De los zoológicos a los centros de conservación de la biodiversidad

Luis Castelli
Luis Castelli PARA LA NACION
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16 de abril de 2019  

El cierre del zoológico porteño y su transformación en el Ecoparque merece una reflexión sobre el futuro que estas instituciones deberían tener. Si es que lo tienen. La relación del hombre con su entorno, principalmente desde el siglo XIX, ha sido de explotación desenfrenada. Existen pruebas irrefutables de que la actividad humana está condenando a la extinción a cientos de especies. Es el resultado de una población humana en constante expansión, que demanda mayor cantidad de alimentos, agua y espacio, y que no tiene otro vínculo con el planeta que la extracción sin miramientos del máximo beneficio.

Desde los siglos XVI y XVII, en sus viajes, los exploradores europeos capturaban animales exóticos con el fin de ornamentar los jardines palaciegos. En 1828 fue creado el primer zoológico: el Regent's Park, en Londres, donde se exhibían especies animales en jaulas. Poseer un zoológico daba prestigio a las ciudades porque se inscribían en una tradición vinculada al poder colonial: capturar animales salvajes y enviarlos a la metrópoli como prueba de la conquista de tierras distantes. Estas primeras colecciones permitieron también comenzar con el estudio científico de la vida de los animales.

En su evolución, los zoológicos reemplazaron aquellas jaulas por espacios que intentaban imitar el hábitat natural de los animales, con mayor superficie, vegetación natural y abundante luz. Este enfoque se convirtió en un estándar mundial para las principales instituciones de ese tipo. Desde entonces, los zoológicos ejercieron una fascinación particular. Recuerdo cuando mis padres me llevaron de niño a Palermo para conocer elefantes, leones, jirafas, rinocerontes, un feroz mandril y orangutanes. La visita permitía una cercanía tan poderosa que podía percibirse la respiración de esas obras maestras de la naturaleza que son los animales salvajes.

La forma en que los humanos experimentamos a los animales encerrados ha cambiado. Durante los últimos diez años, este proceso parece haberse acelerado. Cada vez más personas cuestionan la ética de los zoológicos: en casi todas las disciplinas científicas relevantes, la investigación ha reforzado los argumentos morales contra el cautiverio. Se ha demostrado que algunas especies son más inteligentes de lo originalmente pensado o que pueden padecer dolencias de salud mental similares a las nuestras. Si reconocemos que estas criaturas experimentan la opresión del encierro, ¿deberían estar en ese estado? Cada paseo por un zoológico está acompañado hoy por un poco de culpa, incluso cuando los animales están bien cuidados.

Hace años, visité el Zoológico de Chapultepec, en la Ciudad de México. Llevaba unos minutos admirando a Bantú, un gigantesco gorila de las tierras bajas occidentales, cuando cruzamos nuestras miradas. Tuve entonces una rara sensación de anacronismo que nunca olvidaré. Como si de pronto esa experiencia de incomparable belleza hubiera perdido, de un solo golpe, toda su honradez. Es que, aun cuando han nacido en cautiverio, se trata de animales salvajes.

Desde hace mucho tiempo, el zoológico porteño no se encontraba a la altura de los desafíos educativos, científicos y de conservación que el siglo XXI exige. La muerte allí de un oso polar, agobiado por el calor durante la Navidad de 2012, no solo es vergonzante para nuestra sociedad, sino un símbolo que sintetiza y explica lo real. La mayoría de los sitios a los que mal denominamos "zoológicos" no tienen sino fines comerciales y/o recreativos de dudosa ética.

Los verdaderos zoológicos de hoy llevan adelante una tarea menos conocida pero superlativamente más importante: salvar las especies amenazadas. Nada menos. Algunos animales en peligro de extinción por la pérdida de sus hábitats están a salvo gracias al desarrollo de programas de cría en cautiverio. Este trabajo es imprescindible. Y nos sitúa en un escenario nuevo, donde esas instituciones desempeñan un papel esencial en la protección de la vida silvestre. Esta clase de zoológico representa el mejor lugar donde aprender a amar y respetar la naturaleza, y donde advertir sobre los efectos y consecuencias de su descuido. No exhiben innecesariamente especies exóticas. Su foco es la conservación de la biodiversidad en su entorno natural y fuera de él a través del almacenamiento de los recursos genéticos en bancos de germoplasma, el establecimiento de colecciones de campo y el manejo de especies en cautiverio.

Para su mayor bienestar, algunos ejemplares actualmente alojados podrán ser liberados, previa rehabilitación, para retornar a la vida silvestre. Los que ya no puedan reinsertarse en sus hábitats naturales -por su edad, estado de salud o porque han nacido y fueron criados en cautiverio- podrían ser derivados a un santuario, espacio que -sin ofrecerles completa libertad- les brinda condiciones más confortables hasta el fin de sus días. De ser imposible el traslado, deberán continuar albergados en el Ecoparque junto a los recuperados de la tenencia o tráfico ilegal de fauna. En estos casos será posible ver de cerca algunos ejemplares salvajes. Para asegurar la calidad de la experiencia que se pretende brindar no debería acotarse el área actual del predio -como se plantea- a cambio de generar nuevos lugares de paseo en esa zona de Palermo, donde abundan. Enclavado allí posee un potencial insospechado para inspirar a visitantes de todo el mundo. Con el auxilio de la tecnología y cámaras a distancia, podríamos "experimentar en vivo" el vuelo de las aves junto a ellas, o el paso de imponentes animales. De este modo, la observación directa de especies nos podría permitir asomarnos a esos mundos salvajes en la selva paranaense, en el Chaco o en la sabana de Tanzania y Kenia. Eso nos permite el acceso directo a la vida silvestre en todo el planeta.

En suma, la era de los zoológicos urbanos del siglo XIX, destinados a brindar un espectáculo con fines recreativos mediante el confinamiento de animales exóticos, ha llegado a su fin y debe ser reemplazada por un modelo que no dependa del sufrimiento de seres vivos. No resulta lógico, justo ni mucho menos ético que los animales paguen el costo de nuestro entretenimiento con su presencia sostenida en medio de una ciudad. Los zoológicos deberían evolucionar hacia centros de conservación de la biodiversidad y educación ambiental. Desde luego, para que esto sea realidad se requiere mucho más que buena voluntad. Es imprescindible contar con experiencia, gran conocimiento y un fuerte acompañamiento filosófico y político. Sin ello, la institución perderá el rumbo deseado y Buenos Aires, sin saberlo, desaprovechará la oportunidad de tener un espacio emblemático y atractivo que contribuya a la preservación de la vida silvestre en el país y en el planeta.

Miembro fundador y director ejecutivo de la Fundación Naturaleza para el Futuro

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