Parecidos, pero diferentes

Tomás Linn
Tomás Linn PARA LA NACION
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25 de junio de 2019  

La Argentina y Uruguay tendrán sus elecciones en los mismos días. Tanto la primera vuelta como la segunda, si fuera necesaria. Ambas elecciones son cruciales para la región; pero en esas jornadas ni unos ni otros se prestarán atención. Cada uno estará enfrascado en su situación. En Uruguay es posible que se produzca una alternancia. Tras 15 años de gobierno, el desgaste del Frente Amplio se nota y se especula que en segunda vuelta la oposición coaligada podría desplazarlo.

En la Argentina la situación es más compleja. Si bien Macri procura ser reelegido, no logró consolidar una recuperación de la pésima situación económica heredada del gobierno más corrupto que se recuerde, que además fue autoritario, despreció las instituciones y caminó en la frontera que separa a un Estado de Derecho de una dictadura. Si bien los gobiernos frentistas en Uruguay podrían identificarse con aspectos del kirchnerismo, no puede decirse que son populistas en el mismo sentido. Quisieron aumentar la presencia del Estado en más lugares de lo recomendable y alguna vez anduvieron al borde de la Constitución, pero no más.

La oposición uruguaya tampoco tiene cosas en común con Bolsonaro. En un país de tradición dirigista, de fuerte presencia estatal en los programas sociales, de avanzada en algunas reformas, la mal llamada derecha está en realidad en el centro. Y si bien hay un núcleo duro pero pequeño que quisiera votar a un candidato al estilo de Bolsonaro, las posibilidades de que sus deseos se cumplan son acotadas. Hay entonces expectativas para una rotación de partidos en el gobierno y lo razonable sería que viniera un recambio. Le permitiría al Frente Amplio renovarse desde el llano, buscar nuevos liderazgos y modernizar sus propuestas, y daría lugar a que quienes han estado durante una década y media en la oposición pusieran a prueba sus programas. Pero eso lo deciden los votantes, que a veces muestran una lealtad que va más allá de lo racional. Aun así, cualquiera sea el resultado no habrá un sacudón traumático.

No ocurriría lo mismo en la Argentina. Las dificultades de Macri para resolver los complicados problemas económicos que debe enfrentar son preocupantes. Pero a la región más la alarma un retorno de los K, ya que los 12 años de kirchnerismo no fueron buenos para los países vecinos. Ni siquiera se llevaron bien con gobiernos de similar signo ideológico, como el de Uruguay. El asombro causado por el desparpajo de la corrupción hace que los vecinos no entiendan que tanta gente siga creyendo que lo ocurrido es una invención mediática que conspira contra Cristina. Se sorprenden de que los kirchneristas digan que con su retorno al poder no habrá más presos políticos. ¿Presos políticos? Se refieren a los que están siendo juzgados por corrupción. O para decirlo en palabras más burdas: a los chorros.

Es que más allá de la frustración por no encontrar una salida de la situación económica, el gobierno de Macri actúa según las reglas democráticas. No despliega un estilo prepotente que amedrenta a periodistas y amenaza a opositores. Ha sido un gobierno, en ese terreno, normal. Por lo tanto, si bien las elecciones en ambos países podrían traer cambios profundos, una alternancia en Uruguay implicaría transformaciones imprescindibles, pero no una alteración de la estabilidad democrática que caracteriza al país desde el final de la dictadura, en 1985. Si esa alternancia se diera en la Argentina con el kirchnerismo, no podría decirse lo mismo.

Periodista, analista político y docente uruguayo

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