Cambiemos: el desafío de ser y parecer oposición

Sergio Suppo
Sergio Suppo LA NACION
Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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13 de marzo de 2020  • 02:16

La oposición enfrenta dos dilemas inmediatos: el desconcierto que le provocó abandonar el poder y el desafío de relacionarse con el nuevo oficialismo. Ambos retos están superpuestos; conviven con la crisis económica, el cisne negro del coronavirus y los rebrotes de fanatismo kirchnerista.

Es bastante para una coalición a la que el nuevo gobierno utiliza para cargarle todas las culpas, como si Cambiemos hubiese hecho el milagro inverso de hacer todo mal y provocar todas las desgracias en cuatro años.

Que el gobierno de Mauricio Macri entregó la economía peor de lo que la encontró es un dato reflejado en el resultado electoral; no hay presidente que gane una elección sin el amparo de, al menos, una expectativa de mejora del bolsillo del votante. Pero el kirchnerismo gerenciado por Alberto Fernández encontró en la condena a su antecesor la llave para justificar todas sus decisiones. Era previsible.

Luego de algún ensayo de catarsis posderrota, en el tránsito de gobierno a oposición, prevaleció el silencio y la retirada de la escena de los principales dirigentes. En la decisión de preservarse de Macri, Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal, está incluido el precio del sentimiento de orfandad de sus seguidores en momentos en el que el kirchnerismo reinstala sus prácticas y sus figuras más controvertidas en el centro del escenario.

Según le resulte conveniente, la oposición replica como un espejo las diferentes caras que el oficialismo le muestra. Los diputados y senadores de Cambiemos esperaban algún reconocimiento por acompañar al Gobierno en el mandato sin condiciones que el Congreso le dio para renegociar la deuda externa. Votaron para apoyar a Alberto, pero terminaron defendiéndose de los legisladores de Cristina.

Una ambivalencia convive en los representantes opositores, que están obligados a ser los voceros mientras sus líderes se refugian en el silencio. No saben si oponerse al oficialismo en su conjunto o terminar siendo aliados transitorios de Alberto frente al avance de la vicepresidenta.

Un presidente condicionado por su mentora apenas comenzado su mandato es un presidente obligado a acertar con las medidas que pueda celebrar como propias. De lo contrario, su destino será resignarse a ser el ejecutor de las medidas radicalizadas que Cristina propone.

Es algo más que una casualidad que Alberto anuncie una amplia reforma judicial con los parámetros del "deber ser" republicano y que el kirchnerismo agite una intervención federal al Poder Judicial de Jujuy con la explícita intención de liberar a Milagro Sala. ¿Terminarán, una vez más, los proyectos de Gustavo Beliz anulados por las formas avasallantes del peronismo, como pasó durante el menemismo y en la primera versión del kirchnerismo?

La exhibición de semejantes contradicciones en la fuerza gobernante no hace otra cosa que poner en tensión la coherencia de su contrapartida opositora. Juntos por el Cambio también es sacudido por discusiones entre moderados y duros que plantean una pregunta todavía sin respuesta: ¿desean sus miembros seguir siendo socios.

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