La escasa calidad del debate público
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Crecí en un tiempo en el que solo los más experimentados escribían en los periódicos y comentaban en la radio y en la televisión. Expertos en los temas sobre los cuales se pronunciaban, servían de descodificadores a la sociedad que los leía o los escuchaba. Su alma ayudaba a pensar a las demás, y la envergadura de su intelecto inspiraba a la nación.
En aquel tiempo lejano, quien hablaba en los medios sabía de lo que hablaba y tenía autoridad, carrera y obra publicada para hacerlo. Podría haber -y había- vanidad, pero no la pretensión de ser agraciado como guardián de la verdad.
También era costumbre sumar a los puntos de vista propios otros de quienes pensaban diferente, invitando, en el fondo, a las mentes que escuchaban a hacer su propio camino. Su apertura de espíritu nos recordaba muchas veces que había gente más allá de la ciudad, que había mundo más allá del país.
Pues es hoy evidente que este tiempo ha dejado de existir. De todos los cambios que internet aportó a la sociedad, la transformación de los medios de comunicación tradicionales no fue, seguramente, uno de los beneficios. La reflexión dio lugar a la cacofonía, la discordancia al insulto, la simpatía al seguidismo. Creo que tal retroceso se debe a dos razones fundamentales.
En primer lugar, la falta de filtros, toda vez que los medios contratan cada vez más en las redes sociales. Cuanto más popular, mejor. Cuanto más viral, más indispensable. Los criterios de acceso al espacio público dejaron, por lo tanto, de incluir experiencia de vida.
En segundo lugar, la indiscutible falta de calidad de muchos de los nuevos comentadores. Leen media docena de The Economist y luego reivindican lugar cautivo en el espacio público. A cada aparición, un tuit. A cada comentario, un like. A cada encuentro con alguien verdaderamente relevante, una selfie. Todo amplificado por personalidades de otro tiempo, protagonistas de dolorosos recuerdos que, sin embargo, suman ahora millones de legionarios en Instagram.
Hablan sobre todo y lo hacen, repetidamente, en varios medios, que por estos días parecen adorar opiniones de segunda mano. Hablan, por ejemplo, de políticas públicas como si fuera indiferente gobernar con un déficit o un superávit fiscal, como si el precio de los commodities no importase para nada.
Todos tenemos derecho a opinar, pero también el deber de no mentir, el deber de no inundar la sociedad con sofismas, como el que pretende equiparar dificultades de coyuntura a una colección de procesos judiciales.
La presencia de estos sofistas en el espacio público aleja a los que merecían -los verdaderos especialistas- ocupar ese lugar. La agresividad y la especulación de sus intervenciones oscurecen el debate, al mismo tiempo que empobrecen la nación.
¿Qué sentido tiene escuchar a una célebre escritora sobre economía o a un economista sobre medicina? Seamos claros: los tiempos cambian, pero el escenario pertenece al actor, el bisturí al cirujano, la batuta al maestro y, cuando así no es, el mundo parece girado del revés. Es, a veces, lo que siento cuando, dentro y fuera de la Argentina, hojeo periódicos y recorro los canales de televisión. Afortunadamente, todavía hay excepciones.
Embajador en Portugal





