
Cargos que se detentan y diminutivos sospechosos
"Al referirse a la actual disputa política entre el presidente Kirchner y el dirigente Eduardo Duhalde, Vicente Massot, en uno de los párrafos de su artículo que LA NACION publica el 27 de julio, dice textualmente: «...son las dos personalidades más relevantes del país en función del poder que detentan». Entiendo que aquí hay un error de significado, al menos en lo que se refiere al actual presidente, puesto que ejerce ese cargo con legalidad constitucional. Por esa razón, no lo detenta , pues detentar , según el Diccionario de la Real Academia Española, significa, en su primera acepción, «retener y ejercer ilegítimamente algún poder o cargo público», y, en la segunda, «dicho de una persona, retener lo que manifiestamente no le pertenece»", escribe Manuel Arenas.
El lector tiene, por supuesto, razón. Para reforzar su concepto, se puede acudir también al Diccionario de uso del español , de María Moliner, donde detentar está definido del siguiente modo: «Usar o atribuirse alguien una cosa, indebida o ilegítimamente: ´Detenta un título que pertenece a su sobrino. Detenta una representación que nadie le ha conferido´. Ocupar en la misma forma un empleo, situación, etc.». ¿Por qué, entonces, en la Argentina, se usa incorrectamente? La conclusión sería que tantos años de gobiernos de facto o de una democracia todavía bastante enclenque han socavado el sentido de detentar hasta el punto de que, para los argentinos, haya terminado significando lo contrario. No sería mala idea restituirle su uso original.
Pensar en chiquito
Escribe Emilio Augusto Scotto:
"A mis 70 años, apoyado en la columna de Lucila Castro, sigo aprendiendo. Quizás el tema al que me referiré no es sustancialmente la pureza en el idioma, pero sí es parte del mismo. Quien se expresa en diminutivo es porque piensa en diminutivo. Por lo tanto, jamás será capaz de proponerse y por ende lograr grandes metas. ¿Cómo hablan los argentinos en su gran mayoría? Van algunos ejemplos: «¿tomás un cafecito?», «te pego un golpecito de teléfono», etcétera, hasta llegar al más absurdo de todos, «¿me esperás un minutito?», como si los sesenta segundos que lo componen pudieran eliminarse en parte y aun así conservar la unidad de tiempo. Mi triste conclusión es que los argentinos, salvo excepciones, serán siempre incapaces de realizar grandes metas. ¿Estoy errado? Así lo espero. En este caso, en particular, por obvios motivos, no quisiera tener la razón."
Ya se ha hablado en esta columna sobre el valor afectivo del diminutivo, sobre todo en el lenguaje oral, de donde toma el lector Scotto sus ejemplos. Por otra parte, aunque el lenguaje es obra humana, no habría por qué suponer que, por usar el aumentativo, los argentinos serán capaces de realizar grandes cosas; le recuerdo algunos ejemplos: cacerolazo , salariazo .
Los estragos de una tilde
Perplejo, apunta Guillermo Amorín: "En la nota «Elsa y Fred. El amor, a pesar de todo», publicada en la sección Espectáculos del 25 de julio, he hallado dos perlas. Se afirma en el tercer párrafo: «China Zorrilla (83) se multiplica. Teatro, TV y cine son su rutina cotidiana desde que tiene memoria, desde hace 60 años». Conociendo la proverbial buena memoria de la señora Zorrilla, dudo de que sus recuerdos se remonten tan solo a los 23 años de edad. Cabe agregar que su rutina cotidiana no podría incluir la televisión desde hace 60 años ni en los Estados Unidos, ya que las emisiones comerciales diarias, aun en ese país, son posteriores a 1945. Como remate, se enuncia al final que «[nuestros mayores] todavía pueden sonar porque están vivos». Estoy de acuerdo en que la tasa de mortalidad es más alta para la población de edad avanzada, y que el «estar vivo» es un requisito indispensable para todavía poder «sonar» (disculpe el vulgarismo), pero más allá de esto sería bueno reflexionar sobre los estragos que puede ocasionar en un texto la falta de la tilde de una eñe."
Primeras y terceras
Desde Rosario, escribe Aldo Ángel Zucca: "Es frecuente oír y leer en diversas publicaciones que los adjetivos ordinales correspondientes a primero y tercero son expresados como primer y tercer cuando califican a un sustantivo femenino: la primer semana , la tercer semana . Considero que debería decirse: la primera semana y la tercera semana . Desearía saber cuál de las dos formas es la correcta".
La apócope de los pronombres numerales ordinales, en función adjetiva, primero y tercero se utiliza cuando va delante del sustantivo al que se refiere, aunque entre éste y el adjetivo se interponga otro adjetivo: el primer acontecimiento ; el tercer infausto suceso . La apócope es normal cuando el sustantivo que sigue es masculino, pero no cuando es femenino; así se dirá la primera semana del año o la tercera semana del año . Es cierto, y es una lástima, que el uso incorrecto se está extendiendo cada vez más.
Reacios a las bastardillas
Vuelve a la carga Coriolano Fernández: "Esta columna señaló claramente que mencionar los títulos de libros entre comillas es incorrecto. Lo correcto es hacerlo en letra cursiva, también llamada itálica o bastardilla. Pero he aquí que el diario, en sus secciones cotidianas, sigue usando el entrecomillado. ¿Debemos concluir, entonces, que los redactores y colaboradores de LA NACION no leen LA NACION?"







