El profesor, un raro peronista sin suerte

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14 de marzo de 2020  

C on el discurso en cadena nacional de anteanoche y la sanción de un decreto que dispuso la suspensión de vuelos y muchas otras medidas, Alberto Fernández salió al rescate de Alberto Fernández, que venía mostrándose algo despistado y, dicho esto con todo respeto, chambón. Hasta entonces, lo que había hecho para enfrentar el coletazo local del coronavirus era congelar el precio del alcohol en gel, recomendar la ingesta de bebidas calientes, cambiarle el vocero al ministro de Salud, Ginés González García , y ponerse una cinta roja de la suerte en la muñeca.

Pasó así de la cháchara y el derrape, tan intrínsecamente peronista, tan kirchnerista, a una estrategia casi de shock, alineada con lo que están haciendo los países más afectados por la pandemia. Derrape torpe, grotesco -dicho esto con todo cariño- fue lo que sostuvo el Presidente sobre el efecto terapéutico de las bebidas calientes, que atribuyó a la Organización Mundial de la Salud. "A los 26°, el virus muere", nos enseñó, haciéndose eco de recomendaciones recontratruchas que se difundieron en cadenas de WhatsApp. Profesor, no le pido que lea los manuales de la OMS, porque andará corto de tiempo, pero me permito sugerirle que se nutra más de especialistas que de WhatsApp. Experto mata redes, amigazo.

Que al Presidente lo emboquen con una fake news no es grave. Nos pasa a todos. Trump es presidente gracias a que ensartó a medio Estados Unidos. Lo grave es que ponga cara de entender y voz de catedrático, y lo diga muy suelto de cuerpo en una entrevista radial con Marcelo Longobardi. Si fuera con Víctor Hugo "Soldadito" Morales, vaya y pase. Pero a Marcelo a esa hora de la mañana lo escuchan millones de personas. La frase de Alberto ya ocupa un lugar en la galería de disparates seudocientíficos inaugurada por Cristina con su célebre lección de botánica: "La soja es un yuyo". Gana lo del yuyo, obviamente. Alberto, otra vez segundo. Dicho esto sin maldad alguna.

Si se mira bien, haberle cambiado el vocero a GGG fue una decisión de alto impacto. Eximio sanitarista, todavía sonaba en los oídos de Ginés la explosión de júbilo con que fue recibido al retomar el cargo, al son de "aguante el ministerio, aguante el ministerio", cuando le estalló el coronavirus. "No hay ninguna posibilidad de que llegue a la Argentina", dijo en enero, mientras el Covid-19 acumulaba millaje viajando por los cinco continentes.

"La verdad, me sorprendió que llegara tan rápido", admitió ahora. Convertido enseguida en meme, fue del todo necesario ponerlo en cuarentena. Bien Alberto ahí. Y que se retuerza Cristina, que fue la que le impuso esa designación. ¿Seguiría siendo ministro en un país serio? No sé, eso que lo respondan los países serios.

Un aspecto en el que estuve pensando es que, raro, muy raro, un gobierno peronista empieza su gestión con viento en contra. Tremenda novedad. Históricamente, el PJ se aprovechó de ciclos económicos internacionales muy favorables, con el precio de las commodities por las nubes, mientras que a las administraciones antiperonistas siempre les tocó remar en dulce de leche. Néstor y Cristina se encontraron, al llegar a la Casa Rosada, con la tonelada de soja a 600 dólares. Hoy, poco más de 300, y en baja. Un yuyo. Después de las retenciones, un yuyito. Alberto, cabeza de un nuevo experimento del PJ, se topa con una herencia horrible, que ya venía de una herencia espantosa, y al desayuno le sirven el Covid-19. Qué injusticia. El derrumbe global de los mercados que está provocando la pandemia se siente especialmente en la Argentina, que ya venía con índices indecorosos de recesión, pobreza y desempleo, y que cuando le toma la fiebre al riesgo país le da arriba de 3000 puntos. Se derrumba la bolsa, sube el dólar informal y cae el precio del petróleo, amenazando llevarse puesta a Vaca Muerta. Alberto tiene mucha, muchísima mala suerte. O no es peronista. Me inclino por la mala suerte, apenas compensada por el hecho de que Cristina tiene 67 años. Franja etaria llamada a guardar cuarentena.

Otra cosa que me gustó del Presidente fue la extensión de la cadena nacional. Siete minutos. Cortita y contundente, seria, con dosis de populismo que no excedieron el mínimo no imponible, ajustada a las buenas costumbres republicanas. Solo podría objetarle que llamó a estar "todos unidos". En realidad, con el coronavirus conviene estar separados. Pero, por contraste, imaginemos a Cris en las mismas circunstancias. Clavaba un discurso de tres horas, les echaba la culpa al neoliberalismo, a los poderes concentrados y a los medios hegemónicos; absolvía a China, prometía un viaje de reparación a Wuhan, nos daba clase sobre el virus y anunciaba un joint venture con Venezuela y Cuba para encontrar el remedio salvador. También es posible que hubiese optado por no decir nada. A ella no le gusta hablar ante un auditorio de menos de 200 personas.

En fin, Alberto se ha puesto al frente de la lucha contra este flagelo y nos ha dicho que está todo "bajo control", que no debemos preocuparnos. Eso me preocupa. Como que a veces no es que venda humo, sino que lo entrega gratis. Un entusiasta, podríamos decir. El gran Ortega nos conminó: "Argentinos, a las cosas". Yo, desconfiado, diría: a sus casas.

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