
Caudillismo radical
Por José Ignacio García Hamilton Para La Nación
1 minuto de lectura'
Alrededor de 1890, el radicalismo surgió en demanda de pureza del sufragio, moralidad administrativa y federalismo. Los hijos de los políticos que hacían fraude (los Alvear, los çlzaga, los Paz Posse) les dijeron a sus padres: "Hasta que no haya elecciones libres, nosotros no participaremos". Cuando Carlos Pellegrini llamó a estos jóvenes de la Unión Cívica para consultarlos sobre su sucesión presidencial, Leandro Alem e Hipólito Yrigoyen le respondieron: "Queremos comicios, no conciliábulos".
Tras el temprano suicidio de Alem, el principismo radical encarnó en su sobrino Yrigoyen, que se trasformó en el caudillo que durante más de dos décadas representó estos ideales con su personalidad atrayente y misteriosa, hasta que logró arrancar en 1912 la famosa ley Saénz Peña de voto secreto y universal. Cuando don Hipólito asumió la presidencia en 1916 y una carroza lo llevaba desde el Congreso hasta la Casa Rosada, sus partidarios desataron los caballos y tiraron el carruaje, como signo de total adhesión. En el llano, manejando a los dirigentes desde su cueva (por eso lo llamaban "el Peludo"), o desde el gobierno, afirmando el clientelismo político con el desmesurado empleo público, Yrigoyen se convirtió en un líder venerado.
Liderazgo carismático
Aunque Marcelo T. de Alvear tenía un pensamiento más claro y fue mejor administrador, la corriente personalista de Yrigoyen dominó a la UCR hasta su muerte e incluso lo sobrevivió. Ni Marcelo ni los jefes partidarios que lo sucedieron (Sabatini, Frondizi o Balbín, por ejemplo) llegaron a su nivel de liderazgo carismático ni a su poder de convocatoria incondicional.
Al producirse la declinación de la dictadura militar de 1976-1983, en el radicalismo emergió un nuevo dirigente que había defendido con valentía los derechos humanos y había criticado la aventura belicista de las Malvinas. Así como Yrigoyen decía que su programa era la Constitución Nacional, el candidato Raúl Alfonsín electrizó a las multitudes recitando el preámbulo de nuestra Carta Magna y, al ganar la presidencia para la UCR, se constituyó en un caudillo democrático de viejo estilo, que hasta llegó a seducir a peronistas que añoraban el antiguo verticalismo, como el entonces gobernador de La Rioja. Durante su gobierno de difícil transición se respetaron las garantías cívicas y se eliminaron las discriminaciones ideológicas. Y la tentación de encabezar un confuso "tercer movimiento histórico", con reelección incluida y sabor hegemónico, se esfumó por la crisis económica que precipitó la entrega del poder.
Pero ni la debacle inflacionaria ni las leyes de obediencia debida y de punto final, desdichadas amnistías que opacaron el juicio a los ex comandantes, afectaron la capacidad de liderazgo partidario de Alfonsín. Contrariando la tradición intransigente de la UCR ("no cuenten con nosotros"), que el partido había ratificado con heroica firmeza en 1949 al oponerse a la reelección de Perón, en 1993 firmó con el presidente Menem el Pacto de Olivos, que estuvo inspirado en el pragmático emblema de "ya que van a hacerlo, mejor que lo hagan con nuestra participación".
Estilo sudamericano
A cambio de introducir en la Constitución instituciones de dudoso beneficio (el tercer senador, la eliminación del colegio electoral) o que alteraron su esencia representativa (el referéndum, las consultas populares), el jefe radical concedió un segundo período consecutivo al mandatario justicialista, lo que orilló las viejas prácticas de absolutismo político e incumplimiento de la ley propias de nuestra cultura autoritaria. Aunque esta actitud sorprendió al país y defraudó a gran parte de la dirigencia histórica, Alfonsín logró la aprobación de su postura en la Convención partidaria de Parque Norte, al contar con los votos del angelocismo.
Con su calidez personal, su conducta austera y sobria, su seductora simpatía y su inmenso conocimiento de la gente y de las cosas del país, Raúl Alfonsín había llegado a ser un caudillo nato del partido, alguien a quien, de acuerdo con el emocional estilo sudamericano, los afiliados no siguen por sus ideas, sino simplemente por su persona.
Hoy, por encima de sus méritos, contradicciones o desaciertos, la ciudadanía lo acompaña en su accidente porque lo reconoce como a un conductor que ayudó a transitar, desde la dura barbarie de la tiranía, hacia la difícil construcción de la República.





