Éric Laurent. "Esta es la época de los líderes autoritarios e inconsistentes"

Fernando García
Fernando García PARA LA NACION
El psicoanalista francés señala la dificultad de ordenar un mundo donde prevalecen dirigentes como Trump o Putin, y movimientos sociales carentes de conducción visible, como los "chalecos amarillos"
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21 de diciembre de 2019  

Éric Laurent
Éric Laurent Crédito: PATRICIO PIDAL/AFV

El piso 16 del Hotel Panamericano tiene vista al gigantesco rostro de Evita esculpido por Alejandro Marmo con diseño de Daniel Santoro. En línea recta a la escultura de acero se ubica Éric Laurent, uno de los psicoanalistas lacanianos con mayor prestigio en el mundo. En el salón dispuesto para la entrevista se escucha un leve fondo musical de canciones de amor de los Bee Gees. Como un rumor fantásmatico, ese sonido acompañará las reflexiones del psicoanalista, expresadas en un impecable castellano apenas contaminado por el acento francés. Laurent, que fue discípulo de Lacan en los años 70, pasó por Buenos Aires para participar de las XXVIII jornadas de la EOL (Escuela de Orientación Lacaniana), y recibió el título de doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional de Córdoba. Lejos de cualquier hermetismo, toma postura sobre el mundo complejo en el que nos toca vivir donde, asegura, "todos estamos más o menos perdidos". De los "chalecos amarillos" a Trump, Picasso y el movimiento #MeToo, Laurent establece un diagnóstico en el que no pierde oportunidad para remarcar la vigencia del pensamiento lacaniano, que considera "pertinente" para explicar el mundo de hoy.

En una conferencia reciente en Río de Janeiro usted relacionó a las comunidades LGTBQ con movimientos como los Indignados y Occupy Wall Street. ¿Qué tienen en común?

A nivel más evidente, lo que tienen en común es la protesta contra el estado actual de la civilización. Se podría describir en los términos clásicos del Freud de El malestar de la cultura. En el caso de los Indignados, se protesta por el estatuto precario que toma toda identidad en el mundo hoy; los jóvenes viven hundidos en un futuro incierto. Se podría, asimismo, describir a las comunidades LGTBQ como una protesta contra lo que los teóricos de género describen como una sociedad ordenada por estándares heterosexuados, algo que afecta formas de gozar que no se inscriben en ese orden descripto a grandes rasgos como patriarcado. En ambos casos, se protesta contra las exigencias de un orden económico que dice: "adáptense a lo que hay".

¿Habla del neoliberalismo?

Neoliberalismo es una palabra que se ha utilizado de manera muy amplia en América Latina. No estoy tan seguro de que el neoliberalismo sea uno solo. Creo que hay múltiples liberalismos, que pueden o no ser "neo". Pero se podría decir que, frente estos diversos capitalismos, hay un elemento en común que es la introducción de una precariedad que no teníamos en la época del fordismo. La financiarización y la digitalización de la economía global producen una "uberización": cada persona se convierte en el peón de una maquinaria digital que asigna tareas efímeras.

¿A los "chalecos amarillos" los pondría en ese lugar?

Los "chalecos amarillos" representan un problema más complicado. Por un lado, la composición social de ese grupo tiene que ver con emprendores solitarios, tomados por la "ubereconomía". Por otro lado, hay un fenómeno nuevo: mujeres muy mal consideradas por esta economía precaria, implicadas en tareas sin reconocimiento social ni organización. Había una necesidad de encontrarse para tener lazos de solidaridad que habían desaparecido. Estas personas generaron un acontecimiento político sin tener ninguna representación política; los sindicatos tradicionales no fueron hechos para esto. La política, a nivel de los partidos, tampoco.

¿Cómo llega esta uberización de la vida a la terapia?

Se capta mucho el sentimiento de precariedad. Lacan hablaba de "ser nombrado" a una asignación social, una identidad. Esto es diferente de la sensación de no tener identidad o, como mucho, de tener una identidad precaria. Zygmunt Bauman calificó este estado de cosas como una atmósfera líquida, término que tomó de Marx, cuando decía que el capitalismo transformaba todo en una cosa gaseosa. Esto se nota en los lazos amorosos afectados por lo que el sociólogo del trabajo David Graeber definió como bullshitjobs (trabajos despreciables), gente que hace trabajos que no significan nada para ella.

¿Cómo puede explicar desde el psicoanálisis la preferencia global por líderes autócratas?

Estos líderes plantean al psicoanálisis un problema crucial. Si pensamos la situación actual con las categorías que utilizaba Freud en 1930, creo que se produce un aplastamiento erróneo. Trump no es Hitler; Salvini no es Mussolini. La idea de que estamos ante una repetición de los años 30 impide pensar lo nuevo. En el siglo XXI no estamos en la civilización que conoció Freud. No estamos ante el surgimiento de aquellos padres- monstruos, devoradores. Con Hitler o Musssolini las cosas eran de una sola manera, había una doctrina; con sujetos como Trump, no aparece el paranoico modélico que fue Stalin, que podía tener convicciones. Trump puede decir una cosa, anularla, decir lo contrario, todo en una misma emisión televisiva. Su narcisismo es tan patológico como inconsistente. Ni siquiera Putin tiene una doctrina demasiado consistente. Esta es la característica de los líderes fuertes de la permisiva época actual. En la cual, como dijo Lacan, hemos pasado de un superyó de interdicción a otro de gozar. El grito del superyó contemporáneo es: "¡goza más!". La figura del padre en nuestra civilización es la de aquel que, a la vez, autoriza y prohíbe. Cualquier persona que se proponga prohibir este imperativo de gozar entra en oposición. No se la tolera más.

¿Cuál es la raíz de este imperativo al goce?

La raíz es, precisamente, el fin del patriarcado. Hoy no se hace escuchar ninguna voz que pueda ordenar al mundo. Es por eso que, en este fin de la aventura del patriarcado, vemos surgir líderes autoritarios que, por su misma inconsistencia, no están para restablecer la nostalgia de esa autoridad perdida. Convivimos con líderes populistas que tienen una consistencia extraña, y con la multiplicación de movimientos sin líderes: Hong Kong, "chalecos amarillos", Chile.

En los últimos años apareció el movimiento #MeToo en Estados Unidos, al que se opusieron reconocidas mujeres francesas con un manifiesto. ¿Se trata del enfrentamiento entre una sociedad moralista y otra más liberal?

No considero al movimiento #MeToo de esa manera. Los franceses han reaccionado en contra porque creen que, al haber inventado la galanterie en el siglo XVIII, no hay por qué innovar en la relación entre los sexos. #MeToo es una forma de ir más allá de la galanterie; es una forma de reconsiderar lo que es una violación. Esto llegó a Francia con la denuncia de la actriz Adèle Haenel, que reveló que un director de cine había abusado de ella cuando tenía doce o trece años. Lo que empezó en Estados Unidos se está desarrollando ahora de manera muy interesante en Francia, España e Italia. Ya es una característica de la manera en que las mujeres toman la palabra en el espacio político común.

Hubo casos en que estas denuncias llevaron a impugnar la obra de los artistas puestos en cuestión. No solo de nuestra época, sino también del pasado. Por ejemplo, se discute si está bien exhibir a Gauguin, por sus relaciones con niñas en Tahití. ¿Hay que sacarlo de los museos?

Seguramente no, porque si se empieza así, habría que sacar todas las obras de los grandes pintores. Lo que hacía Gauguin era conocido. Del mismo modo, sabemos que la vida de Picasso fue horrible. Lo que les hizo pasar a las mujeres de su vida y a los hijos que tuvo con ellas fue horrible.

Pero la obra...

Finalmente, todo esto lleva a considerar que la actividad de los pintores de mirar mujeres desnudas todo el día era bastante extraña. Ahora hay una exposición de Degas, un artista de quien se decía que era el "pintor de la ópera". ¿Qué era la ópera en su época? Era el lugar donde los tipos ricos iban a buscar jovencitas para tener sexo. Degas pasó su vida mirando a esas jovencitas. No hay constancia de se haya acostado con ellas, pero participaba de algo que la moral pública sancionaría hoy. Si se moralizan los museos, muy pronto no quedaría nada.

Parece algo propio de un rebrote victoriano.

No calificaría a este mundo como victoriano, cuando toda la pornografía posible es accesible en tres plataformas gratuitas que tienen cientos de millones de clics cotidianos. Tenemos, al mismo tiempo, una voluntad de moralización y un consumo de pornografía generalizado. Esto produce un nuevo malestar en nuestra civilización. Un artículo de The Atlantic explica que, precisamente, en la época de Tinder y todas las plataformas de citas y la pornografía generalizada, los estadounidenses tienen menos relaciones sexuales que hace veinte años. Es enorme la complejidad de esta época.

¿En este contexto, las categorías de Freud y Lacan se volvieron obsoletas?

No, yo diría que lo que se volvió obsoleto es la idea del complejo de Edipo de Freud, que ya Lacan demostró que no servía más. La construcción de Lacan, en cambio, me parece perfectamente pertinente para pensar nuestro mundo.

En Serotonina, la última novela de Michel Houellebecq, el personaje central es un europeo de clase media alta que vive medicado y deprimido. ¿Occidente vive sobremedicado?

Houellebecq inventó una manera de escribir sobre el antihéroe de la época, esta figura del hombre sin deseo que vive entre la pornografía y las exigencias de las mujeres contemporáneas, con total desinterés por cualquier tipo de trabajo. Con Serotonina muestra cómo los fármacos están al alcance del hombre para curar su malestar con el deseo. No es una solución, sino apenas un recurso? Se cantaron alabanzas al Prozac durante diez años, y ahora, treinta años después y con una medicación masiva, vemos que el recurso es útil pero no alcanza. Lo que hay de dañado en la forma del deseo del sujeto contemporáneo no se soluciona solo con fármacos.

La idea de género está en crisis. ¿Se puede ser no binario [no autopercibirse ni varón ni mujer]?

Sin duda. Esa fue una de las ideas de Lacan, que estaba en contra del libro de Simone de Beauvoir que, para hablar de las mujeres, se refería al "segundo sexo". Lacan decía que no, que el sexo está del lado de las mujeres. En este sentido, la orientación lacaniana es de unarismo en la cuestión sexual. Hay que considerar la experiencia del encuentro del sujeto postpatriarcal con el sexo más vinculada con la experiencia sexual de las mujeres. Implica liberarse del binarismo, porque del lado de los hombres está lo que Lacan llamó el "obstáculo fálico". Para decirlo de manera brutal, los hombres no tienen la experiencia del sexo, sino la del órgano. En la mujer, por el contrario, hay una deslocalización del sexo.

Muchas mujeres llevan adelante embarazos no tradicionales. ¿Esto puede desarrollar en el futuro una subjetividad que esté por fuera del horizonte psicoanalítico?

La idea de familia no está en absoluto quebrada, estamos en la era del casamiento para todos. Es al revés. Todo el mundo quiere casarse, todo el mundo quiere tener familia. Los movimientos LGTBQ reivindican la posibilidad de tener familia a pesar de no llevar una vida heteronormada. Esta época nos llena de preguntas. ¿Qué es una familia? ¿Qué es el padre? Todo se ha reorganizado a partir de experiencias que no son heteronormativas. La experiencia subjetiva es cómo vivirse como padre, madre, hijo en un mundo donde no hay más el mismo tipo de jerarquización sexual. Esto plantea al sujeto preguntas muy interesantes.

¿Las neurociencias han puesto en jaque al psicoanálisis?

Cuando las neurociencias descubren cosas útiles sobre el funcionamiento del cerebro son una excelente noticia. Pero no lo son cuando se deduce de esos avances la capacidad de modificar las conductas humanas. A los consultorios de los analistas llegan sujetos que han pasado por terapias conductistas que no funcionaron para ellos. Como también hay sujetos para quienes el psicoanálisis no ha sido satisfactorio, y prefieren sesiones conductistas. Es otra parte de los recursos del sujeto contemporáneo. Tenemos suficiente malestar en nuestro mundo como para no intentar ser útiles, desde diversas prácticas, a los sujetos que se encuentran perdidos, que en un cierto nivel somos todos.

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