
Caucásicos pero occidentales
Con su economía debilitada y la unidad nacional en peligro por las tensiones separatistas, los georgianos aspiran a formar parte de la OTAN para compensar lo que consideran la intromisión rusa en sus asuntos internos. Si esto ocurre, se alterará el mapa de seguridad de la región.
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TBILISI.- EL escritor georgiano Konstantin Gamsajurdia honraba la capacidad de su loro para las lenguas hablándole en georgiano. Reservaba el ruso para impartir órdenes a su perro. La correspondencia lingüística que establecía para cada escala zoólogica tenía una intención, flagrante, de afirmación nacionalista. A pesar de que su sentido del humor superaba con holgura el límite que en la Unión Soviética de la década de 1950 separaba la sutileza del insulto, el régimen nunca molestó la tranquilidad del célebre intelectual.
Quizá nadie más en Georgia, que en el año 304 se convirtió en el segundo Estado en adoptar el cristianismo como religión oficial, emplee el trato bilingüe con sus mascotas como bandera de irredentismo. La exaltación de la lengua madre en contraposición al ruso parecería un anacronismo hoy en esta república caucásica, que el 9 de abril de 1991 se independizó de la Unión Soviética, poco antes de su disolución. Incluso, el georgiano Josef Stalin, ex seminarista en Tbilisi y cuyo retrato aún preside la estación ferroviaria de Gori, su ciudad natal que lo recuerda con orgullo, hasta su muerte como líder supremo de la URSS, habló el ruso con fuerte acento georgiano y cadencia insegura en la declinación de cada palabra. También Eduard Shevardnadze, ex comunista leal, ex canciller soviético durante el gobierno de Mikhail Gorbachov (1985-1991) y actual presidente de Georgia, tuvo que tomar clases especiales de ruso cuando ya era secretario del Partido Comunista republicano.
Los humores lingüísticos de los georgianos son apenas síntomas de los problemas que padece la nación. En Tbilisi, que alterna la fortaleza medieval de la reina Tamara con construcciones soviéticas de hormigón y casas del siglo pasado con balcones de madera tallada, hay edificios que han convertido las playas de estacionamiento en gallineros, donde las aves comparten a veces su morada con cerdos. La economía de subsistencia ha nacido en las ruinas de la planificada. La de mercado existe, más en el discurso del gobierno que en la realidad, y más como padecimiento que como remedio. Refugiados que huyeron de guerras separatistas en las regiones de Abjazia y Osetia del sur son huéspedes obligados, desde hace seis años, en hoteles como el Iveria y el Adjaria, que hoy conservan por todo legado de su pasado de gloria mármoles sucios y arañas de cristal bohemio y gusto soviético.
Separados por el idioma
Suerte de Babel ignoto, en Georgia la cantidad de lenguas que habla cada habitante suele ser inversamente proporcional a la importancia demográfica del grupo étnico al que pertenezca. No es inusual que un barrendero o taxista yezidí -un pueblo de origen kurdo que tiene por religión la adoración del demonio- hable con fluidez georgiano, armenio, ruso y turco (las lenguas más habladas en la capital), además de su propio idioma. Un político "kartveliano" -la etnia madre, o lo que sería, en términos poco simpáticos, georgiano "puro"- es probable que sólo hable ruso, y mal o de mala gana, además del georgiano.
A pesar de que los georgianos presumen de tolerantes, los armenios -que están en Georgia desde que ésta existe- vienen denunciando presiones para forzar su asimilación. Robert N., un ex diplomático georgiano de origen armenio que se apresta a realizar un curso en Tufts University, en los Estados Unidos, becado por la Comisión Fullbright, dice que se vio obligado a abandonar el servicio exterior al verse ignorado permanentemente en la carrera de ascensos. "Me sugerían que georgianizara mi apellido." Ello es lo que hizo Karen Akobidze (antes Akopian), policía, para progresar en la fuerza. "Pero cambié mi apellido sólo cuando se lo impusieron como condición a mi hija para que le dieran un premio en Bellas Artes."
Es esta política de asimilación forzada, que alcanzó su paroxismo con el primer presidente de la independencia, Zviad Gamsajurdia (1990-91), hijo de Konstantin y heredero de sus ideas, la que provocó el hartazgo de abjazios y osetas al punto de aspirar a independencias a sangre y fuego. La consigna de Zviad, "Georgia para los georgianos", logró ello, en el sentido minimalista de la noción: el país se está reduciendo a los territorios kartvelianos. El potencial de descomposición del país sigue siendo explosivo. Los armenios de Javakhetia tienen milicias separatistas, que han tenido escaramuzas con las tropas georgianas. Es una situación que, naturalmente, tanto Armenia como Georgia buscan descomprimir. Pero también los mingrelios, una minoría emparentada con los kartvelianos, tienen aspiraciones independentistas. Son un millón, y ocupan la región central y una de las más fértiles de la república. Una Mingrelia independiente quebraría el espinazo de Georgia. Las aspiraciones separatistas se extienden incluso a la provincia meridional de Marneuli, de población azerí, que aspiran a la anexión con su vecinda madre patria Azerbaiján.
El nacionalismo lingüístico del gobierno georgiano refleja tanto el rechazo por el imperialismo de Rusia, pasado y potencial, soviético y no, y las ansiedades que provoca entre las minorías el empleo de sus propias lenguas, una forma más de independencia. Si no justificable, es comprensible en un país donde se hablan doce lenguas y que perdió la región de Abjazia y con ella el puerto de Sujumi y una amplia costa sobre el mar Negro, cuyo otro puerto de importancia, Batumi, está en la región de Adjaria, gobernada a placer y capricho por Aslan Abashidze, que a fuerza de demagogia y abusos de los temores georgianos a perder también esa provincia ha logrado consolidar un amplio grado de autonomía para los adjarios, una etnia caucásica de mayoría musulmana. Osetia del sur, ya pacificada, también se encuentra -no se puede decir "goza"- en una situación de independencia de facto.
Desde hace casi dos siglos, Georgia tiene dos problemas sus minorías y Rusia, que nacen de uno fundamental: su lugar en el mundo y su identidad. Los georgianos kartvelianos gustan definirse como europeos en virtud de sus valores culturales y, sobre todo, de su cristianismo. Pero el contraste no puede ser mayor en un país que está separado de Europa por el Cáucaso, el mar Negro y Turquía, y que tiene por sus otros vecinos a Armenia, Azerbaiján y Rusia, el más europeo de los cuatro y aun así con calidad discutible. En todo caso, el europeísmo de Rusia no la hace más agradable a los ojos georgianos.
Para el diputado Revaz Adamia, el debate sobre la identidad europea de la nación está resuelto: "Desde un punto de vista político, ya está decidido que Georgia es parte de Europa, ya que somos miembros del Consejo de Europa y el nuestro es considerado un país europeo. En cuanto al nivel cultural, diría que pertenecemos definitivamente a la cultura europea, más relacionados con la gran región mediterránea. Y se pueden apreciar grandes influencias mediterráneas aquí en Tbilisi. Por lo tanto, también desde ese punto de vista nos consideramos a nosotros mismos europeos y no asiáticos. Por supuesto que estando tan cerca de países asiáticos como Irán u otros, en el curso de los siglos tuvimos gran influencia de ellos, incluso en la lengua. Pero aun así nuestras tradiciones son europeas, son cristianas y de algún modo logramos conservar nuestras influencias europeas. Diría que desde ese punto de vista, somos mucho más europeos que los turcos, aunque ellos se consideran a sí mismos como europeos. En cuanto a la geografía, no creo que el Cáucaso pertenezca a Asia. Creo que está en el límite de las naciones europeas. En dos palabras, por supuesto que somos europeos".
Las implicaciones de esta definición no se agotan en el plano cultural. Europea como es en la concepción de sí misma, Georgia mira hoy hacia occidente para asegurarse sus intereses defensivos y económicos. El diputado Adamia, presidente del Comité de Defensa y Seguridad del Parlamento de Georgia, es uno de los promotores de la política de acercamiento a la OTAN, con la aspiración manifiesta de lograr incorporarse a ella en el futuro.
"La OTAN es el garante único de las naciones que la componen y garantiza el desarrollo democrático de los países que pertenecen a él", indica Adamia. "Especialmente -continúa-, teniendo en cuenta el vecindario que tenemos, es decir, Rusia en el norte, otros países en el sur, nosotros como una pequeña nación definitivamente deberíamos encontrar amigos en la alianza que garantice nuestra seguridad. Por lo tanto, nos podemos considerar como una nación que tratará de integrar la OTAN, desarrollará su estructura según los patrones que fije la alianza atlántica -la estructura militar por supuesto- y trataremos de encontrar nuestro lugar en la estructura general de seguridad europea. Esa opinión es muy común en el parlamento, independientemente de las filiaciones partidarias, excepto algunas en fuerzas muy marginales tales como el Partido Comunista, que prácticamente no tiene predicamento en la sociedad. Ello refleja también la actitud de la sociedad. Confío en que la OTAN también estará deseosa y dispuesta a aceptar a Georgia, como a otros estados soviéticos, en una ocasión futura."
Movimientos en el tablero
Optimismo aparte, de concretarse ello se alteraría en forma radical el mapa de seguridad del Cáucaso. Como Georgia, Azerbaiján también busca alinearse con la alianza atlántica para compensar lo que ambos consideran la intromisión rusa en sus asuntos internos y el presunto interés de Moscú de promover su descomposición nacional al favorecer los separatismos de otros grupos étnicos. La pérdida del enclave armenio de Nagorny Karabagh, hoy independiente de facto, que desde 1923 y hasta 1988 estuvo comprendido en las fronteras de la República Socialista Soviética de Azerbaiján, convenció a los azeríes de que no pueden contrariar los intereses rusos. Durante los primeros años de su independencia, Azerbaiján buscó establecer un eje defensivo con Turquía, con la que está emparentada por lengua y cultura, pero el fracaso de esa política la indujo a la cautela ante el Kremlin, al que no busca provocar, pero en el que tampoco confía. Armenia, por su parte, es el bastión de las fuerzas armadas rusas en el Transcáucaso.
Las expectativas que alientan los georgianos de poder incorporarse a las estructuras colectivas de seguridad y cooperación europeas tienen su explicación azerí: el petróleo del mar Caspio. Las reservas petroleras de Azerbaiján, que no tienen punto de comparación con la vastedad de las existentes en el Golfo Pérsico, para salir hacia los mercados occidentales pueden hacerlo por cuatro rutas: Irán, vedada por los Estados Unidos; Armenia, inviable por el estado de guerra -a pesar de cinco años de tregua- con Azerbaiján por Karabagh; Rusia, a la que todos se oponen para no darle al Kremlin una herramienta más de presión, y Georgia, que es la favorita de las petroleras europeas y norteamericanas.
En la imaginación de los georgianos, el oleoducto es la línea de salvación que los va a unir a Europa y sus certezas de prosperidad. Es también una línea de división con Rusia que todavía se resiste a renunciar al Cáucaso como un espacio de defensa propia. Tavit Marteidze, analista internacional de la consultora BS Press & Consulting en Tbilisi, sostiene que el petróleo del Caspio va a crear "un cordón de prosperidad" en la región transcaucásica y que su evolución futura va a extender los beneficios incluso a Rusia y a su aliada Armenia. "Ni a los rusos ni a los armenios les conviene que Georgia sea pobre e inestable: son enfermedades más contagiosas que la riqueza." Quizá para entonces, esta república haya resuelto su orfandad de Europa y la paternidad de Asia que rechaza.




