La universidad y el modelo de desarrollo

Marcelo Rabossi
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25 de marzo de 2019  

Una breve síntesis de lo ocurrido en las últimas tres décadas en la Argentina nos dirá que el país ha estado teñido de un color frívolo y caprichos de eterna convertibilidad, seguido de un interregno de tragedia y esperanza, para desembocar en doce años de un populismo dedicado a dilapidar los recursos obtenidos en la ruleta de la soja. Hoy, consecuencia del pensamiento ilusorio que ha atrapado al actual gobierno, aquel de que las cosas ocurren por el simple hecho de imaginarlas, seguimos sin siquiera pensar un modelo de desarrollo. Y sin saber cuál es nuestro norte productivo, quimérico resultará definir el tipo de universidad que será funcional al por ahora "en veremos" proyecto de país. Así, huérfanos de ideas, anclados en el pasado, continuamos festejando las conquistas universitarias de hace un siglo, los premios Nobel que ya fueron, o que alguna universidad encuentra un lugar más o menos decoroso en los caprichos de los rankings universitarios. Mientras tanto, la modernidad es algo que ocurre lejos de casa.

Desde 1989 en el país se han abierto 80 universidades. Alrededor de una cada cuatro meses hasta totalizar 130. Asimismo, más que se duplicó la cantidad de alumnos. Casi dos millones de estudiantes son actualmente parte del sistema universitario. Si bien la apertura de nuevas instituciones genera en la población una agradable sensación de ingreso en la modernidad, por más que sumemos universidades no ocurrirá milagro alguno. Tengamos en cuenta que un país no crece por el simple hecho de "acumular" instituciones de educación superior ni por aumentar el número de estudiantes. ¿Qué hacer entonces?

Este gran crecimiento del sistema de educación superior nos obliga a pensar la clase de instituciones y graduados que necesitamos, decisión que no puede dejarse librada ni a las fuerzas del mercado ni a los deseos individuales de los estudiantes. Si bien el libre ingreso a la carrera "que quiero", en la universidad que "se me antoja" y tomándome "todo el tiempo del mundo" para graduarme resultaría democrático desde una mirada teórica, poco ayuda si el objetivo es salir del atraso. La razón es simple. El impacto de la educación trasciende lo individual. Digamos, no es lo mismo en términos de desarrollo formar a un martillero público que a un ingeniero en petróleo. El Estado debe coordinar el tipo de recursos humanos que el país requiere para desarrollarse; por algo invierte alrededor de $100.000 por mes por cada alumno graduado. Sin embargo, esto no ocurre. Entonces, ¿qué tipo de profesionales necesitaríamos para desarrollar el país?

Si bien hoy seguimos más preocupados en "cerrar" las cuentas fiscales mientras "encerramos" a nuestros investigadores en una situación de supervivencia, lo que es un grave error, ni siquiera hemos imaginado nuestro modelo de nación. Pero por un rato soñemos que nuestro norte productivo es "imitar", con las respectivas diferencias, salvedades y ajustes necesarios, a los países que más han crecido en los últimos 50 años. Pensemos entonces en el sudeste asiático y China, por ejemplo, para preguntarnos: ¿qué tipo de graduados ellos alientan?

Una de las claves de éxito de estos países ha sido primero pensar en un modelo específico de desarrollo para luego promover las carreras que lo acompañen. Digamos, aquellas funcionales al objetivo propuesto. El caso de China es aleccionador. Hoy, casi la mitad de los graduados en ese país lo hace en alguna carrera relacionada a las STEM. Son estas las que agrupan a las disciplinas de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas. Mientras tanto, en la Argentina, solo uno de cada cinco alumnos se encuentra cursando una de ellas. Ahora miremos las ingenierías. Si nos comparamos con dos países que han logrado un nivel de desarrollo sostenido en el tiempo, Corea del Sur gradúa por año 28 ingenieros cada 10.000 habitantes y Japón 13. Mientras tanto, la Argentina menos de 2.

Si bien contar con más graduados universitarios es una condición deseable, no es suficiente. La formación de capital humano en ciencias básicas, naturales y aplicadas debe ser alentada, y no solo desde la universidad, sino a partir de una excelente formación de nuestros alumnos en los niveles previos de educación. Ocurre que cualquier país que gradúe 16 abogados por cada matemático, físico y químico, sumados, como ocurre actualmente en la Argentina, junto a la falta de un horizonte productivo, no está condenado al éxito como nos dijo un expresidente, sino al fracaso, al menos si el objetivo es construir una base sólida para, y de una buena vez, desarrollarnos.

Profesor de la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella. Especialista en Educación

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