
Coincidencias y divergencias
Para escuchar verdaderas definiciones del candidato demócrata habrá que esperar la convención de su partido, pero el acercamiento de asesores de Clinton a su entorno puede dar una pauta de sus futuras posiciones
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Cada cuatro años, a principios de noviembre, el pueblo de Estados Unidos vota para elegir el presidente que regirá los destinos de esa nación por igual período. Previamente, los dos principales partidos de la democracia norteamericana, el demócrata y el republicano, disputan en su seno las elecciones internas para decidir cuál de los varios candidatos que suelen presentarse será investido de la nominación para disputar la carrera a la Casa Blanca. Por lo general, el partido del presidente que está en ejercicio respeta su aspiración a la reelección. Es lo que está ocurriendo en este año electoral en que George W. Bush será, otra vez, el candidato de los republicanos.
En cuanto a la oposición demócrata, la convención que habrá de realizarse en el mes de julio próximo confirmará oficialmente la candidatura del senador John F. Kerry, que acaba de ganar en la mayoría de los estados de la Unión en que se celebraron las llamadas elecciones primarias.
También cada cuatro años, en esa época, como si fuera un ejercicio ritual, en todas partes se comienza a especular sobre cuál de los postulantes a la presidencia es más conveniente para los intereses de cada país. O, yendo más allá de las fronteras nacionales, el interrogante es quién podrá contribuir mejor a la solución de los problemas internacionales, que no son pocos. Es lógico que así sea porque, sin duda, del veredicto popular de la única superpotencia mundial dependerá, en gran medida, la evolución de las cuestiones más delicadas de la agenda global.
Las posiciones de Bush son bien conocidas después de sus años al frente del gobierno. Sería extraño que fuera a cambiarlas sustancialmente ahora porque, de hacerlo, pondría en peligro la adhesión que le otorga una buena parte del pueblo consubstanciado con sus ideas.
La incógnita, pues, es qué hará el señor Kerry. Durante su reciente campaña ha abierto juicio sobre distintos temas que podrían orientar el sentido de su administración. Pero no es aconsejable guiarse sólo por ellos como si fueran el reflejo definitivo de su pensamiento y de sus planes de gobierno: una cosa son los discursos pronunciados para tratar de desplazar a sus oponentes dentro del partido demócrata y otra muy distinta serán los que diga cuando deba confrontarse con Bush. Lo más importante serán los compromisos que asuma cuando exponga sus planes ante la convención. Al llegar a esa instancia se habrán pulido cientos de propuestas preparadas por su legión de asesores, y hay que tener en cuenta que en ese país las promesas tienen casi un valor contractual. Analizando lo que ha expuesto hasta ahora --aun con beneficio de inventario--, puede considerarse que el senador Kerry tendrá discrepancias de fondo con las actuales políticas en materias fundamentales. Entre otros cambios significativos propiciaría el abandono de la llamada doctrina de intervención unilateral preventiva, salvo en casos claros de inminentes emergencias nacionales; el retorno a la diplomacia multilateral, con especial atención a la cooperación con las Naciones Unidas; la consolidación de las alianzas con las potencias europeas, relegando al pasado las controversias motivadas por la acción armada contra Irak; y una estricta protección del medio ambiente, lo cual, entre otras cosas, podría involucrar el regreso de Washington a las previsiones del Protocolo de Kyoto.
En otras cuestiones trascendentales para los Estados Unidos las divergencias con Bush o no existen o son demasiado tenues para percibirlas con nitidez. Kerry, que en el Senado votó a favor de la guerra, ha dicho que proyecta atribuir a la ONU la responsabilidad de asegurar la gobernabilidad y la transferencia de la soberanía a Irak, o sea, más o menos, en lo que se está ahora. La Casa Blanca ya no cree que la organización mundial sea "irrelevante", como la calificó al principio de la crisis iraquí. Al contrario, le pide insistentemente que asuma un rol mucho más decisivo.
En lo referente al conflicto palestino-israelí por ahora todo seguiría igual. En vísperas de elecciones es poco probable que los dos contendientes se animen a prometer cambios radicales poniendo en riesgo el apoyo de la influyente comunidad judía. Y por último, en la lucha contra el terrorismo internacional, tanto Kerry como Bush utilizan distintas expresiones pero, en definitiva, coinciden en que emplearán todos los medios y recursos disponibles para acabar con ese flagelo. En buen romance, no hay mayores diferencias entre ellos.
Quedan por analizar las repercusiones que podría tener para nuestro país el triunfo de John Kerry. En realidad no hay material para llegar a conclusiones más o menos ciertas. La Argentina no ha sido un tema de la campaña. Las únicas menciones fueron a América latina en su totalidad para criticar al presidente por haber sido negligente con sus necesidades a pesar de lo que dijo en su momento para captar el voto de los hispanoamericanos. Con miras a los comicios de noviembre, ya han empezado a posicionarse alrededor del senador por Massachusetts muchos de los especialistas que fueron funcionarios de Bill Clinton. Ellos podrán dar una pauta de lo que le aconsejarán, pero todavía es muy prematuro para hurgar en sus proyectos.
Así como a nosotros nos interesa el rumbo que pueda tomar una nueva administración norteamericana también ellos sienten curiosidad por saber cómo reaccionarán otras sociedades ante un eventual cambio en Washington. Me viene a la memoria un diálogo que tuve, en circunstancias en que me desempeñaba como embajador ante las Naciones Unidas, con Cyrus R. Vance, un distinguido abogado de Nueva York que había tenido una destacada actuación pública. Entonces, como ahora, Estados Unidos estaba en pleno proceso electoral. A Vance le interesaba mi opinión acerca de cuál de los dos partidos era preferible para la Argentina. Teniendo presente la estrecha relación que existió entre Arturo Frondizi y John F. Kennedy, me animé a contestarle que, desde un punto de vista programático, había tal vez más afinidad con los demócratas pero, por una razón que ignoraba, al llegar al gobierno incurrían en una serie de desaciertos mientras que los republicanos, desde el primer día, demostraban una mayor familiaridad con el ejercicio del poder, por lo cual, pragmáticamente, resultaba más fácil entenderse con ellos.
Unos meses más tarde volví a encontrarme con Vance, pero ya como secretario de Estado del presidente Jimmy Carter, que había derrotado al republicano Gerald Ford. Apenas habíamos cambiado unas palabras cuando con gran franqueza, directamente, me dijo: "Recuerdo nuestra conversación. Los hechos le están dando la razón. Todavía no logramos dar con la tecla para el manejo de nuestra gestión". Moraleja: en todas partes se cuecen habas.






