
Costumbres argentinas, el regreso
Por Claudio A. Jacquelin De la Redacción de LA NACION
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Volver a casa, reencontrarse con los lugares conocidos, oír las mismas viejas voces, percibir olores reconocibles, comprobar que nada cambia es para muchos y en casi todos lados un placer inigualable, un motivo de confort impagable.
Por eso, un número nada despreciable de argentinos, de esos que no quieren más alteraciones que las conocidas o, mejor, esos que aman que todo cambie para que nada cambie, han sentido en estos días revivir tiempos de gloria que ya parecían perdidos para siempre y respiran aliviados.
Felizmente para ellos, que temían vivir en el desasosiego de lo normal y lo desconocidamente previsible, sobre todo con los pronósticos para después de las elecciones y el seguro triunfo oficial, la Argentina ha vuelto a ser o a parecerse mucho, mucho, a la que ha sido.
Por eso, en honor a todos esos compatriotas deberíamos celebrar algunos acontecimientos, aunque algunos los lamenten o parezcan padecerlos.
Para sosiego de los amantes de las tradiciones argentinas, la lista de lo que no se ha muerto sino que goza de buena salud es bastante extensa y la podríamos empezar con el regreso de las enemistades con Estados Unidos, después de la novedad casi desesperante de ver a dos presidentes peronistas (el actual y el marido de la conductora de TV que hace preguntas impropias) que venían rompiendo las tradiciones y manteniendo relaciones armónicas con la primera potencia mundial.
Luego, el presidente (peronista también) volvió a pelearse con la Iglesia, después del desasosegante espectáculo dado por sus predecesores en su partido que departían y compartían amablemente con altos y bajos prelados.
Después, el mismo jefe del Estado rescató la ilusión perdida y empezó a despertar el gran sueño de la tercera posición o el no alineamiento, que ya parecían definitivamente enterrados, abrazado a otro líder políticamente incorrecto de potencia petrolera.
Enseguida volvieron las grandes metas y los megaproyectos, esos que son tan grandes que hacen más importante la firma de los contratos que la concreción misma, como explicaba con inusual franqueza, pedagogía y cinismo un ex viceministro de un gobierno que este presidente detesta. El gasoducto que recorrerá Sudamérica de Norte a Sur ya ha sido anunciado y nadie piensa que será al cohete, al menos para los funcionarios que tanto lo inflan.
Y casi al final volvió a encarnarse entre nosotros el que parecía un fantasma más derrotado para siempre que el dragón vencido por San Jorge: la inflación. Sí, esa vieja amiga de los argentinos, que nos abandonó por un rato, vuelve para mantenernos ágiles corriendo de banco en banco y saltando de góndola en góndola, para aportarnos la dosis de adrenalina que nuestros genes demandan, para sostener en alza la tasa de interés de nuestra tradicional cuota de riesgo, para que el sabor de lo imprevisible siga siendo nuestra marca país.
Y finalmente, como no podía ser de otra manera, el presidente de todos los argentinos, como tantos otros presidentes que lo precedieron, volvió a enojarse con la realidad, a echarle culpas a los fantasmas, a responsabilizar a los demás y a desenfundar la lengua filosa y amenazante para amenazar a los molinos de viento.
Aunque se sabe que, por temor al aspirante a Quijote, ya hacía un buen tiempo que esos molinos habían dejado hasta de soplar y se habían dispuesto a llevar agua para el molino oficial. Pero las tradiciones argentinas están intactas y no perdonan.
cjacquelin@lanacion.com.ar




