
Buenos Aires, color jacarandá
En estos días Buenos Aires tiene el color del jacarandá. El azul-violeta inconfundible tiñe plazas, calles, veredas y avenidas desde que Charles Thays trajo los primeros ejemplares a comienzos del siglo XX.
Llegaron de Salta, donde se llaman "tarcos", y se adaptaron gracias a la brisa húmeda que sopla desde el Río de la Plata. Charles Thays fue el primer director de Parques y Paseos, puesto al que accedió por concurso.
El prodigioso paisajista que proyectó los parques 3 de Febrero, en Buenos Aires; San Martín, en Mendoza; Independencia, en Tucumán, y los parques de El Talar, de Pacheco; La Paz, de Roca, y La Ventana, de Tornquist, había llegado a la Argentina invitado por el gobernador Crisol, de Córdoba, para diseñar el parque que lleva su nombre en la parte alta de la ciudad mediterránea.
En realidad, Crisol invitó a Edouard André, director de Parques y Paseos, de París, que gozaba de enorme prestigio entonces, pero éste declinó la invitación por tener compromisos impostergables y recomendó a unos de sus alumnos más aventajados: Charles Thays.
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Llegó en 1891 y, dos años después, cuando ponía el pie en la escalerilla del barco que lo llevaba de vuelta a Francia, un grupo de influyentes liderados por Marcelo T. de Alvear lo invitó a concursar por el cargo de primer director de Parques y Paseos de la Ciudad de Buenos Aires.
Ganó el puesto y allí empezó su obra que es la magnífica herencia de un alma generosa. Porque plantar es una carta de crédito al futuro; se planta para la posteridad y exige lo contrario de una mentalidad cortoplacista que busca la satisfacción inmediata. Han pasado cien años y Thays forma parte de la historia de la ciudad, cuando muy poco se sabe de quienes lo sucedieron.
Charles Thays recorrió el país, estudió las especies y eligió tipas -también originales de la región subtropical- para las grandes avenidas (Olleros, del Libertador, Corrientes). Esos troncos descomunales y negros resultaron una megaestructura vegetal que custodia, por ejemplo, las dos márgenes de Olleros, en Belgrano.
¿Por qué eligió el jacarandá? "Por su amigable relación con lo urbano", responde del otro lado de la línea su bisnieto Carlos Thays, de 45 años, también paisajista. Y así es.
El follaje casi transparente no niega las fachadas de los edificios de noble arquitectura francesa y racionalista, sino que las realza, como ocurre en el vecindario de la Plaza San Martín. Y, cuando está en flor, el intenso azul-violeta convierte en glorioso el ingreso en la ciudad, por la avenida Sarmiento, en dirección al Monumento de los Españoles.
En solemne cónclave, convocado cuando Thays era director de Parques y Paseos, se votó por la flor nacional. El francés eligió el jacarandá, pero perdió en su ley porque la mayoría votó por el ceibo, al argumentar una floración más larga y mayor presencia federal. Sin embargo, nadie le disputa el lugar de "árbol de Buenos Aires". La asociación es inmediata. Sucede con los castaños, en París; con los ginkos que amarillean en el otoño de Manhattan; con los tilos, en Berlín y con los plátanos de Londres, que bordean el Támesis. Son mucho más que parte del paisaje. Son una razón de identidad.






