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Vuelvo a mi infancia, a mis 8 o 9 años, la misma edad de mi hijo Lucio. Íbamos al campo prácticamente todos los días. Éramos tres: mi viejo, mi hermano mellizo y yo. El campo era una chacra típica del sur de Santa Fe. Había un poco de todo y se hacía mucho. Y mucho esfuerzo para que nunca nos faltara nada. Con mi hermano íbamos a jugar y a aprender las diferentes tareas que surgían en el día. El viejo realizaba las tareas principales y nosotros, las secundarias.




