
Conflictos funcionales
Gente buena, de esa que sólo anhela paz y tranquilidad para sí y para sus seres queridos, cree que si se solucionara de verdad el conflicto entre el campo y el Gobierno, desaparecerán los negros nubarrones que hoy cubren el cielo patrio, ya no será necesario acopiar en el freezer cantidades ingentes de milanesas y bifes de chorizo, y las cacerolas volverán a servir sólo para lo que fueron creadas. Un anhelo tan simpático como respetable que, sin embargo, según se desprende de un reciente muestreo informal, realizado por un grupo de estudiantes de una universidad centroeuropea, no consultaría el parecer de la mayoría de los criollos.
Según ese estudio, los más optimistas (el 43%) estiman el plazo para alcanzar aquel estadio de felicidad colectiva en unos tres años y medio; los más pesimistas (el 45%) niegan esa posibilidad mientras haya Kirchners y Fernández en la guía telefónica, y el resto (el 12%) se divide entre los que no entendieron la pregunta o no se les entendió la respuesta por algún exceso de Fernet (el 10%), y los que encontraron que todo anda de maravillas y que coincidiría exactamente con el porcentaje (el 2%), de los que fueron voluntariamente a la Plaza de Mayo días pasados para escuchar a la Presidenta.
Tal vez, estos cien días de antagonismo sostenido, ahora en suspenso, hayan influido en el ánimo colectivo. Pero, más allá de ello, casi todos habrían coincidido en algo así como que el conflicto (en realidad parece que usaron otra palabra que los europeos debieron hacerse traducir) es funcional al modelo, lo que obedecería, quizás, a alguna de estas dos razones. Una, de orden psicologista, que a él, de chico y por patadura, siempre lo mandaban al arco, salvo cuando la pelota le pertenecía, lo que le creó un sordo resentimiento hacia la humanidad que hoy manifiesta del modo como lo viene haciendo. Y otra, insinuada por los que los quieren mal, pero muy mal, que todo es teatro y responde al anhelo de que nadie les pregunte acerca del curso vertiginoso de su fortuna, desde los negrísimos 70 hasta este presente calafateño.
Sin embargo, hay quienes, si bien admiten que el embrollo sostenido y la confusión reinantes pueden tener algo que ver con aquellas dos razones, creen que también habría una tercera, acaso la de más peso. Y la explican imaginando que cada noche, en Olivos, una pregunta perturba el sueño de la pareja: ¿Qué hacemos para enderezar este zafarrancho? Y que inevitablemente, cuando el sueño los llama sin haber hallado una respuesta, se consuelan con pensamientos de este tenor: “Tranquilos, que si se calma lo del campo, con el lío que se armó con las carpas podemos tirar un mes más”. O sea, todo un porvenir dominado por esa palabra que los europeos no entendían porque no estaba en el diccionario.
En el Margot, un tipo aseguró que después de haberles dado duro a los políticos de cien años atrás, la Presidenta se dispone a redoblar la apuesta y que, esta vez, no va a perdonar ni al virrey Cisneros ni a los oligarcas porteños de la Revolución de Mayo. “Bueno –dijo entonces el reo de la cortada de San Ignacio– y ya que está, que no se olvide de los querandíes y los ranqueles, que tampoco eran muy progres que se diga. ¿O no?”





