
Como en el limbo
Por Federico Gabriel Polak Para LA NACION
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Hubo un tiempo en que se difundía una leyenda urbana que afirmaba que a Buenos Aires arribaban misteriosos personajes, muchos de ellos famosos, incluso célebres, un día después de su muerte. Aquí se dedicaban a una suerte de vagabundeo inercial, sin rumbo fijo, hasta que les fuera otorgado el ticket de partida. El cuento decía que Buenos Aires era una ciudad fachada, un biombo apropiado para ocultar la verdad: no era la capital de la Argentina, sino El Limbo; para la imaginería popular, el lugar situado a medio camino entre el Cielo y el Infierno, donde esperan aquellos no admitidos de inmediato en uno u otro.
La palabra proviene del latín limbus . Según la tradición católica, el limbo era el lugar donde estaban detenidas las almas de los santos y patriarcas antiguos esperando la redención del género humano, o bien adonde van las almas de quienes, antes del uso de la razón, mueren sin bautismo. En lenguaje coloquial, estar en el limbo significa estar distraído, alelado; esto es, ignorar los entresijos de un asunto que afecta al sujeto; desconocer embrollos, atolladeros o misterios.
Hace tiempo que nadie cuenta por lo bajo esa leyenda. Tanto, que no alcanzó a ser objeto de investigación por los famosos cazadores de mitos Víctor Coviello y Guillermo Barrantes, en alguna de sus dos recopilaciones ( Buenos Aires es leyenda ), aunque tal vez este recuerdo sirva de acicate para una tercera. Lo cierto es que en el comadreo del box, alguna vez se comentó que, en las cercanías del puerto, apareció, en 1959, quien dijo ser Max Baer; pero eso sonó siempre a cuento de yanqui trastornado. Primo Carnera vino aquí a pelear en 1935, en la cancha de Independiente, cuando estaba vivo. Según la chismografía de la televisión, volvió en los años sesenta a payasear en Titanes en el ring , ya muerto.
Sin embargo, la leyenda de un limbo disparatado y confuso, como el de Baer y Carnera, revive en estos días impulsada por el desatinado brío fulgurante de la dirigencia política porteña, que ha convertido al ciudadano -y a sí misma- en triste ejemplo del tercer significado de la palabra limbo: ignorar los entresijos de un asunto que lo afecta. Desconocer embrollos, atolladeros o misterios.
Por caso, el MID, que apoya a Roberto Lavagna como candidato a presidente, votará a Mauricio Macri como jefe de gobierno. Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio no están para impedirlo. La UCR prefiere, en cambio, a Jorge Telerman para la ciudad, por lo que votantes del ex ministro de Economía repartirán sus preferencias entre dos candidatos, a izquierdas y derechas. ARI, liderado por una ex radical, proclamada enemiga de las alianzas electorales, concretará fórmula con el oficialismo local vía otro ex radical, Enrique Olivera. Jorge Telerman, quien hasta hace veinte días declaraba su apoyo al Presidente en el plano nacional, plantea ahora una duda conveniente.
Los porteños parecerían ser tratados como si fueran opas, en un rejunte que ni siquiera podría haber imaginado algún característico autor de literatura bizarra. Parecen vivir en el limbo, vagabundeando distraídos, olvidados de promesas y dichos de la semana anterior.
La oposición, en este limbo autóctono, imita al Gobierno. Para peor, imita mal, pues se junta con lo que haya y le sirva, sin importarle la simbología más pura, por caso, la de la rosa socialista. No estudia trayectorias ni prontuarios. Muge por Borocotó, pero lanza berridos de entusiasmo por el aliado que le convenga, legitimando con conductas propias acciones que le eran ajenas, sin prever las consecuencias. De este modo, lo que pareció una extravagante candidatura de Daniel Filmus lanzada sólo para perjudicar a Telerman, se ve ahora como una jugada que preveía errores futuros como lo son estas alianzas inauditas. En realidad, fue aquello acaso una ruindad, pero terminará siendo presentada como una movida de trebejos digna del mejor José Raúl Capablanca.
Hay más: pasado junio, llegará octubre, tiempo de pagar esta destrucción de la política de ideas, sin atender al bien común. Es probable que la secuela sea obvia: a estos actos imprudentes los seguiría una victoria nacional del Gobierno, cuya única arma parece ser la declamación.
Haciendo nada.
Como en el limbo.






