
Catalejo
La vida (y la gente sabia) enseña que no hay que apegarse a las cosas. Ni grandes ni chicas. Las cosas son cosas -alta filosofía-, y estar desprendido de ellas es muestra de señorío sobre el mundo material, fugaz y traicionero. En Miami yo me apegué al restaurante Novecento, enclave argentino en el Downtown, fundado por el cordobés Héctor Rolotti, un tipazo que en 2014 murió en el Ganges tratando de rescatar a una mujer. Con el tiempo surgieron otros Novecento en Miami, pero para mí el único sigue siendo el primero, sobre la avenida Brickell. He pasado allí noches inolvidables, con amigos, colegas, familia. Durante las semanas en que se juega el torneo de Key Biscayne, las mesas se pueblan de las raquetas más célebres, desde Nadal y Federer hasta Del Potro y Wawrinka. Disfruto su tuna a la sartén, sus célebres milangas y, sobre todo, esa buena onda que Rolotti supo imprimirle.
Pues bien, parece que me van a desapegar de Novecento a la fuerza. Si prospera un pleito que está en los tribunales, pasará la topadora y sobre sus ruinas construirán una megatorre. Si ése es el destino, lo acepto con resignación. Pero tengo un último deseo. No quisiera ver ahí una Trump Tower.
No me pidan tanto.






