Brasil: una tragedia minera anunciada que debería marcar un cambio real

La avalancha de lodo ocurrida en Brumadinho, Minas Gerais, que provocó unos 170 muertos y más de 150 desaparecidos, develó las condiciones precarias en que a veces se desarrollan emprendimientos de alto riesgo
Luis Castelli
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24 de febrero de 2019  

De la nada, como surgida del mismo suelo en el paisaje rural de Brumadinho, una avalancha de lodo rojizo devoró en segundos talleres, oficinas, un restaurante colmado, camiones, máquinas excavadoras, casas, gente. Hasta ahora son más de 170 los muertos, mientras se busca -ya con poca esperanza- un número equivalente de desaparecidos en una llanura de barro de residuos mineros de la empresa Vale.

El desastre ocurre tres años después del colapso -también en el estado de Minas Gerais- de la represa de Bento Rodrigues levantada por Samarco, una minera propiedad de Vale, que causó 19 muertes y un tsunami de más de 45 millones de metros cúbicos de desechos tóxicos que contaminaron 600 kilómetros de ríos hasta llegar al Atlántico.

El desastre del 25 de enero último derramó 13 millones de metros cúbicos de lodo que arrasaron todo a su paso rumbo al río Paraopeba. Las imágenes dramáticas de quienes intentaban salvar sus vidas recuerdan las fotografías de Sebastião Salgado en el libro Workers, donde revelaba la brutalidad de la minería en Serra Pelada, estado de Pará.

La represa de Brumadinho se construyó del modo más barato e inestable: terraplenes conocidos como "presas de relave", o sea, levantadas con los mismos residuos de la extracción minera (roca molida, lodo contaminado y agua remanente del proceso). Por su composición, esos terraplenes -montados a medida que la explotación del yacimiento avanza- pueden agrietarse con las explosiones en las minas o sufrir un proceso de "licuefacción", eso provoca que un material sólido como la arena pierda rigidez y se comporte como un líquido. La experiencia demuestra que en estas presas los accidentes son usuales.

Pese a las recomendaciones derivadas de los monitoreos, las denuncias y la devastación ambiental y humana sufrida en 2015, las autoridades continuaron permitiendo esta actividad. Su impasibilidad demuestra una realidad salvaje basada en miserables cálculos de probabilidad, que avanza por encima, por debajo y a través de las instituciones. Como quedó demostrado una vez más, el único final posible frente a esta combinación de factores es la tragedia.

La información disponible y los antecedentes sugieren que Vale sabía de la posibilidad de un nuevo accidente. Revelan, asimismo, un intenso lobby, que impidió la aplicación de normas de seguridad más estrictas y costosas.

La escena subsiguiente al desastre es similar a las de otros emprendimientos riesgosos, como las fallas en centrales nucleares, las explosiones de plataformas petroleras en el mar o los derrames químicos en ríos: en nombre de la firma responsable, alguien se presenta como un pecador arrepentido y habla de "una combinación inédita de fallos". En el caso de Vale, su presidente, Fabio Schvartsman, ya prometió la eliminación de las presas de materiales baratos como las de Bento Rodrigues y Brumadinho, y anunció un plan de modernización de instalaciones. La medida, que llega -por lo menos con cierta desvergüenza- 300 muertos tarde, parece más dirigida a tranquilizar a los accionistas que a reparar los daños causados a quienes perdieron todo, incluso la vida.

Las dolorosas imágenes de los sobrevivientes enterrando a sus familiares o el vacío en la mirada de los que esperan una noticia de sus desaparecidos en Brumadinho son suficientes para demostrar que los criterios para permitir estas actividades quedaron obsoletos y, al mismo tiempo, burlados. De manera urgente, se necesita contar con nuevos y más minuciosos procesos de aprobación, que no respondan a la irresponsabilidad organizada ni a una moralidad de riesgos compartidos pero nunca aceptados. Un nuevo accidente puede ocurrir mañana.

El autor es miembro fundador y director ejecutivo de la Fundación Naturaleza para el Futuro

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