Boris Groys, el pensador de una rara periferia

Influencia. Dos libros del celebrado intelectual alemán, recientemente publicados en el país, invitan a recorrer con mirada crítica sus ideas sobre la filosofía y el arte contemporáneo
José Fernández Vega
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31 de julio de 2016  

¿Qué pueden saber de Inglaterra los que sólo saben de Inglaterra?", escribió, resentido, Rudyard Kipling en un poema de 1891. Nacido en la India en el seno de una familia colonial, Kipling pretendía reivindicar su mirada periférica como una perspectiva superior a las generadas desde la propia metrópoli. El Imperio británico, con el que estaba tan identificado, se comprendía mejor a la distancia porque su realidad excedía la isla que lo controlaba.

Boris Groys (1947) no se identifica con ningún imperio. De hecho, integra junto con personalidades como Julian Assange, Slavoj Zizek y Saskia Sassen el movimiento DiEM25 ( Democracy in Europe Movement 2025), que se moviliza contra el riesgo de desintegración al que se expone la Unión Europea si no se democratiza y reacciona contra la xenofobia y la desigualdad que están ganando tanto terreno en el continente.

Pero sus contribuciones intelectuales se podrían condensar alterando el verso de Kipling: ¿qué pueden saber de la cultura occidental quienes sólo conocen la cultura occidental?

Un imperio parroquial

Nacido en el entonces Berlín oriental, formado en lógica matemática en Leningrado, involucrado en las vanguardias moscovitas en los años 1970 y emigrado en 1981 a Alemania occidental cuando todavía existía la Cortina de Hierro, la biografía de Groys condensa muchas peculiaridades del siglo pasado.

En el Oeste completó su formación en filosofía y se coronó profesor; ahora también enseña en Nueva York, la capital global según algunos eufóricos. En todos estos años se volvió un celebrado autor internacional. Su obra enhebra diversos asuntos: filosofía, medios, arte, política. El interés que suscitaron sus análisis deriva también del hecho de provenir de una rara periferia que era también un imperio. Claramente, no sólo sabe sobre "Inglaterra".

La Unión Soviética fue una superpotencia política, militar y científica pero sufría al mismo tiempo de un parroquialismo represivo en muchos rubros culturales, que expulsó o aplastó a sus mejores exponentes. Filosofía, literatura y artes plásticas fueron disciplinas que tardaron en recuperarse del agobio estalinista. Pero no ocurrió lo mismo en otras como el cine, en primer lugar; o la música y el ballet clásicos, estas últimas apenas menos revulsivas para un establishment retóricamente revolucionario pero tradicional en el gusto. Los años formativos de Groys transcurrieron en ese complejo ambiente, en el que fue un joven, moderado disidente, y del que más tarde dejaría registro como historiador.

La historia se vuelve forma (2010), su libro sobre los que denominó "artistas conceptuales de Moscú" activos a partir de la década de 1970, nunca traducido, es un testimonio de primera mano sobre un movimiento que tuvo tantas dificultades para salir a la luz. Groys se mudó a Moscú en 1976, tomó contacto con esos artistas y empezó a escribir sobre ellos en una revista de emigrados que se publicaba en Francia. Así como el conceptualismo occidental impugnaba el arte establecido, los soviéticos cuestionaban el estatuto de artista, puesto que no podían reconocerse como tales según la catalogación oficial.

En la URSS, artistas eran únicamente aquellos afiliados a la asociación estatal de la profesión. Todos los demás eran amateurs, en ocasiones muy sospechosos. Groys explica que la audiencia privilegiada de esos conceptualistas no eran los curadores, compradores o conocedores, sino los espías de la KGB. Cuanto más los vigilaban, más seguros estaban de haber elegido el camino correcto. Occidente los ignoraba: no llenaban sus expectativas anticomunistas.

Mayor impacto había logrado con un libro anterior, Obra de arte total Stalin (1988), donde se interrogó sobre el destino de las primeras vanguardias revolucionarias sofocadas por el dictador. ¿Pero no habrá sido Stalin -se preguntaba allí- el verdadero vanguardista, creador de un ready-made llamado URSS? ¿Acaso Stalin es comparable a Wagner en algún sentido, ya sea por la ambición de obra total o bien por las mutuas afinidades ultranacionalistas o incluso antisemitas? El provocativo paralelismo lanzó a Groys a la primera fila de la escena cultural del momento, siempre ávida de polémicas en vísperas del derrumbe del Muro.

Alemania y Rusia registran una larga y conflictiva relación. Los aristócratas de Tolstoi hablaban alemán como segundo idioma extranjero después del obligatorio francés. Los revolucionarios y vanguardistas rusos veían en Berlín una capital de fulguración, refugio o tránsito; el primer gran destino europeo al oeste de Moscú o San Petersburgo y antes de París. Groys no pudo sino incluir, entre otros, a pensadores de sus dos nacionalidades espirituales en Introducción a la antifilosofía (editado por Eterna Cadencia, con traducción de Tadeo Lima).

Entre las dieciséis figuras tratadas en el libro, hay varias rusas, algo inusual en la literatura convencional sobre el tema. Ello enriquece un panorama habitualmente restringido a "Inglaterra" y nos permite, por ejemplo, conocer la densidad de las influencias teóricas rusas en Alexandre Kojève, un filósofo de enorme gravitación sobre las luminarias francesas del siglo pasado, de Sartre a Lacan.

La lista de aquellos a los que dedica sus distintos capítulos no deja de sorprender. Marshall McLuhan y Lev Shestov (o León Chestov según se aliteró este nombre en viejas traducciones españolas). El peculiar repertorio abarca al modernista reaccionario Ernst Jünger y se completa con apariciones más esperables: Heidegger, Benjamin y Derrida.

A fuerza de buscar la verdad y proponer tantas soluciones disímiles al problema, la filosofía acabó por desacreditar toda su empresa y se volcó a un llamamiento a la acción a partir de cierto momento del siglo XIX, argumenta Groys en la presentación de su antifilosofía. El primer capítulo, un brillante comentario sobre el danés Søren Kierkegaard, mantiene la expectativa que despierta la introducción. Pero esa promesa se diluye en los siguientes, si bien no por ello se vuelven menos interesantes en sí mismos. La subversiva antifilosofía restringe así su altisonante propósito.

Sólo en presente

La práctica de los conceptualistas de Moscú se oponía al "tiempo soviético" que cancelaba el presente en nombre del gran pasado patriótico o del inexorable futuro del comunismo. En Arte en flujo, otro libro de Groys que, como el anterior, edita un sello independiente local (Caja Negra, con traducción de Paola Cortes Rocca), habla de una temporalidad distinta. El arte contemporáneo parece no tematizar otra cosa que el presente. El pasado es remoto en la posmodernidad, un mero motivo para el pastiche, mientras que el futuro está monopolizado por la innovación técnica.

¿Cómo reinterpretar ahora la ambición por lo nuevo que animaba el viejo arte modernista? ¿Y qué hacer con esos depósitos de la tradición que llamamos museos? ¿Deberían incluir todo el imposible presente, excluirlo por completo o bien extinguirse de una vez por todas como demandaba la vanguardia a comienzos del siglo XX?

Groys presenta una interpretación radical de la escena actual con un estilo razonador no exento de digresiones. El arte contemporáneo ya no produce obras inmortales, sostiene, sino que documenta sus evanescentes acciones. De esta manera, el producir información, se vuelve compatible con Internet y se mezcla así en el flujo generalizado. Internet constituye el "medio que lidera nuestra época", según el autor, quien llega a atribuirle ciertos poderes restauradores del "aura" misteriosa de la que gozaban las obras y se creía destruida por la técnica.

Asediado por una tecnología omnipresente y por las demandas igualitaristas de la democracia, el arte perdió, sin embargo, su viejo estatuto de privilegio. Se integró a la vida cotidiana y tiende a la desmaterialización, algo que conceptualistas argentinos del Instituto Di Tella, inspirados por las vanguardias rusas, habían visto con claridad en 1966.

Resulta obvio que con Internet y la globalización, la "Inglaterra" del arte se encuentra ahora en todas partes; pero Groys focaliza su mirada en el panorama noratlántico. Fuera de sus recurrentes y agudas consideraciones sobre las vanguardias históricas, Moscú ha quedado atrás, en algún punto del flujo histórico.

INTRODUCCION A LA ANTIFILOSOFÍA. Boris Groys, Eterna Cadencia

En una serie de ensayos que es a la vez un recorrido por la historia intelectual del último siglo y medio, Groys relee a los que llama "antifilósofos" contemporáneos: Kierkegaard, Heidegger, Benjamin, Derrida, Shestov, Lessing, McLuhan, entre ellos. El "giro antifilosófico", escribe Groys, se da cuando la filosofía deja de operar por medio de la crítica, y se dedica a "transformar el mundo, en lugar de explicarlo"

ARTE EN FLUJO. Boris Groys, Caja Negra

Con el subtítulo Ensayos sobre la evanescencia del presente, Groys encara un esfuerzo por pensar el arte contemporáneo a la luz de la concepción actual del tiempo -del presente, del pasado y del futuro- moldeada por Internet y la tecnología. "El arte como tal se ha vuelto fluido. Hay una ciencia que investiga todo tipo de fluidos, y la fluidez en general. Se llama reología. Lo que intento en este libro es una reología del arte, un abordaje del arte como fluido", escribe.

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