
Con la democracia se alfabetiza
Por Nélida Baigorria Para LA NACION
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EL primer gobierno de la restauración democrática –cuyo presidente, Raúl Alfonsín, había aseverado en la campaña electoral que “con la democracia se educa”– eligió la primera opción de una sentencia inapelable emanada del primer Congreso Internacional de Alfabetización, realizado en Teherán, en 1965: “Hay dos formas políticas de tratar la realidad. Mostrarla para transformarla u ocultarla para conservarla”.
En efecto, el presidente y su ministro de Educación, el ilustre demócrata Carlos Alconada Aramburú, no vacilaron en revelar ante la opinión pública el vergonzoso deterioro de nuestro sistema educativo y abordaron de inmediato un proyecto de reparación integral, abarcador de todos los estadios de la pirámide, desde la base, la escolaridad primaria, hasta el vértice, la Universidad, y con firme acento en su subsuelo, en el cual se mueve el mundo del analfabeto, con toda su carga de injusticia, de dolor, de vergüenza y de desesperanza.
Mostraron la realidad para transformarla y así nació el Plan Nacional de Alfabetización, en el marco del Proyecto Principal de Unesco para América latina y el Caribe, sobre la base de las estadísticas del Indec de 1981. Ellas revelaban cifras apabullantes de analfabetismo, tanto absoluto como funcional –32,7% de la población adulta–, todo ello en las postrimerías del siglo XX y en la patria de Belgrano, de Echeverría y de Sarmiento.
El Plan de Unidad Nacional –elaborado en 1984 por equipos interdisciplinarios de primerísima calificación, tanto en el área pedagógica como en la científica– demostró, con su éxito, que la tarea alfabetizadora podía cumplirse con inflexible rigor metodológico, sin apelar a tecnicismos académicos o a las concesiones demagógicas de las dictaduras o los populismos seudodemocráticos.
La filosofía del plan y sus fines fueron innegociables: hacer del analfabeto un ser humano libre, reflexivo y crítico, y al par de un ciudadano responsable adscripto a los valores de la democracia, la libertad, la igualdad, la justicia, la solidaridad, la paz y el trabajo. Para lograrlo se fijó una meta ardua: conducir con la alfabetización el difícil pasaje gnoseológico que siempre supone pasar del pensamiento mágico y empírico al ordenamiento lógico, el conocimiento racional, el concepto y, con él, la abstracción, tránsito sin el cual se tornan imposibles las operaciones intelectivas más complejas.
No corresponde en este análisis proceder a una exégesis total del plan vigente desde 1985 hasta 1989, cuando, con el advenimiento del peronismo a la presidencia de la República, fue levantado, tanto en su modalidad a distancia como en la presencial. Sí competen, en cambio, algunas puntualizaciones. Por entonces, funcionaban en todo el territorio 9693 centros de alfabetización y el programa de distancia “Más vale tarde que nunca” se trasmitía por la red de Radio Nacional tres veces por día y en distintos horarios.
En 1988, el Plan Nacional de Alfabetización de la Argentina recibió el premio Asociación Internacional de Lectura por el dictamen unánime del gran jurado internacional de la Unesco, uno de cuyos miembros era el eminente pedagogo Pablo Freyre. En 1989, Aptra lo distinguió con la mención de honor del Martín Fierro y, ese mismo año, la revista Broadcasting lo galardonó como el mejor programa educativo de la ciudad de Buenos Aires, por su versión radiofónica.
No obstante estos antecedentes y su trascendencia internacional, el plan fue abruptamente clausurado por el primer ministro de Educación del peronismo, el profesor Antonio Salonia. El 7 de agosto de 1989, a un mes de asumido el gobierno y cuando aún faltaban más de 45 emisiones para completar el proceso lingüístico, se levantó el plan radial. En cuanto a los centros presenciales, se prolongaron hasta fin de ese año, en un lentísimo languidecer.
No se duda de que en esa drástica medida influyó no sólo la crítica constante, mendaz y acerba que acompañó los años de gestión alfabetizador, sino también el informe del sociólogo Daniel Filmus. Quien por entonces era emisario del gobierno electo durante los dos meses de transición, junto con el profesor Ignacio Hernaiz, hoy también encumbrado funcionario, acudieron a mi despacho para interiorizarse del desarrollo del plan y de sus efectos.
Marc Bloch, el brillante historiador francés asesinado por los nazis en 1944, enseñaba que la historia y el conocimiento del pasado nos permiten interpretar el presente. Por su parte, Eric Hobsbawn, considerado el historiador británico más importante del siglo XX, aconseja no mirar hacia atrás sólo para catalogar modas, sino para comprender que “estamos enraizados en el pasado”.
La lección de estos grandes maestros de la ciencia histórica se torna axioma en el artículo publicado por el diario LA NACION el 8 de agosto, con un título de singular impacto: “Hay un analfabeto por cada graduado universitario” y un subtítulo igualmente conmovedor: “960.000 personas nunca fueron a la escuela; otras 3.695.830 no terminaron la primaria”.
La década 1990-2000 fue declarada por las Naciones Unidas, por gestión de la Unesco, Década Internacional de la Alfabetización. ¿Qué se hizo en el país, como Estado miembro, para cumplir con los objetivos de esa trascendente empresa? Si la gestión peronista entendía que el Plan Nacional de Alfabetización que la Unesco y otras valiosas instituciones premiaron era, como lo denominaba, “antifederal, iluminista, abstracto y sectario”, al eliminarlo, ¿cuál fue el plan superador que lo reemplazó?
El primer gobierno de la democracia restaurada mostró la realidad para transformarla; 15 años después del cese de su mandato, la evidencia estalla en las nuevas estadísticas con la fuerza inapelable de lo que se ve. Los gobiernos que siguieron, llámense peronismo o Alianza, adoptaron la segunda opción de Teherán: ocultaron la realidad del analfabetismo para conservarlo. Frente al delito, en términos del derecho penal se habla de responsables directos y de partícipes necesarios. También pueden aplicarse estas calificaciones a los actores del poder político. La incuria, el desinterés por la educación, la función supletoria del Estado en materia educativa, todo esto, no fue obra del determinismo histórico, sino de la acción de seres humanos comprometidos con el principio de la subsidiariedad del Estado y la privatización de la enseñanza.
Cuatro ministros de Educación desfilaron durante los diez años de la gestión Menem; dos en el exiguo período de la Alianza. El ex ministro del doctor De la Rúa, el economista y sociólogo Juan Llach, hoy también académico de educación, en el artículo de LA NACION opina sobre el tema, olvidando que la Carta a los Argentinos prometía, taxativamente, analfabetismo cero, y que comenzó, en cambio, con el sortilegio de las computadoras, los e-mail y la conectividad en un país sin luz, prioridad consolidada luego en el insólito proyecto Educar, de tristísima memoria.
En cuanto al actual ministro, el sociólogo Filmus, tuvo innúmeras oportunidades de trabajar en el gravísimo problema del analfabetismo, dado que desde 1989 desempeñó importantes cargos en el área educativa, como funcionario durante la intendencia del doctor Carlos Grosso y como secretario de Educación en el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Hoy ese ministro, según lo dicho a LA NACION, anuncia la puesta en marcha de un programa de alfabetización para este mes.
¿El proyecto tiene carácter nacional, se realizó con la participación de especialistas argentinos o se trata del material didáctico de Cuba, cuya adecuación a nuestra habla el ministro adelantó en una anterior información periodística?
En mi carácter de presidenta de la Comisión Nacional de Alfabetización, responsable máxima del plan, recibí en París, el 8 de septiembre de 1988, en nombre del gobierno nacional, el premio con que la Unesco distinguió al Plan de Alfabetización de la Argentina. Cuando en la solemne ceremonia me correspondió agradecer, dije: “Se trata de un mandato ético. Los que hemos llegado a la educación superior y tenemos, además, poder de decisión política somos los privilegiados de la Tierra. Hay, en cambio, millones de seres que padecen hambre, enfermedad e ignorancia, por el hecho fortuito de haber nacido en un medio hostil o carenciado. Trabajar por ellos no es sino devolver a la humanidad la inmensa cosecha que nos fue brindada por un extraño azar de la vida”.
Reflexión final: nuestras consignas “Educación para todos”, “Argentina alfabetiza”, “Hacia el siglo XXI sin analfabetos”, que exhibíamos con orgullo en todas las tribunas educativas del país y del exterior, se perdieron entre el polvo del derrumbe moral que asoló a la República.



