Contradicciones no resueltas de la economía de plataformas

Una manifestación de taxistas, en 2016, cuando la empresa Uber comenzó a operar en la Argentina
Una manifestación de taxistas, en 2016, cuando la empresa Uber comenzó a operar en la Argentina Fuente: LA NACION
En tiempos de deterioro del capitalismo industrial, empresas como Uber, Glovo y Amazon han crecido sobre la base de la intermediación digital; valen millones, pero abren interrogantes cruciales
Jimena Valdez
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24 de febrero de 2019  

Desbloqueo el celular, abro la aplicación, escribo la dirección de destino y aprieto un botón. La aplicación me notifica que en tres minutos me pasarán a buscar. En la pantalla veo el auto acercarse a mi ubicación hasta que se estaciona frente a mí. Subo. El teléfono del conductor ya sabe dónde voy; el conductor sigue las instrucciones de su teléfono. Llego a destino. Bajo. En mi celular veo una notificación de cuánto me costó el viaje y puedo elegir agregar una propina. El monto del viaje se debita de mi tarjeta de crédito, cuyos datos la aplicación conoce. Elijo cuántas estrellas ponerle al viaje que acabo de realizar y así termina una interacción comercial casi sin interacción humana.

En 2009, una empresa llamada Uber revolucionó el mercado del transporte privado de pasajeros al incorporar tecnología a la vieja costumbre de contratar un vehículo con conductor para trasladarse. Desde entonces se expandió de San Francisco, Estados Unidos, al mundo, y chocó en el camino con los marcos regulatorios existentes al tiempo que ignoró las normas laborales.

El caso de Uber no es único. Es una empresa más en la llamada "economía de plataformas", un modelo de negocios basado en una plataforma digital que funciona como intermediaria entre individuos que ofertan y demandan bienes o servicios. Otra aplicación, AirBnB, permite que dueños de departamentos y viajeros intercambien alojamiento. Glovo conecta gente que quiere un producto con alguien que está dispuesto a llevárselo. La más poderosa de todas quizá sea Amazon, que provee una plataforma para comprar y vender casi cualquier cosa.

Nuevo modelo

Son empresas que tienen ambiciones globales y valen millones. Sus fundadores o CEO están entre los hombres más ricos del mundo. Sin embargo, en un momento de crisis del capitalismo industrial, mientras la globalización genera terremotos socioeconómicos y políticos en todas partes, las nuevas empresas de plataforma se jactan de no producir nada. Intentan no tener empleados o les pagan lo mínimo. Por un lado proporcionan comodidad para el consumidor, pero por el otro parecen tener solo la promesa de un ingreso adicional, ocasional e incierto, para ofrecer al trabajador.

La economía de plataformas llega en un momento de deterioro del capitalismo industrial. Si bien el capital siempre cuidó primero su bolsillo, las típicas empresas industriales -las de producción de automóviles o de electrodomésticos, por ejemplo- tenían un tipo de relación distinta con sus accionistas, con los países en los que se instalaban y con sus trabajadores. Los inversores eran pacientes; las perspectivas de crecimiento, lentas pero estables en el mediano y largo plazo, y los trabajadores, permanentes y formales, muchas veces organizados en sindicatos poderosos con presencia en la planta de producción. Las nuevas empresas industriales, en cambio, son financiadas por capitales de riesgo, tienen un crecimiento acelerado e inestable, y una cantidad de empleados mínima, además de ser fuertemente antisindicales.

Este nuevo modelo de producción es visible en firmas como Nike o Apple, que fragmentan su cadena de producción y la distribuyen en distintos países, aprovechándose de las ventajas que cada uno ofrece. De este modo, concentran las actividades de alto valor agregado que requieren trabajadores calificados en los países desarrollados, dejando la producción en serie y todo lo que requiere trabajadores sin calificación en los países subdesarrollados. Producen entonces a partir de una larga cadena de subcontratación. Esto genera problemas en uno y otro lado. En el caso de los países desarrollados, el desempleo entre los trabajadores de baja calificación tiene consecuencias políticas (basta ver los análisis que atribuyen la presidencia de Donald Trump en Estados Unidos o el ascenso de la ultraderecha en Europa al resentimiento de los desocupados). En el caso de los países más pobres, los estudios siguen sin demostrar que el modelo de inversión extranjera directa de tecnología importada y creación de empleo barato desde los países ricos cumpla con sus promesas de desarrollo.

En este contexto de desconexión entre una producción de alta tecnología y la baja calificación de una gran parte de la población, y con la industria mostrándose incapaz de generar suficientes buenos empleos, irrumpen las nuevas empresas de servicios. Estas compañías no solo mantienen el modelo de grandes casas matrices en sus países de origen que solo emplean unos pocos trabajadores altamente calificados, sino que además pretenden eliminar a los trabajadores no calificados de su nómina. Así lo dijo el ex CEO global de Uber, Travis Kalanick, cuando explicó que tomarse un Uber es caro porque el pasajero no solo paga por el auto, sino además "por el otro tipo en el auto". Con menos dosis de sincericidio, pero igual propósito, Amazon ya reemplaza a trabajadores en sus almacenes y a repartidores en sus calles por robots y drones.

Las regulaciones

Las empresas proveedoras de servicios dicen ser tan nuevas que las regulaciones existentes poco tienen que ver con ellas. Uber no es una empresa de transporte, es una intermediaria entre individuos. Lo mismo argumenta AirBnB respecto a que no es un hotel, o Glovo, que no se asume como un delivery. Se sigue que ellos no deben cumplir con esas leyes. En efecto, estas empresas y sus directivos son conocidas por pedir disculpas, en vez de permiso.

En términos de relaciones laborales, van aún más allá. Uber sostiene que los conductores no son sus empleados. Glovo llama a sus repartidores "socios autónomos"-muy similar a los "socios con derecho a remo" de La Odisea de Asterix- y Amazon te invita a ser "tu propio jefe", repartiendo sus paquetes en tu vehículo. Si bien es cierto que algunas personas eligen tener un ingreso extra manejando un auto o llevando paquetes, muchas personas toman este trabajo como de tiempo completo, en busca de un ingreso fijo. Los empresarios lo saben, pero se resisten a hacerse cargo de su rol en el sistema de mercado.

Si a veces parece que la economía de plataforma tiene un único e inevitable modelo, lo cierto es que estas empresas no han tenido el mismo éxito en todas partes y en muchos casos se han topado con regulaciones y gobiernos inflexibles. Mientras que algunos países han resistido su expansión desde el inicio, otros han pasado de una actitud de laissez faire a una mayor regulación. Un ejemplo muy ilustrativo es Nueva York, que durante seis años vio cómo el crecimiento meteórico de vehículos de Uber colapsaba el tránsito de la ciudad, llevaba los taxistas a la ruina (e incluso al suicidio) y bajaba la cantidad de usuarios del transporte público. Mientras la empresa afirmaba que la fluctuación de oferta y demanda marcaría la cantidad óptima de autos transitando y no había mucho que hacer al respecto, el gobierno decidió, a fines del año pasado, limitar la cantidad de vehículos por ley. Así se convirtió en la primera ciudad en ese país en regular a esta empresa, estableciendo además un salario mínimo para los conductores, esos que según Uber no son sus trabajadores.

Las regulaciones impuestas por Nueva York, la ciudad más moderna en el país del libre mercado, contradicen dos ideas convencionales: la primera, que regular es de antiguo o miope; y la segunda, que el futuro es lineal y homogéneo.

Piden pista

Con un discurso vago que apela a palabras como futuro, innovación y libertad, los nuevos empresarios postulan la inexorabilidad del cambio y piden pista. De hecho, un estudio politológico reciente muestra que los fundadores de empresas tecnológicas en Estados Unidos son mucho más progresistas en términos de valores sociales y culturales, y están más a favor de la redistribución de ingresos y los impuestos progresivos que otros empresarios. Sin embargo, son mucho más conservadores en cuanto al funcionamiento de los mercados y se oponen frontalmente a la regulación, tanto de su actividad económica como de las relaciones laborales. Esto muestra cómo los nuevos líderes empresariales, que sin duda van a influir en las políticas del futuro, parecen no percibir el vínculo directo entre su actividad económica, la manera en que eligen llevarla adelante y cómo vive el resto del mundo.

"Esta es la manera del mundo, y el mundo no siempre es grandioso" dijo Kalanick. Una frase que de innovadora tiene poco. Si la tecnología va a montarse sobre las ruinas del capitalismo industrial y la desesperación de una gran parte de la sociedad por llegar a fin de mes, el futuro no solo se ve poco creativo, sino bastante parecido al pasado.

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