Decidí mi voto, y los voy a sorprender

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26 de octubre de 2019  

Después de pensarlo mucho, de darle vueltas, de consultarlo con mi analista, mi confesor y mi gastroenterólogo, resolví, por fin, a quién voy a votar. A Alberto Fernández . Estaba entre él y Del Caño , e incluso Gómez Centurión, pero estoy convencido de que elegí la mejor opción. Acá voy a explicar por qué me incliné por el profesor Fernández.

La primera razón es esa: me gusta que sea profesor. Profesor de Teoría General del Delito. Es decir, estamos ante un experto en delitos y en delincuentes. Me imagino que en estos momentos, ante la inminencia de su triunfo, legiones de corruptos, estafadores, punguistas, atracadores… están huyendo del país en busca de mercados donde no se los estigmatice ni persiga.

También me gusta su gesto de hablar levantando el dedo índice. Veo que ese dedo nos señala el norte, algo fundamental en un país que ha perdido el rumbo. Ese dedo no es acusador o despectivo, es amable y orientador. Los peronistas usan ese dedo para hacer la V de la victoria. Él, para mostrarnos el camino. Me encanta, además, su temperamento. Basta de tibios, basta de estilo zen. Por fin alguien se les planta a los movileros, esos atrevidos que van y le preguntan por Cristina. Por fin alguien le dice "pajert" a Espert, "pelotudo" al comediante Juan Acosta, "onanista verbal" al economista Lucas Llach y "boludo con vista al mar" al escritor Eugenio Monjeau. Por fin alguien se propone terminar con la grieta, eliminando a los que están del otro lado de la grieta.

Admiro su lucha en favor de la estabilidad del tipo de cambio. Es cierto que cada vez que habla del dólar provoca corridas descomunales, pero insiste. Tremenda determinación. ¿Estamos en presencia de un cruzado? Admiro que sea una persona sencilla que saca a pasear el perro, tiene dos departamentos en Recoleta y un terreno en Pilar, vive en un piso prestado de un palo verde en Puerto Madero y fue abogado de Cristóbal López. Un hombre común. Un Fernández. Si CEO con apellidos de CEO nos llevaron a este desastre, que vuelvan los Fernández: Cris Fernández, Máximo Kirchner Fernández, Aníbal Fernández.

Voy a votarlo porque nos recuperará para la causa a Sergio Massa, que, como juró sobre los Santos Evangelios, seguirá combatiendo el kirchnerismo. Ahora desde adentro. Nos devolverá al primer plano, probablemente como canciller, a Felipe Solá, un eximio contador de chistes que les pondrá humor a las tediosas cumbres diplomáticas. Espero que nos devuelva también a Boudou, De Vido, Jaime, Josecito López, Lázaro Báez y tantos otros, víctimas de la persecución política y de un excesivo celo para juzgar lo que él llamó "descuidos éticos". Con la ética suele pasar eso: te descuidás y se roban un PBI entero. Cuando era jefe de Gabinete lo descuidó a su amigo Héctor Capaccioli, recaudador de la primera campaña de Cris, y se armó tal bolonqui con las donaciones provenientes del tráfico ilegal de efedrina que todo terminó en un juicio por lavado de activos. Después lo descuidó a su amigo el juez Ariel Lijo y la causa no llegó a buen puerto. Una lástima: el expediente se vinculaba en forma directa con el triple crimen de General Rodríguez. Descuidó al matrimonio Kirchner y de buenas a primeras había constituido la mayor fortuna del país. Descuidó a Moreno y nos quedamos sin estadísticas. Lo voto porque esta vez va a ser recontra cuidadoso.

Lo voto porque escribió un artículo titulado "Cuadernos sin gloria", en el que sostuvo que sin prueba no hay causa. Ahora que aparecieron seis, se dispone a ir a fondo. Me dice que tiene casi terminado el próximo artículo: "La gloria de los cuadernos".

Otra razón para darle mi apoyo es que sus permanentes cambios de camiseta nos hablan de un dirigente versátil, funcional, pragmático. Macri, por ejemplo, siempre fue macrista. Un horror. Así le fue. Alberto aprendió de los radicales, de Cavallo, de Néstor, de Cristina, de Scioli, de Randazzo y de Massa. Desaprovechar ese caudal formativo es un crimen. Incluso me animo a decir que Cristina ha aprendido mucho de él, en una retroalimentación de la que, si ganan, seremos beneficiarios. Y estamos viendo que también aprendió mucho de Alfonsín, al que ahora cita y copia en los actos. Votando a Alberto es como que voto a Raúl. Voto el Preámbulo de la Constitución. Cuando la reformen, déjennos el Preámbulo.

Esta semana se conoció el número de millonarios que hay en el mundo: 46,8 millones. Parece que la contribución argentina a ese colectivo es más bien irrelevante. Voto a los Fernández con la seguridad de que, al cabo de su mandato, vamos a poder aportar 40 o 50 millonarios más.

Voto a Alberto porque extraño las cadenas nacionales, la alianza con Irán, el combate al narcotráfico, los bolsos, el relato, Fútbol para Todos, el periodismo militante, Justicia Legítima, la compra de legisladores y jueces, La Rosadita, Venezuela, los cortes de luz, el cepo, navegar por las calles de La Plata, la guerra contra la soja, el vamos por todo. Extraño a D’Elía, Esteche, Víctor Hugo, Carta Abierta, Oyarbide. Lo voto porque es un caballero: anteayer, en el Hotel Hermitage, le cedió la suite presidencial a Cristina.

Y tengo que reconocerlo: lo voto porque extraño, sobre todo, los tiempos en que esta columna se escribía sola.

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