
¿Cintura política?
Acusar al Gobierno de falto de reflejos por intentar que las cuentas cierren y de reducir la inflación es frivolizar la magnitud del desafío que enfrenta la sociedad
1 minuto de lectura'
Tanto Hugo Moyano, Luis Barrionuevo como el presidente del Partido Justicialista nacional, José Luis Gioja, han manifestado reiteradamente que el presidente Mauricio Macri "carece de cintura política", una expresión despectiva, proveniente de personas que pertenecen al sindicalismo y al peronismo tradicional, donde tener cintura es una virtud del político fogueado, de quien se espera la habilidad para decir medias verdades, tener medios valores y, cuando conviene, darse la media vuelta.
Como bien señaló Gioja: "En política dos más dos no es cuatro, es cinco. Yo quiero que sea cinco y trabajo para eso". El problema actual es que el kirchnerismo aplicó esa regla al pie de la letra y legó a sus sucesores un déficit fiscal que refleja el desequilibrio de una ecuación pensada con la cintura política, pero no con la cabeza.
Es célebre la máxima que señala que "la diferencia entre un político y un estadista es que el político piensa en la próxima elección, y el estadista piensa en la próxima generación".
Atento el poco tiempo de la gestión macrista, sería prematuro calificar al Presidente de "estadista", pero no hay duda de que la intención de Cambiemos es hacer borrón y cuenta nueva con las malas prácticas del pasado e intentar lograr esa calificación cuando el tiempo permita juzgar con mayor objetividad y visión de contexto.
Los argentinos estamos habituados a regirnos con parámetros morales muy bajos, como si ello fuese nuestra esencia cultural y nuestro destino manifiesto. Preferimos hablar de "códigos" en lugar de afirmar principios. Los principales referentes del peronismo se regodean utilizando las metáforas de las carmelitas descalzas o del colegio de señoritas, para poner bien en claro lo que ellos no son, ni fueron, ni nunca serán.
La relación durante más de diez años entre la Secretaría de Obras Públicas kirchnerista y el monasterio de General Rodríguez demuestra el éxito de esas pautas morales en ámbitos impredecibles. El peronismo de Cristina, además de no identificarse con las carmelitas descalzas, llegó a cooptar a pseudomonjas de clausura, orantes y penitentes, llevándolas a mostrar una sorprendente cintura política, construyendo bóvedas, recibiendo bolsos y diciendo verdades a medias.
La política es el arte de lograr consensos entre intereses contrapuestos para alcanzar el bien común en un contexto de gobernabilidad. Obviamente, hacer política es la esencia de toda gestión del Estado y ello requiere acordar, ceder y conceder, pero siempre dentro del ámbito de la transparencia y la licitud de los medios para alcanzar los fines.
Pero en nuestro país se ha distorsionado la naturaleza de esa dificilísima actividad, contaminándola con el uso de lo público en interés privado. Ello ocurre cuando "acordar, ceder y conceder" se logra amañando licitaciones, designando funcionarios por compromiso, regulando actividades para devolver favores, otorgando privilegios, concediendo excepciones, haciendo la vista gorda a las cajas policiales, al incumplimiento de normas, al tráfico de drogas y al ingreso irregular de contenedores. Para no hablar de otros métodos inapropiados para carmelitas descalzas o que escandalizarían en los colegios de señoritas, como los carpetazos, los aprietes o aun las amenazas mafiosas sufridas por la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, Maria Eugenia Vidal.
Cambiemos ha recibido una herencia envenenada, con una inflación galopante, originada en gastos que no pueden ser cubiertos por ingresos genuinos. Y esos egresos se originan en sueldos, subsidios, jubilaciones y demás gastos corrientes, haciendo muy difícil reducir la inflación sin achicarlos, lo que provoca reclamos sociales, muchos reales, otros fictos y, la mayor parte, combinados.
Cambiemos no controla el Poder Legislativo, ni los gobiernos provinciales ni los sindicatos, de modo que está forzado a negociar cualquier medida que requiera mayorías legislativas para estabilizar la economía, alentar inversiones y mejorar el empleo. A pesar de un apoyo inicial, la oposición ha optado por continuar fomentando los desequilibrios, al exigir medidas que implican mayores gastos y al obstaculizar las que implican disminuirlos, desentendiéndose de las consecuencias.
Acusar al gobierno de falta de cintura política por intentar que las cuentas cierren y reducir la inflación para poder bajar las tasas de interés es frivolizar la magnitud del desafío que enfrenta la sociedad argentina en su conjunto. Si se pretende recuperar el empleo, fomentar la inclusión social, mejorar los salarios, dar acceso a la vivienda, mejorar el sistema de salud, optimizar la educación pública y modernizar el transporte público, entre otros, es necesario abandonar aquella visión turbia de la política y calar más profundo, respetando un poco más los principios de las carmelitas descalzas y las normas de los colegios de señoritas.
Todas las tareas de los argentinos deben ser examinadas en términos de productividad para que se respete la labor de quienes se esfuerzan y trabajan y eliminar la enorme cantidad de resquicios mediante los cuales el flujo del esfuerzo colectivo se redirecciona a favor de quienes nada aportan, como consecuencia de décadas de cintura política.
Debe revisarse toda la estructura del Estado para asegurar la genuina creación de valor, auditarse las obras sociales sindicales para detectar retornos y sobreprecios, analizarse a fondo las causas de la industria del juicio y redefinirse una política industrial para insertarse en el mundo. Es indispensable bajar los costos de las obras públicas mediante procesos transparentes y competitivos, recrear los marcos regulatorios para los servicios públicos y corregir precios relativos para que haya más inversiones en las provincias y mayor radicación de familias en el interior en nuevos trabajos genuinos, eliminándose el desempleo encubierto.
Los líderes políticos deberían convertirse en estadistas por única vez, quizá por un único año, para abrir un diálogo serio con el gobierno que permita salir de la actual encerrona y ponerle alas al crecimiento argentino fijando cinco grandes políticas de Estado. Quienes así lo hagan, aunque fueren oposición, tendrán muchas más oportunidades de elevar su imagen pública que quienes prefieran continuar volando bajo, repitiendo las trilladas muletillas de la picardía y la doble intención, que se emparientan con el mundo de la corrupción, del cual la Argentina debe alejarse para siempre.





