Chávez contra EE.UU.
El antiamericanismo del presidente venezolano es meramente instrumental, una estrategia destinada a galvanizar sus propias fuerzas forzando la aparición de un poderoso enemigo exterior
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MADRID.- Es obvio que Hugo Chávez está buscando un enfrentamiento con Estados Unidos. Insulta constantemente a Bush, profiere vulgares alusiones sexuales a Condoleezza Rice, amenaza con suspender el suministro de petróleo a los norteamericanos y no pierde una sola oportunidad de asociarse a los enemigos de Washington, ya sea Irán o su hermano Khadafi. Simultáneamente, financia y ayuda a todos los movimientos subversivos de América Latina, desde el MAS de Evo Morales que mantiene en jaque a la precaria democracia boliviana a las narcoguerrillas comunistas colombianas.
¿Por qué ese irresponsable comportamiento? Obvio: Chávez necesita un poderoso enemigo exterior para galvanizar a sus propias fuerzas. La dirigencia chavista, que tiene mucho de olla de grillos, es una mezcla mal forjada de comunistas, militares sin prestigio, radicales de rompe y rasga, zombies de la guerra fría, como su vicepresidente José Vicente Rangel, y ganapanes de la nueva clase económica oficial enquistada en los millonarios presupuestos de los petrodólares. Ahí no existe una ideología vertebradora que los discipline. Como no la hay entre sus electores, a los que sólo puede atraer a las urnas mediante el populismo más ramplón de otorgarles algunas dádivas. No es militancia, sino clientela. Son estómagos agradecidos. Chávez, además, necesita proyectar su imagen exterior y le parece que debe prepararse para desempeñar el papel de "David contra Goliat", espléndidamente representado por Fidel Castro a lo largo de medio siglo de tragedia caribeña, tan pronto como el Comandante elija morirse y pasarle la antorcha del antiimperialismo en medio del divertido velorio.
Pero más allá del carácter instrumental de su antiamericanismo, Chávez ha decidido acelerar el paso en dirección del modelo cubano, ese "mar de la felicidad" como él lo llama. Y la razón también es fácil de entender: mientras el chavismo no pasa de ser un torrente de palabras huecas, un infinito chorro de saliva para entretenerse los domingos viendo el programa "Aló, presidente", el marxismo-leninismo es un sistema de creencias y gobierno perfectamente articulado. Tiene una utopía, una visión de la realidad, un diagnóstico, un código ético y unos objetivos. Tiene, además, un modo de administrar el Estado. Es una dictadura-llave-en-mano utilísima para caudillos que desean perpetuarse en el poder.
El problema es que ese tipo de organización de la sociedad ha fracasado siempre, en todas partes y en cualesquiera circunstancias. Fracasó en Rusia y en Alemania, en Corea del Norte y en Nicaragua, en Mongolia, en Yugoslavia y en cuanto microclima histórico, geográfico, cultural, étnico o político se intentó. Fracasó en pueblos eslavos, germánicos, escandinavos, latinos, turcomanos y asiáticos. Fracasó en sociedades de formación bizantino-cristianas, protestantes, católicas, budistas, mahometanas y confucianas. En Estados enormes y en pequeños enclaves. En naciones pletóricas de riquezas naturales y en otras dotadas de un excelente capital humano. Sencillamente, el presupuesto teórico, el marxismo, era un disparate, y la práctica de gobierno, el leninismo, un inmenso e improductivo calabozo que inevitablemente conducía al atraso material relativo, a los atropellos más crueles y a la desesperación general.
¿Y China? China dejó de ser marxista, restableció la propiedad privada y en vez de combatir al primer mundo, se dedica a venderle cachivaches. Por eso prospera. Sigue siendo una atroz tiranía, pero eventualmente, de la mano indirecta de las grandes potencias occidentales, abandonará el partido único y descubrirá el pluralismo político, la democracia y los derechos humanos, como ya sucediera con Taiwán o Corea del Sur.
La mayoría de los venezolanos, exceptuada la cúpula dirigente, comparte este análisis. Según las encuestas más solventes, sólo el 6% admira a Cuba como un modelo válido de referencia y el 85% se opone a que intenten reproducirlo en Venezuela. Sin embargo, el camino que Chávez ha encontrado para sortear ese "pequeño" obstáculo es el enfrentamiento con Estados Unidos. Supone que una crisis con Washington, con riesgo real o inventado de desembarco de marines, le servirá como coartada para declarar traidores a la patria a quienes se opongan a la defensa de la revolución. Dentro de ese clima de inducido histerismo colectivo, el Caudillo, el chavismo, las fuerzas armadas, la patria y su propio partido formarán una "unidad monolítica", en cuyo nombre será posible cometer cualquier crimen o destruir a cualquier adversario.
Es tan obvia esta estrategia de confrontación diseñada por Chávez que resulta imposible ignorarla, lo que precipita a las naciones democráticas a hacerse una pregunta fundamental: ¿es razonable dejarse arrastrar por este aventurero a una vorágine de conflictos y enfrentamientos que sólo puede tener un desenlace violento, probablemente dentro de las propias fronteras venezolanas? Es verdad que Chávez anda por el mundo con una jugosa chequera que maneja sin control, pero, ¿vale la pena o es moralmente justificable entrar en esa peligrosa dinámica para venderle armas y barcos de guerra, o para acompañarlo en sus delirantes planes de crear grandes empresas públicas multinacionales en las que acabarán enterrando miles de millones de necesitados dólares? Son preguntas a las que hay que responder rápidamente. La crisis se agrava.
LA NACION y Firmas Press





