
Cisneros, hombre de Mayo
Por Juan José Cresto Para LA NACION
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Para la Argentina y para los argentinos, Mayo es la representación histórica del primer balbuceo de la Patria, es la redención de una época de retraso imbuida de prejuicios por otra más abierta al mundo y a la conciencia de libertad. Sus protagonistas están en el bronce de la memoria colectiva y también en nuestros corazones. Pero, visto con los ojos críticos de la historia documentada, también es necesario rescatar a los que estuvieron en el lado de la sombra y que, por un nuevo prejuicio de "demagogia histórica", nadie se atreve a rescatar. Tal es el caso de Cisneros, protagonista de aquellos hechos, cuya sola mención parece -para quien lo hace- como un réprobo excomulgado de la fe patriótica.
El teniente general de la Real Armada española, Baltasar Hidalgo de Cisneros fue el penúltimo virrey del Río de la Plata y, en tal carácter, fue uno de los protagonistas de los sucesos de Mayo de 1810 y la última autoridad española en Buenos Aires, ciudad capital del Virreinato.
Decimos penúltimo, porque el último fue el retrógrado Francisco Javier de Elío, con jurisdicción limitada solamente a Montevideo, sin haber podido entrar en Buenos Aires. Hidalgo, el general de la marina, ha sido considerado por las gentes como el villano de la historia de aquellos acontecimientos liminares del nacimiento de nuestro país.
Le tocó vivir tiempos tumultuosos, ya que no elegimos el momento de nacer. Ni el lugar. Y, simplemente, hacemos lo que estamos obligados a hacer, compelidos por el inescrutable destino.
Hijo de marino, Baltasar Hidalgo lo fue también. Y, como tal, inicia su carrera en 1770 cuando cuenta sólo catorce años y pasa casi cuarenta de su vida sobre la cubierta de los barcos ascendiendo en los cargos desde guardia marina hasta teniente general de la Real Armada. Interviene en bloqueos, combates, naufragios, expediciones; sufre prisiones y penurias, participa en decenas de combates, el estampido de los cañones lo dejan sordo y, finalmente, en la batalla de Trafalgar es tan meritorio su comportamiento al mando de la nave Santísima Trinidad que los ingleses la salvan del naufragio y, aun gravemente herido, a él lo llevan a Gibraltar, donde le ponen guardia militar y lo honran con salvas oficiales. Cuando se producen los sucesos del 2 de mayo de 1808, España es ocupada por Francia; entonces, cada pueblo organiza una junta de Gobierno, forma provisoria y popular de reemplazo al monarca preso por Napoleón. Cisneros organiza su propia junta en Cartagena, su ciudad natal y lugar de su domicilio. Pero la Junta Central de Sevilla le ordena que pase al Río de la Plata como virrey, un cargo al que habrían aspirado y por el que habrían suspirado los grandes dignatarios. Pero la ciudad de Cartagena se amotina: no quieren que su querido presidente de la junta y vecino se vaya. La Junta Central insiste y el marino obedece. El destino le juega una mala pasada.
En el Río de la Plata gobernaba Jacques Liniers y Bremond, francés, sospechado de connivencia con el enemigo. Nunca hubo una injusticia mayor. Liniers era un héroe popular, querido por la gente y odiado por un grupo recalcitrante y pequeño de comerciantes con gran poder económico y fuerte influencia. El había hecho la hazaña de expulsar al ejército de la primera potencia de la tierra y, por lo tanto, cualquiera que lo reemplazara sería impopular.
Por otra parte ¿acataría acaso Liniers al advenedizo? Grave confusión histórica. Liniers demostró ser profundamente leal a la corona, hasta dar la vida por esa misma fidelidad. Cuando Cisneros llega, primero arriba a Montevideo, donde los secuaces de Elío lo desinforman; pero el francés organiza un encuentro con el nuevo mandatario en Colonia del Sacramento, le entrega los atributos del poder el 14 de julio de 1809 y se retira de la vida pública.
Cisneros viaja entonces a Buenos Aires, donde gobernará diez meses y ocho días, hasta la fecha de la verdadera autonomía del virreinato, el 22 de mayo de 1810 (no el 25). Breve reinado, puramente formal, mera administración con oropeles del poder sobre una cáscara vacía. Virrey es el alter ego del rey. ¿Pero de qué rey? No lo había, mejor dicho, el rey era José Bonaparte (José I), su enemigo.
En el breve lapso de su gobierno se levantaron, en su jurisdicción, las ciudades de La Paz y Chuquisaca, que fueron ahogadas en sangre por el general Goyeneche enviado por ¡el virrey del Perú! Cisneros, a su vez, envía al mariscal Nieto, que tiene un papel secundario. En cambio, le cabe el mérito, como gobernante, de actuar de manera realista, como lo muestra la apertura del comercio libre.
Es necesario rescatar esta postura, porque el comercio libre fue pedido por muchas figuras prominentes de la época, que habían visto la transformación inglesa en unos pocos años. No fue, entonces, la Revolución la que abrió el comercio después de 1810, sino el propio Cisneros en 1809, cuando se redacta la Representación de los Hacendados, atribuida, probablemente con certeza, al joven abogado y empleado público de la administración colonial, el doctor Mariano Moreno, que lo hizo firmar por un tercero -José Ignacio de la Roza- para evitar compromisos innecesarios. Era el deseo, cumplido por él, que clamaban Hipólito Vieytes, Manuel Belgrano, Juan Larrea, los hermanos Rodríguez Peña y tantos otros.
Pero los dados estaban echados. Cuando los franceses toman Sevilla, desaparece la Junta que nombró a Cisneros. Los oficiales con mando de tropas, acaudillados por Cornelio Saavedra, con el auxilio de las fuerzas vivas de la sociedad, comprenden que ha caducado la autoridad del virrey. Ya no hay más rey. ¡Peor aún, ya no hay España! ¿A quién representa el general Baltasar Hidalgo? A nadie. Entonces, ¿qué hace aquí?.
Es más, ¿quién defendería al rey, nuestro amado Señor, en caso de ataque francés? Sin duda sería el pueblo, como en 1806 y 1807 contra los ingleses, hecho que le dio a la gente, a los vecinos, conciencia de su propio valer. ¿Para qué el virrey?
Estos son los planteos que le hacen y él lo comprende. Cuando la fragata París llega a Buenos Aires y da cuenta de la caída total de España, le aconsejan a Cisneros ocultar los hechos, pero éste tiene una honrosa actitud. Primero por el pregón y después por una circular, da cuenta de la verdad de los hechos. No oculta nada y sella su suerte.
Se convoca a un cabildo abierto el día 22 de mayo de 1810. Había tres mil vecinos empadronados, porque para votar se requería ser "blanco, cristiano viejo, afincado, con casa y con renta". Se extendieron a la parte más sana y principal "600 invitaciones, se repartieron 450, asistieron a la asamblea 251 vecinos; la mayoría de esa minoría votó su exclusión.
¡Doscientos cincuenta y un asistentes cambiaron la Patria! Pero no debemos confundirnos: todo el pueblo quería este cambio, para concluir con la rémora de una nación decadente, con un sistema social injusto y excluyente y una organización económica que, demasiado tardíamente, comenzaba a "cambiar los hechos".
Despojado de sus atributos, Cisneros cruzó la plaza de la Victoria hacia el Cabildo el día 24, para jurar como presidente de la junta similar a las de España. ¿Acaso él mismo no era presidente de la Junta de Cartagena? Pero alguien en la plaza atentó contra su sacra autoridad y gritó "¡Afuera Cisneros!" Y fue el fin. A ese grito se sumaron todos. Obligado a renunciar, preguntó en el Fuerte a los jefes militares si lo sostenían. Saavedra, el que tenía mayor cantidad de tropas, fue terminante en su negativa y arrastró a los demás. Entonces, el general Hidalgo de Cisneros comprendió que había llegado su fin: "Si el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, renuncio". No vio que un mundo había muerto y aparecía otro basado en la libre expresión humana, con deseos de asegurar un destino propio.
Vivió en Buenos Aires, como un vecino más, hasta el 22 de junio en que a las 9 de la noche la junta lo envió de regreso a Europa, junto con los oidores y algunos altos funcionarios.
Tal vez comprendió, en los años finales, que la suya era una causa perdida.





