
Caballero de los pájaros
Por Tito Narosky Para LA NACION
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Un estampido sacudió mi descanso. Aún siento esa angustia. Sé que no debería contar pesadillas, pero no soy supersticioso.
Como cada noche, soñaba un viaje de observación de aves. Quien me acompañaba era Luis Mario Lozzia, mi amigo Mario. Recorríamos las proximidades de Punta Rasa bajo una persistente llovizna; como en marzo de 1975, a poco de conocernos. Observábamos chorlos migratorios para anotar, en mi libreta mojada, características de plumaje y comportamiento.
Lozzia, a pasos, protegido por su honda mirada reflexiva y una pipa encendida anotaba también, en su privilegiada memoria, cada detalle del comportamiento humano. Porque Mario era un personaje multifacético. Filósofo devenido periodista, pensador disfrazado de mirón de aves , escritor de rica pluma y poderosa fuerza expresiva convertido en atractivo relator de anécdotas, docente rural trasmutado en maestro de su generación -me incluyo entre sus alumnos más atentos-, y por fin, aunque no hay fin, escribano casi sin ejercicio, en escribidor que ejerció todas las disciplinas.
Haré breve digresión al relato de mi sueño. Pensé muchas veces en categorizar a Lozzia para mi archivo de los personajes que encontré, largavista en mano, siguiendo el vuelo inasible de un picaflor o el blanquinegro de una gaviota. No lo logré. A veces, lo circunscribo a aquel elegante caballero de apariencia tímida y pulcro lenguaje que conocí en la Ornitológica, y que ejercía por entonces, y por muchos años, la jefatura de editoriales de LA NACION. Sería entonces, en mi archivo de ornitófilos, uno de los más prestigiosos periodistas del último siglo. En ocasiones lo pienso como ese novelista que me atrapó con Retrato reservado y me dejó admirado con cuentos y ensayos. O el pensador que leí, y sobre todo oí, en largas caminatas sombreadas de vuelos. O es el directivo de lujo de nuestra entidad, con quien, y junto a Edmundo Guerra, Raúl Carman y Daguerre, abrimos definitivamente las puertas de "la ornitológica" a las generaciones que nos sucedieron creando los cursos de iniciación.
Quizá sea el político no embanderado, que discutió con presidentes, que entrevistó figuras de talla mundial, que fue tentado por grandes y jamás cedió en su dignidad, tesoro del que nadie pudo privarlo. Su entereza le granjeó enemigos -en un mundo corrupto la honestidad suele ser delito- terribles enemigos a los que no temió, porque defendía algo más que su vida: sus ideales.
¡Cómo duele no ser el gran escritor para relatar su biografía! Será asignatura pendiente, como la que debo a Darío Yzurieta y a Francisco Contino, también paradigmas, a los cuales reuní en vida.
Muchas veces en aquel viaje al norte, en febrero de 1976, mientras yo bajaba a las profundas quebradas montañosas para descubrir nidos de jilgueros andinos -de esto que voy a contar espero que nadie se entere en la Asociación Ornitológica del Plata-, Lozzia y Contino se quedaban cerca del automóvil, enfrascados en altísimas divagaciones filosóficas. También Darío Yzurieta y Mario se admiraban. Y he oído de parte de Lozzia anécdotas sobre personajes de su mundo, cuya sola mención bastaría para valorizar esa adeudada biografía; historias verídicas, que me confiaba como al pasar en nuestros diálogos.
El conocimiento que, desde la función periodística y gracias a sus cualidades de hombre, tuvo de políticos relevantes del mundo contemporáneo, movió al común amigo y singular escritor Raúl Carman, a intentar una serie de charlas grabadas, para que no se pierda con Mario parte de nuestra historia. La humildad de Lozzia impidió que ese plan se concretara. "¡Qué valor puede tener todo esto!", decía.
He hablado de algunos aspectos de su personalidad y siento que no he dicho lo que en mí es esencial. Su aporte a mi desarrollo. Lozzia estuvo siempre cerca, guía y maestro. Nunca reconoció ese papel; lo reconozco yo. Me impulsó, por ejemplo, a dejar diarios, revistas y medios, que mucho me entretenían, para abocarme a Entre hombres y pájaros , mi primer y más querido libro. Las notas vuelan, dijo, los pájaros de tu obra quedarán a tu lado. Desde estas líneas tardías repito mi agradecimiento. Su sabiduría aportó, en momentos cruciales, "la palabra justa" como ironizaba con su inteligente humor. Pero aún estoy en deuda con él. No encuentro la expresión para señalar que me ayudó a descubrir -él lo conocía- un extraño secreto al que no solemos acceder. El derecho a ser felices en nuestro mundo de vuelos y gorjeos.
Vuelvo al sueño. Con Mario estamos recorriendo ahora el Impenetrable chaqueño, viendo cómo un extraño halcón negro devora al cardenal. La escena se trasmuta a Corrientes, camino al Iguazú donde se nos regala un coludo yetapá, o es Lozzia, junto a la infaltable Olimpia, en su "carromato", quien recorre la vastedad patagónica en busca de ciudades perdidas. O soy yo, en cada viaje, llevando a Mario como imborrable recuerdo.
De nuevo en la selva, pero esta vez de cemento. Lo visito seguido, cuando voy a la gran ciudad. Lo rodea la solicitud de su esposa y el cariño de los amigos, que este caballero de la vida supo hacerse. Recuerdo entre ellos al filósofo José Isaacson y al notable periodista José Claudio Escribano, que no lo abandonan. Lee y relee su nutrida biblioteca o escucha música selecta. Pero no puede ya escribir, ni salir en busca de aves inhallables, sus amores de una larga y fructífera vida.
Nos hemos separado apenas unos días. Hice un viaje sin él. El, mientras tanto, hizo un viaje sin mí.
Todavía escucho el estampido.
Pero guardo la esperanza de despertar.






