Chernobyl: símbolo con final anunciado
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SE informó recientemente acerca del cierre de la central nuclear de Chernobyl, situada en Ucrania. La clausura, ahora definitiva, ha de producirse el próximo 15 de diciembre, según palabras del presidente de ese país.
En verdad no es la primera vez que se anticipa el fin de esta usina de trágica memoria. La catástrofe mayor de la historia electronuclear se produjo allí el 26 de abril de 1986. Cuatro años más tarde, el Parlamento ucranio votó favorablemente una propuesta para obrar en cooperación con el Ministerio de Energía Atómica e Industria de Moscú con el propósito de ordenar pasos graduales hasta llegar a la clausura de la usina en 1995.
Sin embargo, no fue así. Pese a la severidad de las consecuencias de lo acontecido, ha transcurrido un quinquenio más para que el cese de Chernobyl se tornara real, como tenía que suceder en función de la gravedad asumida por los efectos del estallido. De modo inmediato hubo una treintena de muertos. En las siguientes semanas la fuga radiactiva provocó 8000 víctimas más. Pero esto resulta poco si se piensa que alrededor de 300.000 personas padecieron leucemia en los años posteriores.
Hubo más todavía, ya que las nubes radiactivas impulsadas por el viento alcanzaron distantes áreas geográficas de Rusia, Bielorrusia y otras naciones del continente europeo. En 1998 aún se comprobaba radiactividad del mismo origen en la alta montaña del arco alpino que se eleva entre Francia, Italia, Austria y Suiza. Desde luego, fueron así contaminadas la vegetación y la fauna continental y esto se reflejó en diversas patologías y mutaciones.
Esta suma de males no aceleró el cierre de la usina, en la cual la explosión del cuarto reactor fue el comienzo de la catástrofe. Hubo sí, una rápida preocupación destinada a establecer las causas humanas y tecnológicas del accidente nuclear. Habiendo sido el gobierno de la ex URSS el responsable de la construcción y puesta en marcha de ese emprendimiento, los ojos se volvieron a Moscú, que procedió a juzgar al personal directivo y técnico de Chernobyl "por graves violaciones a las normas de seguridad".
No obstante, esta acusación no disipaba la inexcusable conducta del gobierno comunista por la tardanza en reconocer el hecho e informar al exterior a fin de que se adoptasen las previsiones del caso. Las necesidades de energía eléctrica de Ucrania obligaban a buscar fuentes alternativas. Mientras tanto, Chernobyl siguió funcionando con tres reactores; en el cuarto se había producido el estallido. El alto riesgo latente de una usina atómica con fallas comprobadas sirvió como pieza de negociación entre el gobierno de Kiev y el Grupo de los Siete países más industrializados, los que comprometieron su ayuda financiera por un monto de 3100 millones de dólares, destinados a construir una nueva planta.
Estados Unidos acordó finalmente con Ucrania la desconexión escalonada de los reactores que restaban y ha contribuido ahora con una suma de 80 millones de dólares para las operaciones de cierre final.
Según se ve, Chernobyl, al igual que muchas de sus víctimas, ha tenido una prolongada agonía, en la que han obrado graves errores humanos y cálculos políticos. Sus efectos devastadores han dejado una estela de destrucción en la sociedad y en la naturaleza. De este modo trágico, la usina de Ucrania se ha constituido en un símbolo de lo que no debe ser el progreso tecnológico y ha adquirido el perfil de un caso emblemático para los movimientos ambientalistas.
El recuerdo de este penoso episodio tiene que estar presente en quienes diseñen y planifiquen obras de producción electronuclear.





