Cómo queda el escenario político británico después del tsunami Brexit

Juan Germano
Juan Germano PARA LA NACION
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29 de junio de 2016  • 23:30

Con un alto grado de participación los británicos decidieron alejarse de la Unión Europea en una jornada histórica. Desde el viejo continente las señales no son las más alentadoras y tampoco lo son las reacciones del mundo financiero internacional. Ha comenzado un proceso lento y repleto de interrogantes que seguramente tendrá en vilo a buena parte del mundo. Más allá de la complejidad del proceso, las consecuencias en el plano político del Reino Unido ya se vislumbran.

En primer lugar, hay que señalar como nace la idea de un referendo para tomar una decisión de esta trascendencia. El mero análisis de los resultados por región, edad y nivel socio-económico demuestran que en el Reino Unido también existe una grieta. De esta manera, los mayores adherentes a la alternativa de abandonar la Unión Europea provienen de clases populares, de mayor edad y con menores niveles educativos, principalmente fuera de Londres. Estos sectores se fueron sintiendo desplazados y poco representados por los gobiernos de turno. Si bien buena parte de esta frustración se explica por dinámicas y decisiones políticas internas, funcionaron como un caldo de cultivo para un rechazo estructural a la lejana y burocrática Europa.

David Cameron vio en esta situación una oportunidad política para lograr unir detrás suyo al Partido Conservador, que presentaba importantes diferencias internas. Luego de ganar las elecciones pasadas por un amplio margen, comenzó una jugada doble: colocar en agenda pública la alternativa del Brexit para, por un lado, presionar a la Unión Europea con el objetivo de lograr mejores condiciones en temas específicos y, por otro, contentar al ala antieuropea del partido mediante el referendo. Si bien logró salir triunfador luego de las negociaciones con Bruselas previas, no contaba con la respuesta del pueblo británico que le dio la espalda a su postura. Esto lo obligó a convocar a elecciones esgrimiendo, con razón, que no era él la persona más indicada para liderar el proceso venidero.

Los resultados modificaron la hoja de ruta del Partido Conservador que parecía estar medianamente calma

Los resultados modificaron la hoja de ruta del Partido Conservador que parecía estar medianamente calma, a pesar de no haber cumplido con varias de sus promesas electorales para recuperar por completo al país luego de la crisis mundial de 2008. En este sentido, todo parecía indicar que el actual Canciller de Hacienda George Osborne sería el reemplazante natural del partido en las elecciones próximas, hecho que ha quedado descartado oficialmente. Si bien una primera lectura política ubica a Boris Johnson (ex alcalde de Londres) como uno de los grandes ganadores del 23-J, la discusión se encuentra lejos de ser zanjada. Aunque cuenta con soportes en las bases del partido, su decisión de apoyar fervientemente la salida de la Unión Europea fue vista por los tories más moderados como una medida desesperada y arriesgada, con el solo objeto de ubicarse como candidato y quebrar la dinámica Cameron-Osborne. En breve comienzan las nominaciones oficiales y además del excéntrico ex alcalde, aparecen figuras como Michael Gove, Andrea Leadsom, Liam Fox o Theresa May. Si bien esta última apoyó el mantenerse dentro de la Unión Europea, se mantuvo deliberadamente en las sombras y esgrimió opiniones profundamente euro-escépticas, sobre todo en relación con los derechos humanos. Asimismo, tiene la capacidad de reinventarse como una figura que unifique ambas alas de un partido que se encuentra en absoluta ebullición interna.

Los laboristas también se enfrentan a enormes problemas internos. Jeremy Corbyn surgió como un llamativo líder luego de la derrota en las últimas elecciones con un discurso cercano al de las bases históricas del partido. Su particular campaña y retórica (con cierta similitud a la de Bernie Sanders en los Estados Unidos) hizo que muchos británicos volvieran a inscribirse en el laborismo y otros tantos jóvenes se acercaran a la política por primera vez. Más allá de estos apoyos, luego del referendo hubo una renuncia masiva de sus miembros del parlamento en las sombras y los Miembros del Parlamento laboristas le quitaron masivamente su confianza mediante una votación que lo coloca en una situación delicada. Así, 172 miembros votaron en su contra mientras solo 40 a favor. Por el momento, Corbyn se niega a renunciar pero la presión va en aumento y aparece como la excusa perfecta para quienes sospechaban previamente que no tenía madera de candidato y que no sería realmente competitivo en unas elecciones generales. La distancia entre bases y parlamentarios se acrecienta y otros nombres comienzan a aparecer dentro de las alternativas como Angela Eagle, Tom Watson, Yvette Cooper y Andy Burnham.

Los principales partidos británicos se encuentran en una crisis sin precedentes y el desafío del próximo gobierno será múltiple y de consecuencias inciertas: enfrentar las secuelas económicas de la decisión tomada, lidiar con una Escocia convulsionada con la capacidad de reconfigurar el mapa político del Reino Unido y, en relación a la ciudadanía, cumplir con las altísimas expectativas generadas durante la campaña sobre las promesas del leave. El problema nacerá en caso de no poder cumplirlas y el interrogante será, entones, sobre quiénes recaerán los enojos cuando Europa deje de funcionar como chivo expiatorio.

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