
Chancho rengo nunca engorda
Quizá mucha gente considere que Roberto Lavagna es el personaje del año, pero a nadie extrañe que mucha otra gente opine que Natalia Fassi, la novia de Carlos Tévez, lleva acumulados más méritos para ostentar ese título. En cambio, ¿quién duda de que la palabra del año ha vuelto a ser default? Especialmente agraviante para los lingüistas reunidos en Rosario el mes último, esa voz inglesa proyecta una sombra infamante sobre el destino patrio, azaroso in extremis desde que el dicharachero Adolfo Rodríguez Saá promovió vivas y hurras en el Congreso Nacional, en diciembre de 2001.
Como se recordará, aquella algazara bendijo la decisión de transgredir estrictas reglas del juego económico y financiero, e instaló a la Argentina en la categoría de país chancho rengo, medio falluto, y no sólo internacionalmente: del mismo concepto participan el capo cómico -devenido trágico- Nito Artaza y su vasto elenco de damnificados por la muerte súbita de la convertibilidad.
La penuria subsiste, el Gobierno chapotea en una ciénaga de promisión para sanguijuelas de todo carácter, y el default pasó a convertirse en un folletín turbulento, de nunca acabar y tan enrevesado que nadie lo entiende. El asunto resulta inextricable por el simple motivo de que sólo una ínfima minoría de argentinos se graduó con medalla de oro en ciencias económicas. Así, tal escasez contribuye eficazmente a la confusión general y consigue que el ciudadano común, apenas acostumbrado a llevar las cuentas de sus gastos de supermercado y Quini 6, sufra vahídos no bien se asoma a la deuda externa.
Parecería que el meollo del espanto es éste: el Gobierno pretende canjear una ancestral morosidad en el pago de algo así como 103.000 millones de dólares por unos bonitos bonos destinados a extender en tiempo, espacio y paciencia la ansiedad de los acreedores. Pero los acreedores no tienen nada en común con San Francisco de Asís y si se manifiestan furiosos es porque los negociadores non plus ultra del Palacio de Hacienda aspiran a que la deuda merezca, además, una poda promedio del 70 por ciento. Se diría, una módica rebaja de fin de temporada. A partir de ahí, entender un poco más la trama del escabroso folletín es casi imposible. ¿Por qué los bonos podrían convertirse en prosaico papel picado si la US Securities & Exchange Commission norteamericana no les prodiga cariño y maternal protección? Ah, misterio.
Largo es el calvario del país chancho rengo, y nadie exija que luzca vigoroso, gordo en recursos, si la cojera persiste, si la palabra default no se convierte, el año próximo, en arcaico barbarismo.





