
Buen humor en los velorios
Los tipos que cuentan chistes en los velorios suelen ser tildados de cachafaces, descolgados o irrespetuosos. Puntos de vista que no atienden a las ventajas de compartir esas luctuosas circunstancias con alguien capaz de desdramatizar la situación y hacer más corta la noche a deudos y amistades del difunto. Algo que no consiguen ni el triste café que suele servirse en esas ocasiones ni la petaca de anís que, discretamente, pone en circulación algún tío ducho en estas dolorosas circunstancias.
Por eso es que cabe elogiar la graciosa interpretación dada por un alto funcionario del Gobierno a los episodios de violencia cerril que, días pasados, se produjeron frente a la Legislatura porteña. Y que no sólo causaron grandes daños al edificio, sino que hicieron temer a quienes se hallaban adentro la posibilidad de terminar lapidados o incinerados y con sus cabelleras y peluquines blandidos como trofeos por los bárbaros sitiadores.
Pues bien, ante la sorprendente impunidad con que actuaron estos sujetos durante larguísimas horas, sin que ningún uniformado se acercara siquiera a preguntarles si precisaban algo, el jefe de Gabinete, tal vez el más ingenioso de los Fernández, dijo que se trató de actos “cuidadosamente urdidos” por un grupo con capacidad para “sortear la inteligencia del Estado”. Vale decir que si sus dichos hubieran sido tomados al pie de la letra y no como lo que eran, una chanza como para empezar la semana sonriendo, habría que creer que los energúmenos que apedrearon el edificio y se robaron las cabezas de leones de las puertas planearon cada detalle de sus inauditas fechorías, tal vez, en un búnker secreto excavado 14 metros por debajo de la estatua de Caperucita, para engañar a los servicios nativos y actuar con la impunidad de la que gozaron.
Lo que llevaría a suponer que si los talentos de la SIDE hubieran tenido oportunidad de enterarse de lo que iba a pasar, habrían procedido con la misma diligencia y capacidad con que lo hicieron años atrás evitando atentados y deteniendo a sus autores con las manos en el gelamón, y hoy la Legislatura porteña luciría como en sus mejores días.
Pero detrás de estas entretenidas bromas de los funcionarios suele colarse algo de verdad. Tal vez los servicios de inteligencia (¿es forzoso llamarlos así?) no tuvieron oportunidad de enterarse de nada porque les cortaron las suscripciones a los diarios por falta de pago, así como tampoco oyeron nada, no obstante la cercanía de los hechos, porque en la dependencia se desarrollaba un torneo de truco a cara de perro, por un vermú con ingredientes, que no permitía distracciones.
Al reo de la cortada de San Ignacio (“monsieur le reó”, desde que el Margot fue hermanado con un boliche de París), no lo sorprendió que nadie ordenara reprimir a los que destrozaban la Legislatura. “Le digo más, maestro: yo, que lo conozco a Lupin, le digo que a él hasta le hubiera gustado estar allí ese día tirando piedras, porque todavía tiene el alma revoltosa de un muchachote de los 70. Pero lo frenaron y con toda razón. Porque aunque el hombre se ponga el pasamontañas hasta las cejas, en cuanto clave la mirada para apuntarle a algún vidrio, allí mismo le cantan “piedra libre para el Presidente”.





