
China en Argentina
Todos los años una multitud se acerca al Barrio Chino para sumarse a los coloridos festejos del año nuevo. Pero a pesar de la popularidad de esas calles, la integración de esa comunidad oriental en el país es todavía muy despareja, frenada por la barrera del idioma, los prejuicios mutuos y la desconfianza Por Veronica Dema y Gustavo Barco
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El arco chino y sus leones boquiabiertos se tambalean cuando el tren del Mitre va y viene por las vías que delimitan al chinatown vernáculo, en Belgrano. Hace unos días, más de 50.000 personas llegaron hasta la calle Arribeños para sumarse a los festejos del año nuevo chino. Desfile del dragón, fuegos artificiales, tambores y platillos agregaron color a las de por sí ya coloridas calles del barrio, con sus locales de baratijas rutilantes, sus supermercados de variedades asiáticas y casas de comida oriental.
Pero cuando el tren Mitre sacude las vías, a su paso no sólo tiembla el arco de entrada, también tiemblan los carteles que colgó un grupo de vecinos para repudiar ese portal asiático al que califican como "territorial" y al que, en una bizarra ceremonia, el jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, tuvo que inaugurar desde su despacho por temor a la furia vecinal.
"¿Argentino? Vago, garca, habla mucho no hace nada, siempre queja."
"¿Chinos? Cerrados, mafia china, apagan las heladeras."
Son algunas de las frases que de un lado y otro suelen escucharse por lo bajo y, al menos en el barrio de Belgrano, a voz en cuello y megáfono en mano.
Es que -aunque el éxito de convocatoria del exotismo oriental podría hacer pensar lo contrario- los prejuicios y resquemores mutuos entre los argentinos y los nuevos ciudadanos orientales existen. Y eso que los más de 70.000 inmigrantes que viven en la Argentina ganan cada vez más influencia comercial y económica en nuestro país. Al igual que China, el gigante asiático de donde se fueron escapando del hambre, hoy están en plena expansión y viven con orgullo el despegue internacional de su lejana tierra.
Tal vez la integración de la comunidad china en la Argentina pase por lo estrictamente comercial: 4,2 millones de personas se abastecen de las góndolas de los más de 4000 supermercados chinos que funcionan en el país. En estos nuevos "almacenes de barrio" en donde no se fía, rara vez se conversa del pronóstico del tiempo, de la familia, ni de nada: el dinero es el único idioma que vale. Aunque entre ellos, los dueños del lugar, sí conversan en fluido chino, el cliente no entra en ese mundo privado. Como contraparte, también, muchos orientales quedan fuera de una charla en castellano. Así, el "no entiendo" bien aprendido pareciera estar de ambos lados del mostrador. Y eso no sólo en el barrio chino, por supuesto, sino en cualquier lugar del país en donde inmigrantes venidos de China se hayan establecido.
Ejemplos de la incomunicación entre argentinos y chinos hay a montones. También de la desconfianza y el hermetismo que surgen cuando las culturas intentan saber una de la otra. Es lo que sucede cuando Lu, 60 años, dueña de un restaurante de comida china en Barrio Norte, cuenta su historia. Aunque intenta ser simpática, le resulta muy difícil comunicarse y con gestos casi siempre pide que le repitan las frases con otras palabras. Suspende sus dedos en forma de V para decir: "Dos años, volver; volver a China. Todo el día parada en la cocina. Trabaja mucho. Argentino, muy amable, pero mucho roba. Yo alquila para poner negocio. Ahora va muy bien". Detrás del divisorio de madera, la cocina del restaurante, aparece su marido. El hombre mira silencioso, enojado con su mujer, que se dispone a ventilar sus vidas, y con el cronista, que pregunta demasiado.
En el otro extremo del abismo cultural se encuentran Oscar y su familia, que hacen un esfuerzo por no olvidar sus raíces culturales y, al mismo tiempo, por sumarse al tejido social y cultural de estas pampas.
Zheng Ji Cong -Oscar en esta parte del continente- parece un argentino más en lo cotidiano, en cómo se toma la vida, cómo educa a sus dos hijos, cómo invierte su tiempo. Tanto parece un argentino más que hasta se ha habituado a vivir en la inseguridad: una cicatriz violenta le recorre de punta a punta el abdomen, recuerdo de la última vez que lo asaltaron en uno de sus locales.
Vive en la Argentina desde los 12 años, cuando llegó con sus padres y el castellano le parecía un trabalenguas insufrible, y hoy tiene una rara mezcla entre lo oriental y lo latino. Dueño de un restaurante y supermercados, tuvo la valentía de desafiar los mandatos milenarios y de elegir él mismo a su esposa, una mujer peruana. Se tomó otra libertad: rebautizarse, inspirado en los premios de Hollywood.
"La integración es difícil. El chino trabaja mucho, no tiene tiempo de ir a estudiar español, no es que no le interese. Piensa sólo en trabajar para pagar su deuda, si es que la tiene", aclara Oscar, que, ya sin ese peso sobre sus espaldas, se da el lujo de dedicar horas del fin de semana a ir al cine con su familia, jugar a la computadora con los chicos o leer libros chinos que baja de Internet.
La deuda a la que se refiere Oscar tiene que ver con la apuesta inicial para establecerse. Muchos de los inmigrantes que llegan, además de sus ganas de trabajar, traen deudas, ya sea para el negocio que vienen a montar o, simplemente, por el pasaje que algún familiar abonó para el ingreso al país. Nada es un regalo: se pagará con trabajo y más trabajo. Ernesto Fernández Taboada, director ejecutivo de la Cámara de la Producción, la Industria y el Comercio argentino-chino, prefiere destacar el espíritu de trabajo, la cualidad que -considera- permite que la comunidad china sea aceptada en la Argentina y en el mundo, pese a que, como señala, pueda haber habido al principio algún tipo de rechazo por las diferencias físicas y culturales. "Cuando se vio que son trabajadores, austeros, que no piden limosna, que son un ejemplo de vida en familia, la sociedad los fue aceptando más".
El idioma, admite, es una traba para la integración. "En la Cámara intentamos dar español para chinos, pero fue un fracaso rotundo porque no tienen tiempo para ir a clases y, además, les es suficiente con lo que aprenden diariamente en el ejercicio de su negocio. La necesidad produce maravillas".
Consciente de que la barrera idiomática es un problema, la comunidad china desarrolló un multimedio que consta de una editorial, una revista mensual, un semanario y la única radio china en el país. Desde allí, por ejemplo, se emiten palabras en castellano y su traducción en chino y viceversa; es la radio que se escucha en todos los supermercados "conectados".
Génesis del Barrio Chino
Los primeros orientales llegaron de Taiwán y Hong Kong entre los años 60 y 70 del siglo pasado; fueron ellos los que les vendieron a los chinos el "know how" del rubro supermercadista. La inmigración china, que se consolidó entre los 80 y los 90, proviene principalmente de Fujian, una provincia al sureste de China donde el fuerte es el comercio.
Según Sergio Cesarín, investigador del Conicet, experto en la comunidad china en la Argentina, optaron por instalarse en Belgrano porque es un barrio de clase media alejado del centro de la Capital. "La zona no era muy codiciada en aquel entonces por su bajo valor inmobiliario. La llegada de una gran masa de inmigrantes chinos continentales en los 90 lo consolidó como barrio chino", explica.
Hoy son 85 los comercios en la zona, según datos de la cámara de supermercados china; la asociación de vecinos del barrio de Belgrano dice que son muchos menos y denuncia que tres grandes importadores son los dueños de todo.
"Esto no es un barrio chino, si los que atienden los negocios no viven acá, son una minoría. Trajeron ese arco para que los turistas piensen que hay un barrio chino y lo más triste es que el Gobierno de la Ciudad lo promociona así. Los que ya conocen los portales que hay en otros países no se la creen", explica Enrique Banfi, otro vecino que se queja de los olores, la suciedad, el corte de árboles y el ruido constante de los camiones que entran y salen con mercaderías.
Mientras le dice esto a LA NACION, varios turistas se sacan fotos a un costado del colorido portal. Banfi, indignado, interrumpe la foto y se acerca a enumerarles la serie de "ilegalidades" que, según denuncia la asociación de vecinos de Belgrano, esconde esta obra de factura millonaria: 500.000 dólares aportados por el gobierno chino, según datos del arquitecto Miguel Angel Pita .
En cambio, Raúl, un argentino de 70 años, dueño de una agencia de quiniela instalada en el corazón del barrio hace más de dos décadas, está a favor de todo lo que genere movimiento. Ni hablar de las más de 50 mil personas que llegaron al barrio para los festejos del año nuevo chino. "Sin ellos el barrio era otro, muerto, desierto era. Ahora está lleno de vida, de visitantes de todas partes. ¿Ellos? Puede ser que sean cerrados... Aquí nunca vienen a jugar", aclara.
No sólo no se juegan a suerte y verdad en los juegos de azar argentinos: la comunidad china confía su look, sus peinados, la organización de sus viajes (con agencias de turismo propias), sus socios, tan sólo a sus paisanos. A lo sumo, los repositores, cajeros o verduleros de sus supermercados son de origen peruano o boliviano; para la carnicería, dicen que, a regañadientes, emplean a argentinos.
Por cierto que estas costumbres, más los episodios en que se ha comprobado el mal trato de algunos supermercadistas con trabajadores también inmigrantes, pero de países limítrofes, no ayudó mucho para hacer más amigable la imagen de la comunidad china en el país. Hubo denuncias por trata de personas, ya que se encontraron inmigrantes sin papeles en regla hacinados dentro de sus locales. Según fuentes de la agencia gubernamental de control del Gobierno de la Ciudad, área responsable de inspeccionar supermercados, los locales de propietarios chinos que se clausuran en forma habitual "incumplen normas de higiene y seguridad, no respetan la cadena de frío o tienen trabajadores ilegales que viven allí en condiciones muy precarias, en sótanos o depósitos de mercadería".
El secretario de la Cámara de Supermercados chinos, Miguel Angel Calvette, considera que existe una persecución. "Los comercios chinos sufrieron fuertes campañas de desprestigio, algunas impulsadas desde el sector empresarial; pero hemos ganado en el Inadi por publicidades de corte xenófobo", informa. Y apunta: "Las inspecciones en nuestros locales se vuelven persecuciones".
"Duerme, levanta, trabajar"
Con el paso del tiempo, esta cultura del sacrificio extremo empieza a ceder. Margarita, china nacionalizada argentina y dueña de un salón de té y galería de arte en el barrio chino, fue de las primeras en llegar al país, en el 73. "Cuando vinimos trabajaba con mi marido en cerámica 16, 18 horas. Duerme, levanta, trabajar", recuerda esta mujer delgada, con un corte tipo carré, que hoy tiene 62 años aunque parecen 40, y una sonrisa que no la abandonará ni ante preguntas incómodas como las referidas a la discriminación o la mafia. "En China argentino no tiene buena reputación. Pero yo no acepto que nadie criticar", continúa e invita a tomar el té de hierbas humeante. "Allá la vida es trabajar de lunes a lunes, ganar para poder vivir mejor. Argentino no es así, argentino disfrutar la vida mientras trabaja. Yo enseño a mis paisanos que hay que disfrutar más. Hay gente que no conoce Puerto Madero, Plaza de Mayo, que hace años que no sale del barrio chino. Antes yo era como ellos, pero ahora los llevo a la Recoleta, a pasear al Sur, a Patagonia, a disfrutar de toda la belleza de Argentina", cuenta Margarita.
Otros, en cambio, aún se resisten a perder las costumbres milenarias y, en nombre del trabajo, hay quienes están dispuestos a desprenderse de sus hijos desde los tres años hasta la adolescencia. Jiang Liang, un supermercadista de 35, conocido como Walter, envia a sus dos hijos a estudiar a China, donde los crían sus abuelos. Confía mucho en la educación de su país y cree que vale la pena el sacrificio de cumplir con la tradición.
Oscar piensa diferente. "En China hay una frase que dice que la hoja que cae, vuelve a su raíz. Para mí, la Argentina es mi lugar; mi raíz está acá y acá moriré". Sus chicos lo escuchan y hacen propio el sueño de su padre. Jack, el más grande de sus dos hijos, ni siquiera tiene ganas de aprender el idioma de sus ancestros. "Lo mandé a aprender chino hasta el año pasado. Dejó de ir porque me enteré de que la profesora les pegaba a los chicos. Es una costumbre de allá: cuando se portan mal les pegan con las reglas en los dedos. Llamé y les dije que no trajeran las costumbres de China", cuenta Oscar, y enseguida Jack lo interrumpe para corregirlo ("A mí no me pegó nunca pero sí a otros chicos") en una conversación de igual a igual que, en China, tal vez no sería posible.
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