtualización creciente de la lectura?

Prefiero los libros, pero crecí leyendo focotopias y me parece natural que ahora se lea en PDF u otros formatos, con lo caros que son los libros, sobre todo en países como Chile. Que alguien fotocopie un libro mío debería molestarme, pero al contrario, me parece emocionante. Cada cual lee como puede, seguro que todos preferirían tener los libros. Igual no creo que la literatura rivalice tanto con la pantalla, ni en poesía ni en prosa. La primera vez que me conecté a internet, creo que en 1995 (fui prematuro, porque mi papá trabajaba con computadoras), busqué poesía en inglés y fue una experiencia alucinante, marcadora. Toda esta onda actual con las lecturas en voz alta, el auge de los audiobooks, los podcasts, todo eso me interesa, me gusta mucho.

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