Chile: una coalición que lucha contra su éxito

Carlos Vergara
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11 de mayo de 2014  

SANTIAGO.- Nacida como pacto instrumental de oposición a la dictadura del general Augusto Pinochet, para luego dominar la política chilena durante dos décadas ininterrumpidas (1990-2010), la Concertación es, sin lugar a dudas, la coalición política más relevante y exitosa de la historia de Chile.

Hoy, tras un paréntesis de cuatro años (2010-2014), bajo la administración centroderechista de Sebastián Piñera, el conglomerado está de regreso de la mano de Michelle Bachelet en una versión remozada, llamada Nueva Mayoría.

Su evolución, asimismo, es de una particularidad sin igual, pasando desde la aplastante influencia de los partidos más influyentes (Democracia Cristiana y Partido Socialista) hasta una estampida de desencantados (Marco Enríquez-Ominami, Adolfo Zaldívar y otros), un estruendoso fracaso (la derrota de Eduardo Frei ante Piñera) y una reinvención que sólo fue posible apelando al caudillismo de Bachelet e integrando a los movimientos sociales y a la extrema izquierda.

Tras la victoria sobre Pinochet en el plebiscito de 1988 y la posterior elección del democristiano Patricio Aylwin, la Concertación comenzó a poner en pie, más que el país soñado, el país posible. Así, se produjeron los primeros desgajes de esa coalición inicial de 17 partidos. Los humanistas, los verdes, la izquierda cristiana y los comunistas, por ejemplo, optaron por otro camino que los alejaba de "la larga noche neoliberal", como la llama el presidente de Ecuador, Rafael Correa.

Las hegemonías partidarias también hicieron lo suyo. La preponderancia de la Democracia Cristiana hizo posible que otro de sus filas, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, fuera quien sucediera al gobierno de transición democrática.

Las primeras señales de agotamiento se advirtieron a fines del año 1999, cuando el derechista Joaquín Lavín forzó un ballottage con el socialista Ricardo Lagos, tras perder la primera vuelta por apenas 30.000 votos. "La Concertación fue muy exitosa, pero su propio éxito agotó su vigencia", reflexiona el ex ministro Genaro Arriagada.

Después de Lagos, llegó el histórico minuto de Michelle Bachelet, la primera mujer en llegar al palacio presidencial de La Moneda. Sin embargo, las grietas ya comenzaban a dejarse ver. En su texto Chile actual: el proyecto político de la Concertación, el abogado y analista Carlos Peña anticipó en 2007 -a mediados del primer gobierno de Bachelet- la crisis que viviría el conglomerado en los años venideros. "El problema de la Concertación es que ha modernizado al país, pero al hacerlo, dio lugar a un tipo de ciudadanía que le es difícil comprender", escribió Peña. Como si hubiese sido un infeliz vaticinio, poco después se produjo la catástrofe. La falta de renovación llevó a la centroderecha, encabezada por Piñera, a ganar su primera elección en medio siglo.

"La crisis de la Concertación terminó siendo una gran crisis de liderazgo. Y, sin él, ni siquiera la coalición más grande y exitosa de la historia chilena pudo ganar una elección reñida", explica a la nacion el analista de medios Luis Argandoña. "La derrota de 2009 ante Piñera fue relevante, pero (la coalición) fue capaz de mutar y crear un nuevo conglomerado, la Nueva Mayoría, más laxo y plástico que la Concertación", rebate, por su parte, el publicista Eugenio Tironi.

En suma, la Concertación tuvo que aprender a ser oposición. Las revueltas estudiantiles que sacudieron al gobierno de Piñera fueron otro llamado de alerta, al que se sumaron explosiones de disconformidad en todo el país. Por ese entonces, diversos políticos comenzaron a hablar de un nuevo "pacto social", buscando fórmulas para integrar a los distintos movimientos. "La Concertación fue responsable de mantener y profundizar un modelo que dejó instaurada la dictadura y que amarró a través de la Constitución. [...] Yo creo que la Concertación está muerta. Dejémosla descansar en paz", dijo la ex líder estudiantil y hoy diputada comunista Camila Vallejo. Tal agotamiento también respondería a otras causas, como la endogamia y oligarquización de las elites, ayudadas por el sistema político binominal y la poca competencia.

La falta de renovación y la crisis de los partidos abrieron las puertas para la irrupción de Bachelet, un fenómeno que algunos consideran peligrosamente cercano al caciquismo.

En la coalición gobernante, la falta de coincidencia programática ya ha provocado ruido: visiones contrapuestas sobre la crisis de Venezuela, la necesidad de una asamblea constituyente en Chile y las reformas tributaria y educativa son prueba de ello.

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