
Carlos Reboratti: "La relación de la gente con la ciudad es suicida: no la mejora, sino que contribuye a empeorarla"
El geógrafo, experto en las relaciones entre sociedad y ambiente, advierte los perjuicios de la falta de planificación en el país y señala que el Gobierno "no tiene ningún interés ambiental"
1 minuto de lectura'

Aunque tardía y lentamente, como suele suceder en un país siempre sobresaltado por las urgencias económicas y políticas, ha comenzado a asomar cierta conciencia ambiental de la mano de un actor nuevo y activo, que dio sus primeros pasos en el conflicto de las pasteras en Gualeguachú y colocó la problemática ambiental en el ojo de la discusión pública: el ambientalismo. "En Gualeguaychú perdió. En Famatina ganó", afirma el geógrafo Carlos Reboratti, docente e investigador principal del Conicet.
Según Reboratti, un especialista en las relaciones entre ambiente y sociedad, la Argentina tiene hoy tres grandes problemas ambientales: la contaminación de los ríos, que afecta a buena parte de la población del Gran Buenos Aires; la deforestación y el corrimiento de la frontera agrícola (algo positivo en el siglo XIX y hoy valorado negativamente por la degradación de las tierras debido a la explotación de la soja), y la enorme cantidad de basura: sólo en la ciudad de Buenos Aires, cada habitante produce un kilo de basura por día.
Con la siempre invocada y nunca concretada urbanización de las villas, la ciudad de Buenos Aires podría asemejarse peligrosamente, afirma el geógrafo, a una ciudad como Nairobi, en donde la mitad de la población vive en una situación de informalidad. "No hay que pensar que la villa miseria es una de las formas de habitar: es una mala forma de habitar", agrega, enfático.
Para Reboratti, el abuso de una política de parches, excepciones e improvisaciones –siempre atravesada por intereses políticos e inmobiliarios– y una dirigencia política sin ninguna conciencia ambiental caracterizan el estado de cosas en un país en el que la planificación es hoy por hoy pura retórica.
–La problemática ambiental suele tener un lugar estratégico en las políticas públicas de los países desarrollados. ¿Cuál sería el grado de conciencia ambiental de la Argentina?
–La Argentina estaría mucho más cerca del país que no tiene nada de conciencia ambiental y lejos de los que tienen un alto grado de conciencia. Aunque eso, lentamente, está cambiando.
–¿Cuándo empezó este proceso?
–Con Gualeguaychú y las pasteras. El conflicto en Gualeguaychú es un hito: es la primera vez que un tema claramente ambiental aparece en los diarios y aparece muy seguido. Y obliga al gobierno nacional, al gobierno provincial y al gobierno municipal a opinar y a hacer cosas. Si se hicieron bien o mal, ése es otro debate. Pero buena parte de la conciencia ambiental se la debemos a las papeleras.
–¿Cuáles son hoy nuestros problemas ambientales más graves?
–Hay tres grandes problemas ambientales. Si uno toma como parámetro la cantidad de gente afectada, evidentemente el problema ambiental más grande de la Argentina es la contaminación de los ríos y el agua. La mitad de la población del Gran Buenos Aires está afectada directa o indirectamente por la contaminación del Riachuelo, del río Reconquista o del río Luján. Ahora, si uno toma el punto de vista de qué superficie abarca, el problema más grande de la Argentina es la deforestación. En el Norte, por ejemplo, el tema de la deforestación es importante porque la gente vive en ciudades pequeñas o vive en el campo, pero vive mucho más en contacto con esa naturaleza. Desde ese punto de vista, el avance sojero en el Noroeste ha sido muy radical. La gente en diez años dejó de ver un monte y empezó a ver un campo.
–Se corrió la frontera agrícola, y hubo deforestación y degradación de los bosques nativos.
–Totalmente, y fíjese usted qué interesante que es la idea de frontera agrícola para los argentinos. Todas las grandes economías regionales, la historia de la pampa misma, de alguna manera se hizo eliminando absolutamente el ecosistema pampeano. Eso, que antes era positivo, hoy debido a esta relación soja-deforestación, empieza a aparecer como una idea negativa. Hoy en día los ecólogos no encuentran un solo lugar en la región pampeana que del que puedan decir "así era esto en 1820". No hay ninguno. Absolutamente no.
–¿Y el tercer problema?
–Tiene que ver con la vida cotidiana, y es la basura. Es un problema bien difícil de solucionar. Otros países han solucionado el tema de deforestación, muchos países han solucionado el tema de la contaminación hídrica, pero ninguno ha solucionado realmente el tema de la basura.
–¿Qué han hecho los países desarrollados con la basura?
–En primer lugar, reducen el volumen. En la ciudad de Buenos Aires cada uno de nosotros produce un kilo de basura por día, una cantidad fenomenal. Lo primero que hacen los países es una campaña para reducir el volumen de basura; y, en segundo lugar, separarla. Buena parte de esa basura es de alguna manera reciclable. En los países desarrollados, Alemania, Estados Unidos, Canadá, hay todo un proceso en el que las empresas y los supermercados se hacen cargo de los envases de los productos que venden y ponen containers para que la gente pueda poner esos envases. De todos modos, es un tema complicado y siempre se termina escondiendo una parte de la basura. O sea, la solución de la basura es la solución de la alfombra.
–Hay un debate con respecto al fracking. ¿Cuál es su postura?
–El fracking es muy interesante porque es muy discutido en el mundo científico. El fracking soluciona en la Argentina un montón de problemas: soluciona el problema energético y agrega otro punto más a la exportación de materia prima. Entonces para el gobierno argentino, que no tiene ningún interés ambiental, los problemas teóricos del fracking no existen. En eso hay un dilema: es lo potencialmente peligroso versus lo increíblemente exitoso que podría llegar a ser el fracking en Vaca Muerta.
–Dijo que el Gobierno no tenía ninguna conciencia ambiental.
–Es que el Gobierno no tiene ningún interés ambiental. Ninguno.
–¿Por qué lo dice?
–Porque el Gobierno minimizó el problema de los glaciares, deja que la ley de bosques nativos siga desarrollándose con muy bajo nivel de cumplimiento y no está interesado en los impactos ambientales, a lo mejor, porque es peligroso para la expansión sojera. Y no está interesado para nada en los posibles impactos ambientales del fracking, y menos aún porque ésa es la solución para todos los problemas. Hay otro problema complicado en el tema ambiental y es que desde la modificación de la Constitución en 1994, los recursos naturales no le pertenecen al Estado federal, sino que son propiedad de las provincias.
–¿Y por qué es complicado?
–Eso se ve muy bien en el caso de las mineras, que están en manos de las provincias. Viene Barrick o cualquiera de estas compañías que tienen enormes presupuestos. ¿Usted se imagina al gobernador de La Rioja, que es una provincia pobre, negociando de igualdad de condiciones con el presidente de Barrick? Desde ese punto de vista es complicado. Ahora bien, si hubiera en el Estado nacional una institución que apoyara a los gobiernos provinciales desde el punto de vista técnico, sería otra cosa. Fíjese, en Estados Unidos, que es un país más federal que el nuestro en la práctica, hay una agencia de protección ambiental que es federal, poderosísima y muy eficaz.
–Usted dice que al Gobierno no le interesa el tema ambiental. ¿Ve en el arco opositor cierto interés o conciencia ambiental?
–No. En las plataformas políticas de las últimas y penúltimas elecciones no había una sola mención al tema. Creo que la única persona que anda por ahí, peleándose por estos temas es Pino Solanas, a quien miran como si fuera un tipo medio loco. Ningún político está realmente interesado en el tema ambiental.
–Uno de los grandes problemas de la ciudad de Buenos Aires es el de la urbanización de las villas y los asentamientos. ¿Qué camino habría que seguir en este tema?
–Ése es otro ejemplo de cómo la planificación es sobrepasada continuamente por la coyuntura. Las villas no paran de crecer. Ahora estamos en un momento de mucha expansión y no pasa nada: la gente va, ocupa un terreno de ferrocarril y al final se termina quedando. Alguien tiene que tomar la decisión de decir "paramos acá". Porque si no poco a poco nos vamos a quedar sin espacios verdes y nos vamos a transformar en una ciudad como Nairobi, donde la mitad de la población vive en esa situación de informalidad. Creo que, de alguna manera, hay también un problema de concepción. Se naturaliza la villa miseria como una forma de vivir en la ciudad. No hay que pensar que la villa miseria es una de las formas de habitar: es una mala forma de habitar.
–Desde hace más de un mes hay un asentamiento en Lugano sobre tierras fiscales contaminadas, algo que refleja también el déficit habitacional.
– Hay una diferencia muy clara entre el sur y el norte de la ciudad. En el norte esas cosas no pasan porque hay una presión inmobiliaria feroz. Todos esos espacios hubieran sido, digamos, comprados, ocupados o controlados de alguna manera para que evitar ese tipo de situaciones. En el sur hay mucho espacio fiscal. Esas tierras, que han sido un cementerio de autos, tienen un nivel de toxicidad fenomenal por el ácido de las baterías. Pero, si una persona tiene que optar entre no tener donde vivir, pagar 3000 pesos por mes por un departamento en la villa 21 u ocupar las tierras, ocupa las tierras. Lo primero que hay que hacer es un arreglo político y social para buscar soluciones en esta ciudad, pero no podemos abordarlo así, mediante la violencia, la controversia y la ocupación.
–Si se pudiera describir la relación que el argentino tiene con el territorio que habita, ¿cómo sería esa relación?
–Es muy cambiante. El 92% de la población argentina es urbana. Y de ese 92 %, más de la mitad vive en ciudades de más de 100.000 habitantes, que son ciudades donde uno no está en contacto con la naturaleza. Sólo está en contacto con la naturaleza cuando se inunda, hace calor, o cuando hay catástrofes o situaciones muy particulares. Siempre pienso que la relación de la gente con la ciudad es medio suicida, ¿no? Vive en la ciudad, pero no sólo no hace nada para que mejore, sino que contribuye a empeorarla. El comportamiento de la población es muy poco solidario en general. Una de las cosas que está haciendo Macri son túneles por debajo de los ferrocarriles, que es uno de los grandes problemas. Ahora, cada vez que aparece la licitación para hacer un túnel, todos los vecinos se oponen, toman medidas judiciales y amparos. No piensan que es bueno para aliviar el tema del tránsito. Sólo en la ciudad de Buenos Aires se patentan 100.000 vehículos por año y hay espacio para estacionar 1 millón de vehículos.
–La venta de autos ha sido uno de los pilares, junto con la soja, de la economía de estos diez años.
–Absolutamente. El modelo de promoción es curioso porque es una visión muy poco progresista y muy parecida a la norteamericana. O sea, comprate tu autito. Y el autito, desde el punto de vista ambiental, es una catástrofe: lo maneja una sola persona, emite un montón de contaminantes y llena las calles. Esto hace que el tránsito en Buenos Aires se haya vuelto cada vez más complicado. Y no sólo eso: crece más el Gran Buenos Aires y crece más la capacidad de atracción de la ciudad, que es muy rara. Desde 1947no crece y tiene 3 millones de habitantes, pero hay otros 3 millones que entran todos los días. O sea, que si uno planifica la ciudad de Buenos Aires, en realidad, habría que planificar para 6 millones. Pero los censos indican que son 3 millones de habitantes y el gobierno cobra impuestos a esos 3 millones. La única solución racional es la planificación, pero no existe.
–¿Qué diría que hay, improvisación, parches?
–Hay parches y excepciones todo el tiempo, porque la cruza de intereses políticos e inmobiliarios es enorme. Pero eso no pasa solamente en la ciudad, sino en toda la Argentina: no existe la planificación. La planificación argentina es una especie de retórica. ¿Por qué? Porque el Ministerio de Planificación, donde está De Vido, es una especie de oficina de mapas bonitos, diría yo, donde se siguen haciendo planes para cómo va a ser la Argentina en 2016 y nadie sabe cómo vamos a llegar a ser lo que es esa utopía. Ningún hecho de la planificación aparece claramente antes de cuatro, cinco años. Acá los plazos políticos son muy cortos. Y además, el próximo gobierno va a agarrar el plan que hizo De Vido, lo va tirar por la ventana y va a empezar de vuelta, como siempre.
–Hace cinco años dijo: "Todavía no hemos sabido responder qué hacemos con el territorio que ocupamos, para qué nos sirve, qué beneficio nos genera y cómo desarrollamos y distribuimos nuestro capital natural y social de manera sustentable". ¿Aprendimos algo en estos años?
–Le diría que no mucho, pero tampoco estamos en el mismo punto. Ha surgido el ambientalismo, que es un actor nuevo en la Argentina. Es un actor joven, activo, simpático, como es siempre el ambientalismo, y no muy serio en algunos casos. A veces gana, a veces pierde. En Gualeguaychú perdió absolutamente. En Famatina ganó.





