Anna Pagés. "La radicalización te convierte en el otro, no te construye a ti mismo"

La pensadora catalana dice que, más allá de las demandas puntuales, el feminismo tendría que fomentar un discurso flexible, capaz de ser una alternativa a la polarización que crece en el mundo
Diana Fernández Irusta
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1 de febrero de 2020  

Anna Pagés
Anna Pagés Crédito: Victoria Gesualdi/AFV

Son muchos los pasajes que hacen de El banquete de Platón una de las obras más conocidas de la Antigüedad. Pero la investigadora Anna Pagés (Barcelona, 1965) puso toda su atención en uno en particular: el momento en que Sócrates cita con respeto las palabras de Diotima, una mujer. En Cenar con Diotima. Filosofía y feminidad (Herder), Pagés explica que la mención a Diotima encierra algo más que un simple recurso dramático: por un lado, demuestra que, incluso en una época donde las mujeres tenían vedado el acceso al discurso público, la palabra femenina encontraba resquicios para circular. Por el otro, daría pistas para considerar la existencia de un tipo de pensamiento alternativo, no consagrado y atento a los matices y detalles, al que califica como "femenino". En este sentido, señala: "Yo reformularía la pregunta ?¿qué quieren las mujeres?' para preguntar, más bien, ?¿cómo piensan las mujeres y de qué manera pueden enseñar a pensar de otra forma?'".

Doctora en Ciencias de la Educación por la Universidad Autónoma de Barcelona, y autora de artículos y libros donde reflexiona sobre conceptos filosóficos y transmisión cultural, Pagés comenta que Cenar con Diotima es el primer trabajo que dedica al universo del feminismo. En el libro enlaza las evanescentes voces femeninas de los textos de Platón con las de Julia Kristeva, Virginia Woolf, Siri Hustvedt, Lou Salomé o Simone de Beauvoir, entre otras. "Hay que buscar nuevas metáforas", dice, convencida de que pensar es, también, escribir. Respecto de movimientos como el #MeToo, sostiene que hay que intentar avanzar más allá de la denuncia o la polarización: "La radicalización de posiciones hace que te conviertas en el otro, pero que no te construyas a ti mismo", afirma.

¿Cómo se acercó a la reflexión feminista?

Cuando leí El banquete a los veinte años, me pareció muy interesante, porque aparecía la figura de una mujer. En la mayoría de las lecturas filosóficas que yo hacía esto no surgía de ninguna manera. Además, Diotima era representada como un sujeto de supuesto saber. Una sabia. Alguien que interrogaba a Sócrates, que discutía con el mismo Sócrates. En 2005, con financiamiento del Instituto Catalán de la Mujer, participé en una investigación que se llamó "Proyecto Diotima. Miradas al saber, enigmas del mundo". Hicimos entrevistas a catedráticos y profesores universitarios, de todos los niveles de la jerarquía académica, sobre las mujeres y la filosofía, qué pasaba con las mujeres en la filosofía, o por qué estaban tan poco representadas. Lo que nos encontramos fue que la mayoría de los profesores no era capaz de decir nada sobre este tema. Es decir, ellos eran los filósofos que podrían preguntarse por la belleza, el bien, la justicia, pero no podían plantearse una pregunta a propósito de lo femenino en su campo.

¿Parte de la tarea del feminismo es recuperar discursos que permanecieron ocultos?

Sí, voces que no han entrado en la tradición filosófica. Un patrimonio escondido, olvidado, de pensadoras que han existido desde la filosofía antigua. Por ejemplo, hay un grupo en la universidad de Barcelona que se dedica a recuperar las obras de las pitagóricas.

Pienso en algunos textos de Schopenhauer o Nietzsche, tan misóginos que hasta resultan risibles.

Es que es risible, lo es.

¿Qué le ocurría cuando era estudiante y se encontraba con estas lecturas?

Hay un texto de Nietzsche que se llama Sobre el porvenir de nuestras escuelas, que es de 1872, donde dice que una cosa es enseñar filosofía, y otra cosa es producir o hacer filosofía. Sospecho que muchas veces se enseña filosofía, pero no siempre se piensa. Nietzsche tuvo una historia con Lou Andreas Salomé, que fue una de las figuras más interesantes de su época, una mujer libre, que vivió su vida, que nunca quiso casarse, en el sentido metafórico, con nadie ni con nada, y Nietzsche, en ese punto... Hay cierto miedo de los hombres a las mujeres filósofas.

¿También actualmente?

Lo veo actuar hoy, algunos de mis colegas no escuchan. Es cierto que el mundo académico siempre ha sido un mundo cerrado sobre sí mismo, un poco parapetado en sus propias certezas, pero me ha pasado muchas veces ir a una jornada, hacer la presentación de un trabajo, y que los hombres que están ahí no me pregunten nada. O que, cuando intervienen, sea para, a propósito de mi trabajo, contar algo que ellos saben. Es muy difícil conversar. Por eso creo que es necesario encontrar nuevas palabras. Para nombrar un patrimonio nuevo y en cierto modo construido desde lo que vamos rescatando del pasado, y para hablar con los otros, con los hombres, de una manera en la que realmente pueda haber una escucha, una dialéctica, una relación.

¿Habla de romper con un universal que nos abarca a todos?

A ver, el tema de El banquete es el amor: un grupo de hombres se reúne en casa de uno de ellos para conversar, y cuando le llega el turno, Sócrates decide no beber y despedir a la flautista, que era como la prostituta de la época, y hablar sobre el amor. Empiezan a hablar, encantados. Cuando le llega el turno, Sócrates dice que él no sabe nada del amor. Hasta aquí, todo normal; Sócrates arrancaba siempre así. Pero dice: "Todo lo que sé del amor me lo enseñó Diotima de Mantinea", una extranjera, alguien que no era ateniense, una mujer que está por fuera de la escena principal. Sócrates cuenta que le dice a Diotima: "Todo el mundo sabe que el amor es un gran dios", o sea habla desde la absolutización del término y el concepto, algo muy frecuente en la filosofía clásica. Diotima le contesta: "Cuando dices todos, ¿quiénes son esos todos? ¿Son todos los que saben o también los que no saben?". Sócrates dice: "Todos quiere decir todos", y Diotima le contesta: "Pues no es así, porque no todos creen que el amor es un gran dios". Él le pregunta quiénes son esos, y ella dice: "La excepción. Uno eres tú, y otra soy yo". O sea que Diotima plantea la cuestión de que algo que las mujeres podemos hacer es pensar en el "quiénes", establecer una conversación singular. Por eso yo reformularía la pregunta "¿qué quieren las mujeres?", para preguntar cómo piensan las mujeres, y de qué manera las mujeres pueden enseñar a pensar de otra forma en un mundo que rechaza pensar.

¿Qué formas adquiere ese tipo de pensamiento?

Hélène Cixous, una escritora francesa maravillosa, dice que escribe "con una voz pequeña". María Zambrano, cuando habla de El banquete, dice que Diotima, susurrando, se acerca a la tierra. Son formas de describir esta posición excéntrica de las mujeres; lo que hacemos es buscar un desvío o un atajo, nuestro propio circuito. Creo que explorar esta posibilidad es interesante. Porque si no, nos vemos muy a menudo confrontadas a la absolutización de lo humano del discurso masculinizado, o la masculinización de la palabra: una palabra hierática, sin dinámica. Hablo de feminidad, pero no como esencia o a priori, sino como una cosa no fijada, que circula más o menos en desbandada.

¿Qué piensa de movimientos como el #MeToo?

El abuso de poder que se ha ejercido de forma más o menos "natural" ahora se pone de manifiesto. Pero no es suficiente denunciar, hay que poder articular algo de lo que está en juego en todo esto. La cuestión de la seducción está en juego. Las mujeres deberíamos poder también dar cuenta de qué pasa con la seducción, con el juego de seducción.

Digamos que el poder siempre está ahí.

El problema de nuestra época es también un problema relativo al amor. Tú puedes explicar qué es el deseo, qué es un abuso de poder, pero el amor es una experiencia que no tiene antecedentes ni consecuencias; es algo que está en un intermedio. Algo que nunca se termina de definir del todo, una exploración de terreno desconocido. La relación con el otro siempre tiene algo de eso. Pero en un mundo donde todo se tiene o se aspira a tenerlo todo, donde no hay falta, es complicado hablar del amor.

En relación con los límites a la palabra femenina, la historiadora Mary Beard sostiene que la violencia en las redes tiene un fuerte componente de misoginia.

Las redes sociales son un caso aparte, que afecta a todos. Un uso de la palabra contra el otro, que está generalizado, contra quien sea.

En su libro considera los aportes de filósofas tanto como los de escritoras. ¿Por qué?

No quería entrar en un esencialismo de la feminidad. Por eso opté por las historias de vida, historias de mujeres. En un capítulo hablo de dos mujeres que viven con grandes intelectuales y ellas también lo son. Un caso es el de Julia Kristeva y Philippe Sollers, en Francia, que escribieron un libro divertido, que se llama Del matrimonio como una de las bellas artes. Y la historia de Siri Hustvedt y Paul Auster, que es otra modalidad. Siri cuenta cómo ella intentaba comportarse como un hombre para entrar en el mundo académico. Luego, con la construcción de su propio estilo de escritura, va encontrando sus propias palabras, y va apareciendo ella misma, Creo que uno de los retos fundamentales para el feminismo es encontrar las palabras que nos representen.

¿No es algo que tenga que ver con el lenguaje inclusivo?

No, lo pienso desde lo literario. Por eso me interesé en mujeres que escriben, en la escritura femenina, como un modo de utilizar otras palabras. Dice Cixous que con el relato propio se puede construir otro lenguaje, incluso desde el neologismo. Decimos "alzar nuestra voz" como metáfora para describir nuestra experiencia, pero seguramente habrá otras; hay que buscar nuevas metáforas. Pluralizar, entrar en la polisemia en lugar de insistir en la categorización. Hay que pensar, hay que escribir.

¿Cómo interactuar con lo políticamente correcto?

Es un empobrecimiento de la experiencia, es otra cosa. Las mujeres escribimos filosofía y literatura de una manera distinta de lo hombres. Si tomas a las grandes autoras de la literatura que han escrito su historia, lo que descubres es que ellas encuentran un lenguaje. Eso no lo puede dar lo políticamente correcto. Yo lo que defiendo es el matiz, el pequeño detalle, la forma del arte, del relato, la literatura, buscar palabras nuevas, articularlas, engarzar algo diferente.

¿Cómo defender los matices en una época donde, a nivel global, avanzan los discursos radicalizados?

Esto no es independiente de la reivindicación. La reivindicación social, política, por una mayor justicia y la lucha por los derechos están al lado de esto. Pero si solamente nos centramos en la reivindicación, y nada más, vamos a caer de nuevo en la categorización. La radicalización de posiciones hace que te conviertas en el otro, pero no que te construyas a ti mismo. Si nosotras realmente queremos hacer una contribución a lo humano, necesitamos ir a buscar otros aspectos . El desvío, la ironía, el detalle en el que nadie se ha fijado. Para darle la vuelta a algo o revertirlo, necesitas ingenio. Las mujeres siempre hemos sido muy ingeniosas, nos la hemos apañado; reivindiquemos también esa capacidad.

¿Cuál sería el lugar de las nuevas maternidades en todo esto?

Hoy hay muchos modos de llegar a la maternidad. La cuestión es cómo se puede pensar la experiencia de la maternidad. Y si la filosofía puede ayudar a pensarlo. Deborah Levy tiene un libro, una autobiografia, Cosas que no quiero saber, y allí cuenta que cuando era madre y sus hijos eran pequeños, iba al parque y se encontraba con otras madres. Y escuchaba las palabrejas que usaban las otras madres: corazoncito, cariñito mío. Ella dice que le parecía parte de un idioma extranjero, nunca entró en ese tipo de dinámica. Pero la perplejidad que vivía siendo madre le permitió elaborar otras cosas. Por eso, no hay que dar nada por supuesto; mejor olvidarse de que la maternidad es esto o aquello, los feminismos son esto o aquello. Introduzcamos el "quiénes" de Diotima para circular de otra manera. Seguramente tendremos sorpresas interesantes.

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