
Brasil y Argentina, una alianza estratégica
Por Eduardo Sigal Para LA NACION
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Los acuerdos rubricados recientemente en Río de Janeiro entre los presidentes Lula y Kirchner señalan un hito de alcance histórico en la relación entre Brasil y la Argentina, y constituyen un acontecimiento de enorme gravitación en la escena internacional. La voluntad de establecer una alianza estratégica entre ambos países -que incluye, en este caso, un enfoque común de sus relaciones con los organismos financieros internacionales- significa un impulso decisivo para los procesos de integración regional que constituyen el mejor de los caminos para la integración de los países sudamericanos en el mundo globalizado.
Durante los últimos meses no ha habido solamente enunciaciones de voluntad política por parte de ambos gobiernos: esta voluntad común se ha plasmado en hechos concretos y relevantes como la posición común adoptada en la reunión de la OMC en Cancún, que ayudó a motorizar el grupo de los más de veinte países que rechazaron el proteccionismo agrícola de los países avanzados, y la acción unida para dotar de realismo y sentido de equidad a la discusión del ALCA. Es decir, hay un rumbo decidido y sostenido hacia el fortalecimiento del proceso de integración por parte de Brasil y de la Argentina. Y es una decisión que tiene importantes repercusiones en el plano regional y mundial.
Las máximas autoridades de nuestros países han coincidido en algo que es mucho más que la decisión de fomentar el intercambio económico entre ellos: han comprendido que, por separado, resulta muy escasa su capacidad de intervención en la discusión de la agenda global de nuestros días. Es la propia estructura de esa agenda la que ha entrado en crisis, en momentos en que muestran su fracaso los designios unilateralistas y la pretensión de abordar y resolver problemas de la gravedad y la complejidad del terrorismo, sobre la base de una visión simplificada y con la fuerza como único argumento político.
Los acuerdos de Río están llamando la atención sobre los riesgos que entraña un abordaje fragmentado de los problemas globales: un mundo más seguro significa un mundo más pacífico, y un mundo más pacífico significa un mundo más justo. En este sentido, la reforma del funcionamiento de los organismos de crédito y de la arquitectura financiera mundial no son un problema exclusivamente económico, sino herramientas para favorecer procesos de desarrollo sustentable sin los cuales la seguridad mundial se reduce a una cuestión de naturaleza militar. En lo que concierne a nuestro país, es necesario decir que la adopción de una estrategia de integración regional es un asunto de importancia decisiva para su futuro. Cada vez menos es posible separar un proyecto de país de las alianzas internacionales en las que se sustenta; los acuerdos de integración son parte de un modelo de desarrollo.
La matriz del "pensamiento único" característica de los años noventa pensaba los procesos de globalización como cursos rectilíneos y automáticamente progresivos: cualquier contestación política a esa tendencia "objetiva y necesaria" constituía, para sus cultores, una regresión nostálgica al patrón desarrollista y mercadointernista de mediados del siglo pasado. Se presentaba así como pragmática y moderna una visión estrechamente ideológica y dogmática de los procesos mundiales; el modo en que esta ideología se expresó en materia internacional fue el del alineamiento automático con EE.UU. y la reducción del Mercosur a su dimensión comercial. Por eso, puede decirse que el tan mentado aislamiento del país respecto del mundo no consistió solamente en el default y en el cierre del mercado mundial de capitales sino también en un debilitamiento del impulso a la integración con nuestros vecinos.
La alianza estratégica en marcha tiene obstáculos importantes. Para simplificar el análisis, podría hablarse de un prejuicio globalista y de un prejuicio nacionalista. Según el primero de los prejuicios, el acercamiento con Brasil presupone un nivel de confrontación con EE.UU. y sus propios proyectos de integración hemisférica, lo que para algunos significa poner en riesgo nuestro sitio en el mundo global. Es cierto que estamos en un escenario más complejo en la discusión del ALCA, pero los acuerdos de Río no apuntan a "integrar el aislamiento" sino a discutir nuevas maneras de inserción mundial de nuestros países; significa que el "libre comercio" hemisférico y mundial no puede consistir en la apertura indiscriminada y unilateral de nuestras economías, mientras se mantiene la política de subsidios de los países desarrollados a su producción agrícola.
Por el lado del prejuicio "nacionalista", permanecen vivas las secuelas de largas épocas de rivalidad y desconfianza que llegaron a materializarse en conflictos armados durante el siglo XIX y en serias tensiones político-militares en la década del setenta del siglo XX. Se teme a la voluntad de liderazgo de Brasil y al peligro de que nuestro país haga de furgón de cola del protagonismo mundial de nuestro vecino. Conviene aclarar que prejuicios nacionales análogos tienen predicamento también del otro lado de la frontera. Ahora bien, un enfoque integrador no parte de buenos deseos, sino de realidades: nuestro país no salió todavía de la más grave de las crisis de su historia contemporánea; tiene tras de sí una larga historia de bruscos virajes de su conducta exterior que le restaron credibilidad. La pregunta que corresponde, entonces, no es cómo evitar el liderazgo de Brasil, sino cuál es la estrategia internacional que permitirá a nuestro país convertir sus innegables potencialidades en un proceso de desarrollo nacional y fortalecimiento de su presencia internacional. Desde esta perspectiva, no se ve ninguna alternativa mejor que la alianza con Brasil y el fortalecimiento del Mercosur.
El texto de los acuerdos de Río de Janeiro no es una solución mágica para las dificultades que atraviesa desde hace tiempo el Mercosur. Sin embargo, está claro que se orientan a recuperar el proceso de integración que se acentuó notablemente el pasado año. La clave para la proyección de los acuerdos alcanzados está en la institucionalización interna del bloque.
Hay una agenda 2004-2006 aprobada por todos los socios, que incluye ambiciosas metas para reforzar el arancel común, la articulación macroeconómica, el desarrollo del Parlamento del Mercosur, programas de infraestructura, mecanismos de solución de controversias e internalización de las normas del bloque en los plexos jurídicos de cada uno de los países, entre otros muchos temas.
Junto a esa decisiva agenda institucional y como reaseguro del carácter irreversible del rumbo integrador, es necesario un grado mayor de impulso al intercambio entre las organizaciones de la sociedad civil de nuestros países. Todo indica que hay grandes reservas todavía no explotadas de voluntad de acercamiento entre las organizaciones sindicales, empresariales, culturales y sociales de la región. Una integración multidimensional como la que procuramos necesita de un proceso de interacción sociocultural mucho más desarrollado que el actual.
Brasil y la Argentina se enderezan, así, a actuar conjuntamente por una reestructuración de la agenda mundial en la que el desarrollo socialmente sustentable ocupe un lugar central.



