Sin inversión no hay posibilidad de avanzar

Ricardo Esteves
Ricardo Esteves PARA LA NACION
El principal objetivo para cualquiera que gobierne la Argentina debería ser reducir el gasto público, causa de la inflación y la alta presión impositiva
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19 de agosto de 2019  

Retirado en Europa desde 1825 hasta su muerte, en 1850, San Martín -que habiendo nacido en el Virreinato del Río de la Plata y habiéndose formado militarmente en España, e iniciado su gesta militar a su regreso a América con el auspicio y los recursos de Buenos Aires- solía presentarse en el Viejo Continente como generalísimo del Perú, capitán general de la República de Chile y general de las Provincias Unidas del Río de la Plata, en ese orden. Más allá de los rangos militares, en aquella época Perú y aun Chile eran más considerados en Europa que esta ignota comarca, que décadas más tarde llegó a convertirse en el país más próspero y notorio de América del Sur.

La anécdota pone en evidencia que los estatus de las naciones suben y bajan. Y que la supremacía que supieron tener Perú y Chile sobre la Argentina hasta finales del siglo XIX bien puede repetirse, de continuar esos países su ascenso y la Argentina su decadencia. ¿Qué hizo que nuestro país pegara ese gran salto a fines del siglo XIX? Supo crear las condiciones para atraer una fuerte corriente de inversiones que le permitieron desarrollar su gran potencial como productor y exportador de materias primas alimentarias. Hay un punto central que hace a las sociedades avanzar o estancarse y retroceder, y es el nivel de inversión que son capaces de captar. Eso hace la diferencia. Sin inversión, ninguna sociedad de ingresos bajos o medios podrá mejorar sus condiciones de vida ni generar empleo. Por lo tanto, crear condiciones favorables a la inversión debería ser su prioridad, por el efecto multiplicador que esta tiene.

Si en busca de la "justicia social" la Argentina fue neutralizando los estímulos a la inversión, ¿qué justicia social puede haber en un país con más del 30% de pobres? Es una aberración que entrado el siglo XXI un país con este potencial humano y estos recursos naturales no haya alcanzado el desarrollo y se encuentre arrastrándose con estos niveles de pobreza. Si el salto que le permitió estar en la vanguardia del mundo fue haber tenido éxito en atraer la inversión, lo que lo embarcó en este proceso de decadencia es haberla repudiado. De ello se desprende que para atraer nuevamente la inversión un factor innegociable debería ser la "rentabilidad del inversor". No se trata del empresario ni del emprendedor, que son los gestores de la economía, se trata del que pone su capital para que empresarios y emprendedores desarrollen sus negocios.

Si el inversor deja de tener un beneficio que estime adecuado por arriesgar su capital, se va a otro destino. Los emprendedores y los empresarios seguirán en el país, y si emigran, surgirán otros que ocupen su lugar. Pero sin el concurso del capital faltará la savia que es el motor de la inversión. El capital es el factor que tiene la llave para destrabar el estancamiento crónico del país. Hablamos nada menos que del "capital", el más detestable de los factores de la producción, porque es impersonal, frío, sin sentimientos. Téngase presente que la declaración de default de enero de 2002, con ambas cámaras del Congreso ovacionando de pie, constituye desde lo simbólico la mayor afrenta que se puede infligir al capital. Hoy precisamos irremediablemente de él, y si no aceptamos sus requisitos -que responden a su propia lógica- no podremos contar con su concurso para la sagrada misión de sacar a los pobres de la pobreza.

Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat

Estas aseveraciones pueden sonar chocantes en una sociedad de profundas raíces humanistas y cristianas en la que hasta las elites adineradas comparten cierto desprecio -al menos desde lo cultural- hacia el mundo financiero. Pero es un trago amargo que ineludiblemente habrá que digerir si realmente queremos revertir el severo proceso de decadencia y elevar las tristes condiciones de vida de los sectores carenciados. Asimilado este punto, ¿cuáles son los factores concretos que desalientan la inversión en nuestro país y que es imperativo corregir? La presión impositiva, la inflación, los sobrecostos laborales, la estabilidad y la imparcialidad cuestionadas del sistema jurídico y la falta de infraestructura se cuentan entre los más importantes. La Argentina deberá trabajar con tesón y perseverancia durante muchos años sobre estos cinco puntos. Sin embargo, los dos puntos fundamentales son la eliminación de la inflación y la reducción sustancial de la carga impositiva. Paradójicamente, ambos fenómenos tienen su origen en el excesivo gasto público. ¿Tienen claro la sociedad y la dirigencia que en las actuales circunstancias reducir las erogaciones públicas es el principal objetivo para cualquiera que gobierne el país? Si en otros tiempos el lema fue "gobernar es poblar", hoy la consigna debería ser reducir el gasto público. Es decir, ir contra la esencia de la política que consiste en repartir, subsidiar, construir puentes y caminos... ¿Lo entenderán los dirigentes y lo aceptará la sociedad?

Respecto de la inversión, conviene aclarar que si bien siempre la hubo en el país, incluso en los períodos supuestamente más desfavorables, se trató de niveles que no fueron suficientes para la conservación del stock de patrimonio de la sociedad. En verdad, en ninguna sociedad del mundo -incluidas las de Cuba y Venezuela- desaparece en términos absolutos la inversión. Sucede que cuando los niveles son bajos (aun cuando es materia opinable, de índices inferiores al 14/15% del PBI) no es suficiente para mantener la preservación de los edificios, de las rutas, de los puertos y de la totalidad de activos que conforman el patrimonio colectivo de un país. Así, esos activos comienzan a deteriorarse por el uso y el transcurso del tiempo.

Otro punto importante es el caso de la renta, que al igual que la inversión nunca desaparece en términos absolutos en sociedades que se rijan por las leyes del capitalismo. Se trata de la renta derivada de los alquileres de inmuebles y la que resulta de la gestión de empresas y los otros activos del país. Acontece que si esa renta no encuentra estímulos para quedarse, emigrará a otros destinos donde se sienta más segura, exenta de ser carcomida por los efectos de la inflación y a salvo de los manotazos fiscales que históricamente les ha propinado el país a los tenedores de capital.

Derivado de esto, muchos denuncian la fuga de capitales como un mal que debería contenerse con regulaciones y barreras. Conviene dejar claro que los capitales en el sistema financiero globalizado de hoy se fugan constantemente de todos lados (ahora mismo, y por distintas razones, de Gran Bretaña, de México...). No hay cómo impedirlo. Y con más razón, de aquellos países que ponen las trabas más rigurosas para retenerlos. Lo que sí logran -y con mucho éxito- es ahuyentar cualquier atisbo de inversión foránea dentro de sus fronteras.

En consecuencia, si el país no consigue seducir a los inversores y usa su energía en persistir en la estrategia demagógica de prometer y repartir a su sociedad más recursos de los que genuinamente dispone -lo que ha sido una constante en los últimos 70 años y con gobiernos de todos los colores políticos- no tardará el día en que Perú y Chile recuperen su primacía sobre la Argentina. Solo si se anima a enfrentar el duro camino de disciplina y constancia que requiere predisponer la inversión el país podrá escaparle a la sentencia maldita en que se encuentra de momento atrapado. Salvo que venga un nuevo redentor y multiplique los panes.

Empresario y licenciado en Ciencia Política

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