
Bioy, un degustador de la vida
Silvia Hopenhayn Para LA NACION
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Hay un libro tan extraño como delicioso de un escritor argentino que se autodenominó vizconde, titulado De la elegancia mientras se duerme . Emilio Lascano Tegui (1887-1966), su autor, decía ser hijo de Rubén Darío, y fue amigo de Apollinaire y Picasso.
Se trata de una novela episódica (o espasmódica) con pretensión de diario personal, que trascurre en la lujuriosa Francia del siglo XIX. A medida que avanza el deambular de su narrador, bucólico y transgresor, se va convirtiendo en la crónica de un asesino. Este compendio de veleidades juega con la risueña pretensión del título. Como si la elegancia fuera una forma de mitigar las pesadillas.
Con su peculiar estetización de los actos malevos y sentimentales, Adolfo Bioy Casares es un escritor de la elegancia. Esto no quiere decir que su prosa sea formal y desabrida. Todo lo contrario. Se trata de la elegancia no tanto del refinamiento sino de la tentativa de ser feliz a través del desparpajo de la inteligencia. Su voz, tenue, parecía reír cada vez que hallaba un verbo afable o un adjetivo revoltoso. Y eso lo llevo a escribir su Diccionario del argentino exquisito , con más de 400 definiciones escogidas por el paladar de su pronunciación.
El año de la muerte de Bioy Casares coincidió con la publicación del pequeño libro De las cosas maravillosas , que ahora vuelve a aparecer en Emecé. Las seis breves disquisiciones que lo integran confirman la forma de vivir plena de deseo propia de Bioy.
En "Repercusiones del amor" reivindica con picardía a todos aquellos que rodean a los novios (padres, hermanos, amigos, etcétera) en tanto víctimas del amor que los excluye de pronto de la vida en común. Para colmo, "a causa del divorcio y los nuevos casamientos, la persona extraña cambia sucesivamente de cara". Los asemeja a los actores de reparto, "al fin y al cabo los actores de reparto suelen ser mejores que los protagonistas."
"Las mujeres en mis libros y en mi vida" es un esbozo de un diario íntimo, con el tufillo de libro de quejas. Su intención queda explicitada: "Yo quería componer un librito de tono ameno, desilusionado y epigramático; pero, como dijo C.S. Lewis, nunca están lejos el humor, la rabia, la exasperación y algo parecido a la desesperanza."
En "Las cartas" y "Mi amistad con las letras italianas", Bioy enumera y argumenta ciertas preferencias literarias, como la correspondencia de lord Byron, que siempre ponderó (tanto como las memorias de Casanovas o los escritos de Lampedusa), su íntima afinidad con Italo Svevo y su descubrimiento de un escritor italiano más reciente: Leonardo Sciascia.
En el último capítulo, "El humor en la literatura y en la vida", desafía su propia e inminente muerte a través de una anécdota de Buster Keaton, quien, al escuchar a alguien decir: "Tiene los pies fríos. Ya no vive. La gente muere con los pies fríos", soltó unas últimas palabras en voz baja: "Juana de Arco, no."
Sin duda, para Bioy Casares, entre la dicha y el dolor por vivir siempre privaron las cosas maravillosas.
Como dice en este libro ínfimo: no tanto para obtenerlas, sino como gozoso anhelo. © LA NACION




