Breve guía para navegar el siglo XXI
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Una de las materias que dicto en la universidad está catalogada como cultural. Así que cada clase arranca con un capítulo en el que lanzo una pregunta de apariencia simple, y vemos adónde nos lleva. Por ejemplo, qué es el aire y de dónde sale el oxígeno. Qué es el Sol. ¿Sirve para algo, aparte de iluminar? ¿Y el tiempo? ¿Qué es el tiempo?
Vine a descubrir así no solo que eso que llamamos cultura general brilla por su ausencia, sino algo más notable: los alumnos son del todo conscientes de esta laguna y agradecen unos capítulos que, al principio, suenan un poco extravagantes, pero que con el paso de las semanas van cobrando sentido. Los puntos se empiezan a conectar y esa bruma llamada realidad se vuelve un poco menos densa. Por si acaso, aclaro que también tenemos una clase donde anotamos 100 obras literarias básicas, como para empezar a leer, y otras 100 de la música de todos los tiempos.
Pero la semana pasada un alumno planteó algo que es muy cierto y que me preocupa desde hace mucho, porque puede defraudar al más diligente. La cantidad de cosas por saber es tan grande que parece inabarcable. Peor todavía, repliqué: cuanto más uno sabe, más se da cuenta de que no sabe nada. Cada nuevo aprendizaje despierta nuevas preguntas, e intentar saciar esa curiosidad no hace sino causar más hambre. No es malo, sin embargo. Siempre hay algo nuevo por aprender. Y aprender hace bien. O es, al menos, un placer.
Con todo, su planteo tiene sentido. ¿Qué debería saber alguien para ser un ciudadano del mundo en el siglo XXI? Les pregunté a mis alumnos cuántos manejaban un automóvil. La mitad. ¿Cuántos conocían las leyes del movimiento de Newton? Ninguno. Pues bien, no parece muy sabio conducir una masa de alrededor de 1000 kilos a una velocidad de entre 40 y 100 kilómetros por hora e ignorar la mecánica clásica. Anotado; deberíamos asegurarnos de que todos los alumnos conocieran estos conceptos básicos de la física. ¿Vectores? Sí, sin duda.
Ya lo sé, los programas contienen todo esto, pero los alumnos llegan a la universidad sin estos conocimientos; y los tengo de toda la región. Así que no voy a detenerme ahí, en el síntoma, sino en lo que debería saber una persona hoy para que la realidad no le parezca una sucesión de fenómenos desconectados, innominados y muchas veces casi mágicos. ¿Es realmente inabarcable? Me siento incapaz de componer aquí una lista completa, así que me encantará leerlos en los comentarios. Pero también estoy seguro de que es un volumen de saber más que manejable.
Por ejemplo, he descubierto que muy a pesar de vivir sumergidos en electrónica, los alumnos no tienen idea de qué es la electricidad. Se los explico en otra asignatura. Si saben qué es la electricidad, entienden por qué las computadoras pueden hacer cuentas e incluso por qué el Silicon Valley se llama así.
Sigo, consciente de que muchos docentes intentan impartir estos saberes y de que esta lista quedará inconclusa. Fotosíntesis, anotado; en medio del cambio climático saber qué es la fotosíntesis te da un baño de humildad indispensable. Lógica proposicional, sí, y nada demasiado elaborado: las tablas de verdad, las leyes y las falacias. Así dejamos de oír los sofismas estrafalarios que, 25 siglos después de Aristóteles, todavía tenemos que padecer.
La tabla periódica de los elementos y qué es una reacción química. Los básicos de la evolución de las especies, cómo funcionan las vacunas y la diferencia entre un virus y una bacteria. No, no son lo mismo. ¿Qué es respirar? Obvio, anotado.
Y, por último, dónde estamos. Qué es este barrio local llamado sistema solar, cuántas otras estrellas hay en esta galaxia, la Vía Láctea, y cuántas otras galaxias estimamos que existen. Lo que nos lleva al inasible tiempo y a unas cuantas preguntas calificadas de filosóficas, pero que nos conciernen a todos. Por ejemplo: ¿qué hacemos aquí, exactamente?








