
Cien días no es demasiado tiempo
Por Diego Ramiro Guelar Para LA NACION
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EL 18 de marzo de 1815, Napoleón Bonaparte entró en París aupado por 200.000 soldados veteranos y en medio del entusiasmo de su pueblo, que lo aclamaba después de la huida del temblequeante Luis XVIII.
Los jefes de las potencias (Inglaterra, Rusia, Prusia y Austria) que habían confinado al Gran Corso en la isla de Elba estaban en Viena repartiéndose el mundo restaurado después de la loca aventura iniciada en 1789 al compás de La marsellesa.
El emperador que había ocupado buena parte de Europa y que había tenido que renunciar después de su derrota en Rusia sabía que, si no golpeaba rápido, sus enemigos reunirían a un millón de hombres y aplastarían su intento de restauración. Con más de 500.000 hombres en armas, ocupó inmediatamente Bélgica y lanzó al mariscal Nell contra las tropas prusianas del general Bücher para impedir que éstas se unieran con las del general inglés Wellington. Ambas estaban acantonadas a poca distancia, en las cercanías de Bruselas.
Nell no remató su inicial triunfo y el 18 de junio, en el campo de Waterloo, terminó en desastre el sueño iniciado sólo cien días antes. En este hecho histórico se fundamenta el lugar común que dice: lo que no se hace en los primeros cien días no se hace nunca.
Desde las “usinas de pensamiento” del gobierno nacional y de la mayoría de los gobiernos provinciales y municipales que asumieron (o reasumieron) en estos días, así como desde las columnas de opinión de prestigiosos periodistas, las referencias a los planes de acción de esos famosos cien días se multiplican en versiones de máxima o de mínima para demostrar la fidelidad al mandato electoral, la diligencia en el ejercicio del poder o, al menos, la intención de demostrar algún resultado concreto antes de que la “máquina de impedir” los atrape inexorablemente.
Es nuevamente Francia, esta vez la contemporánea, la que vuelve a atraer la atención de todas las miradas: la pulseada por el poder entre el presidente Sarkozy y los sindicatos es una ratificación de la bicentenaria intentona napoleónica. Claro que, en este caso, hay una profunda propuesta de cambio que tiene detrás una larga experiencia de gobierno y una bien fundada argumentación politica e ideológica. Esa argumentación está sacudiendo hasta los cimientos a la sociedad francesa. Sus resultados, igualmente, nunca serán inmediatos.
Así como Napoleón no valoró en toda su gravedad el peso del invierno en su campaña rusa, nuestros estrategos de cabotaje deberían incluir el “factor verano”, a los efectos de hacer mas realistas sus hipotéticos escenarios.
Entre el 10 de diciembre de 2007 y el 20 de marzo de 2008 (cien días), las administraciones nacional, provinciales y municipales funcionarán, a lo sumo, a media máquina, por las vacaciones, y eso si no se suman los previsibles conflictos salariales que ya vienen despuntando en los últimos 60 días, acicateados por la inflación-que-no-existe- pero-se-nota.
La pretensión de obtener réditos políticos de corto plazo es un equivocado enfoque que poco tiene que ver con la desesperada intentona de Napoleón o con la profunda reforma administrativa que Sarkozy está planteando.
Las acciones de gobierno deben evitar los atajos y los golpes de efecto para abocarse a la tarea de gobernar con responsabilidad y prudencia, entendiendo como “corto plazo” los mil días iniciales (tres años), que les permitirán afrontar el año 2011 con un balance positivo (si esto se consigue).
Claro que 2009 es también un año electoral que aprieta los zapatos, pero intentar lo imposible puede ser contraproducente y peligroso.
Esperemos que la nueva presidenta cumpla con su compromiso de consensuar las futuras políticas sociales y económicas. De ser así, todos saldremos beneficiados y los más votados en 2009 serán los que mejor contribuyan a consolidar las instituciones por lo positivo de sus propuestas y su capacidad de comunicarlas y aplicarlas.
Para la tarea que tenemos por delante, cien días no son nada. El 21 de marzo, con el comienzo del otoño, deberemos seguir adelante con el mismo empeño y la decisión de recuperar el tiempo perdido.
No debemos olvidar que en ese momento estaremos en medio de los idus de marzo –según los astrólogos de la antigua Roma, un momento de buenos augurios–, cuando el nuevo año comienza a desplegar de lleno sus mejores y sus peores energías.
Fue el 15 de marzo de 44 a.C. cuando Bruto asesinó a César y fue el 24 de marzo de 1976 la fecha del fatídico golpe.
Una golondrina no hace verano, ni cien días son otra cosa que tres cortos meses.





