
Caricaturas de Mahoma
Por Enrique Tomás Bianchi Para LA NACION
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La justicia correccional de París acaba de absolver a Philippe Val, director del semanario Charlie Hebdo, del delito por el que se lo acusaba: injurias públicas hacia un grupo de personas en razón de su pertenencia a una determinada religión. El semanario había reproducido dos de las caricaturas de Mahoma publicadas en un periódico danés (Jyllands-Posten) y había agregado una tercera, con motivo de lo cual el director de Charlie Hebdo fue querellado por la Gran Mezquita de París, la Unión de las Organizaciones Islámicas de Francia y la Liga Islámica Mundial.
Una de las caricaturas danesas mostraba a Mahoma portando un turbante que tenía la inscripción “Hay un solo Dios y Mahoma es su profeta” y del que salía la mecha de una bomba. En la otra, Mahoma estaba sobre una nube y recibía a los terroristas suicidas, diciéndoles: “Deténganse, deténganse; no tenemos más vírgenes...” (en obvia alusión a los premios paradisíacos prometidos a quienes mueren por la fe). La caricatura francesa se titulaba: “Mahoma, desbordado por los integristas” y mostraba al Profeta lamentándose: “Es duro ser amado por boludos”.
Más allá de lo que diga el derecho francés, me parece que aquí hay que distinguir –como también se imponía hacerlo en el caso de la muestra de León Ferrari en nuestra Recoleta– entre dos niveles distintos. Una cosa es que algunos se sientan mortificados porque ven cuestionados los signos, valores o personas a los que adhieren, sentimiento que pueden haber experimentado los musulmanes que vieron las caricaturas o los católicos que visitaron la mencionada exposición porteña. Otra, muy diferente, es que se haya agraviado directamente a esos creyentes de un modo apto para producir una reparación jurídica (lo que no parece que se haya producido ni en uno ni en otro caso).
Si esta distinción no es resguardada celosamente, podemos entrar en un tobogán peligroso para la libertad de expresión, entre otras cosas porque, como ya se ha dicho: “En todo puede el ser humano depositar sus afectos. Nada hay en este sentido que le sea ajeno” (fallos 315: 1492, 1536). Continuamente sentimos dolor por ver atacado aquello en que creemos –lo que resulta típico de un sistema pluralista y liberal–, pero ello no nos autoriza a perseguir en tribunales a los autores de esas afrentas, so pretexto de que nos han ofendido a nosotros. Vivir en libertad exige pagar ese precio. O sea, una cosa es lo que se ama; otra, el que ama.
Ya sé que hay legislaciones que privilegian el sentimiento del creyente religioso por sobre el del creyente secular. Así, por ejemplo, la Constitución de Grecia de 1975, artículo 14, párrafo 3, establece sanciones por “ofensas a la religión cristiana y a toda otra religión” y el common law británico castiga el delito de blasfemia. En esos sistemas, un dolor pesa más que otro. Pero no creo que sean compatibles con los pactos y tratados internacionales que protegen la libertad de opinión.
Aun en los casos en que lo atacado es quien cree (no ya lo que cree), hay que ser cuidadosos para no lesionar la libertad de expresión. Pongo un ejemplo. Si alguien dice que los que sostienen que la totalidad de los medios de producción deben estar en manos del Estado, son unos necios; hay –sin dudas– un ataque a quienes así piensan, pero no se nos ocurriría suponer que éstos puedan perseguirlo judicialmente. Ahora bien, ¿sería distinto el caso de quien calificara de la misma manera a los creyentes en el Juicio Final ? En fin: que a veces puede ser difícil encontrar la solución más justa, pero si de privilegiar se trata, parece preferible privilegiar la libertad de expresión antes que cierto tipo de sentimientos por sobre otros.





